15 de diciembre de 2013
15.12.2013
Crónica de Antaño

El convento de Santa Magdalena

15.12.2013 | 06:50
El claustro del convento en 1989, tras una restauración que recibió dos premios.
La gran tapia que se levanta en uno de los laterales del paseo de la Rambla esconde uno de los edificios más antiguos y famosos de la isla: el convento de Santa Magdalena. Famoso, sobre todo, porque en él vivió Santa Catalina Thomàs, pero hoy dejaremos de lado a la santa mallorquina y nos centraremos en recordar algunos otros aspectos o anécdotas de la historia del convento. Este céntrico y antiguo edificio tiene sus orígenes en un antiguo hospital fundado tras la conquista de Mallorca. Según la tradición, fue en este lugar que murió Ponç Hug, conde de Ampurias, en 1231, a causa de la peste que se desató tras el asalto a la ciudad por las tropas de Jaime I. Fue entonces cuando el noble catalán Guillem de Torrella, fundó, por mandato del fallecido conde, el hospital de Santa Magdalena. Aunque no se tengan muchos datos al respecto, uno puede aventurarse a pensar que este hospital debió tener bastantes similitudes con el que fundó, por ejemplo, el conde del Rosselló, Nunó Sanç, conocido como el hospital de Sant Andreu, el cual estaba en el solar que hoy ocupa la biblioteca municipal de Cort.

Del de Santa Magdalena se conoce, por la bula del papa Inocencio IV de 1248, que el pequeño hospital estaba bajo la protección de la Santa Sede. Los viejos documentos también nos desvelan que en 1305 tenía capilla y capellán. De todas formas, esta institución no debió de funcionar muchos años, pues gracias a la bula del papa Clemente VI de 1348 se conoce que el hospital se había reconvertido en un convento de monjas: ´las penitentes de Santa Magdalena´. Durante algunos años, éstas también fueron conocidas como las ´monges de Sant Pere´. Sor Maria Massot es la primera priora que se tiene documentada. El cronista Antonio Furió, a finales de los años treinta del siglo XIX, aún pudo ver, leer y dibujar una antigua lápida de letra gótica que rezaba: "Assí jau la reverenda madona sor Maria Massota prioressa del monastir de madona santa Maria-magdalena [...] morí la nit de Nadal, so es, del any MCCCLXIII..." Tras el Concilio de Trento, estas monjas quedaron sujetas bajo la regla de San Agustín. Es por ello que a esta comunidad se la conoce como la de las Canonesas Regulares de San Agustín.

En cuanto al edificio, poco conserva de sus elementos primigenios medievales. Incluso la delimitación del solar que ocupa el convento ha ido cambiando a lo largo de los siglos. Esto sucedió especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XVIII, momento en que, tras la demolición de varias casas colindantes, se creó la plaza de Santa Magdalena, antes inexistente. En esa época también se sustituyó la antigua y vetusta iglesia por la actual. Ésta presenta una combinación de elementos de la arquitectura tradicional de la isla (por ejemplo, las bóvedas de crucería de la cubierta de la nave central) con otros más acordes con la moda del momento (como los recursos ornamentales clasicistas. Por ejemplo, los capiteles de orden corintio).

Del templo, si bien destacan su austera fachada, blasonada con una interesante imagen de Santa Magdalena; o el cimborrio que descansa sobre el crucero, que permite a través de su linterna proyectar un juego de luces y sombras, dándole al interior una atmósfera singular, no es necesario decir que el lugar más visitado de esta iglesia, junto al Santísimo, es la capilla de Santa Catalina Thomàs. Ésta fue construida en 1814 gracias al mecenazgo del cardenal Antonio Despuig. Ello explica que la capilla se construyese bajo el gusto neoclásico romano académico, del que el canónigo mallorquín era ferviente admirador. En el centro se hallan, sobre un podium, los restos mortales de la santa mallorquina, los cuales descansan dentro de una urna de plata y cristal, costeada también por el cardenal Despuig. Los restos de este mecenas, desde 1993, descansan a los pies de la Santa Catalina.

Los elementos constructivos que definen un convento, a parte del templo, como son el claustro, el refectorio y la sala capitular, para el caso del de Santa Magdalena, destacan por su austeridad, su elegancia y su buen estado de conservación.

Ya se ha dicho que hablar del convento de Santa Magdalena es hablar de Santa Catalina y de una época muy buena para la comunidad de monjas. Pero si uno revisa otras épocas, anteriores o posteriores a la santa, se dará cuenta de que se vivieron momentos muy convulsos y difíciles. Por ejemplo, en 1358, el obispo de Mallorca, Antoni Galiana, despachó un curioso documento en virtud del cual se prohibía la entrada de ningún hombre en dicho convento. Si alguna monja no cuidaba de cumplir a rajatabla estas órdenes, podía estar arrestada durante dos días. Desconozco cuál fue la razón o suceso que provocó publicar este documento, pero sin duda estuvo motivado por algo grave.

Un caso que fue muy sonado en Palma, el cual tuvo como escenario el convento de Santa Magdalena, fue dado a conocer por la historiadora Aina Le Senne. Resulta que el conde de Ayamans, Miquel Ballester de Togores, tenía serios problemas con su esposa, Margarida Despuig. Debía de ser esa clase de conflictos que surgen entre los matrimonios de conveniencia. Fue tanta la tensión entre ambos que, aprovechando que su marido se encontraba en Madrid, Margarida Despuig decidió ingresar con las monjas de Santa Magdalena. Su marido, enterado del asunto, le escribió desde Madrid conminándola a salir del convento y regresar a su hogar conyugal, pero ella no le hizo caso.

Ante esta tesitura, el conde de Ayamans decidió regresar a Mallorca. Fue durante la madrugada del 16 de octubre de 1637, que Miquel Ballester de Togores, acompañado de un grupo armado asaltó el convento en busca de su esposa: "...molts homens armats ab arcabusos de pedre prohibits, entre la una y les tres vespre de mitje nit han escalat lo convent de les monjes de Santa Magdalena per dos parts ab escales de fusta y de corda y rompre ab destrals les portes del dormidor violant la inmunitat y clausura de aquell convent". De esta manera violentaron a las monjas y las hicieron abandonar sus celdas en camisón.

A pesar de tanto escándalo, el conde no encontró a su mujer, pues ésta tuvo tiempo de abandonar su celda y esconderse entre los colchones de otra habitación. Las monjas demostraron tener gran fortaleza, pues no cedieron a las amenazas del conde y se negaron a desvelar el paradero de su esposa. De esta manera, los asaltantes desistieron y desaparecieron tan rápido como había llegado, pero las monjas despertaron a toda la ciudad haciendo repicar las campanas del convento, pronto les respondió la campana de la ciudad, Na Figuera, y se le fueron añadiendo n'Aloy de la Seu y las de los demás conventos.

Enseguida acudieron a su auxilio un gran número de caballeros. El escándalo fue grande, no sólo por el hecho en sí, sino también por la identidad del asaltante. El convento permaneció vigilado varios días, se ordenó el arresto del conde de Ayamans y sus secuaces. Éste tuvo que huir a Barcelona, donde falleció a finales de 1638. Éstas y otras muchas cosas podemos recordar cada 28 de julio, día en que las monjas abren de par en par las puertas de Santa Magdalena.

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