Opinión

Limón & vinagre | Joaquín Sabina, cantautor: Desnudo de piel y alma

Joaquín Sabina, el pasado 27 de septiembre, en su concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona.

Joaquín Sabina, el pasado 27 de septiembre, en su concierto en el Palau Sant Jordi de Barcelona. / Jordi Cortina

Este artículo tiene música de fondo. Una banda sonora que abarca la vida misma. Lo que fuimos, lo que deseamos o lo que abominamos. Versos y rimas. A veces, sublimes. A veces, salsas juguetonas. Siempre tarareadas con devoción por sus fieles seguidores, feligreses de bares y desamores... O eso quisieran. Hay más sonidos imbricados en estas letras. Esa voz que se ha ido rompiendo con los años y el trote. Pedazos de vidrios que rasgan la superficie de los sueños. Y la risa, claro, esa que cabalga por la mayoría de sus reflexiones. Carcajadas para celebrar la vida, o para defenderse de sus zarpazos.

Los olores también impregnan este texto. Tabaco, mucho tabaco, ¡cómo cuesta leer con tanto humo! Whisky sin soda cantaba en los años 80 (y qué jóvenes éramos y qué poco lo sabíamos) y seis tequilas y el mar dentro de un vaso de ginebra y un buen champán francés. Cada licor con su música, cada trago tarareado. Hay más olores que resuenan en sus canciones. Urgencias de amantes, alientos de noches sin dormir, velas de difuntos, vinagre en las heridas...

Y, de repente, abrió los ojos y se encontró con un cuerpo surcado de arrugas. Dice que ha pasado de la juventud a la vejez sin pasar por la madurez, consiguiendo así una de sus aspiraciones: «Envejecer sin dignidad». Quizá no podía ser de otro modo, el público no le hubiera permitido tirar la toalla. Su juventud prolongada era el trampantojo de muchos. Si él seguía, todos seguíamos.

Su biografía habla de un padre policía que tuvo que detenerlo en la España franquista. Le despertó, le sacó de la cama y lo condujo hasta Granada, donde fue interrogado. El hombre lo pasó peor que él, reconoce el cantante, y le pesa que muriera antes de ver su triunfo. «Se me va poniendo cara de mi padre», reconoce Sabina con esa melancolía que últimamente le acompaña del brazo.

La infancia de Sabina no fue infeliz, pero llegó el día en que ya no soportaba ese «mundo gris, polvoriento, de ambiente neofascista» de su Úbeda natal. La primera parada fue en Granada, en una pensión. Llegó por la tarde y le entregaron la llave de la habitación. En su imaginario, esa llave ha adquirido la categoría de fetiche. Al fin podía salir y llegar cuando quisiera. Al fin, la libertad.

Después recaló en Londres, trabajando de lo que fuera y cantando en cualquier rincón, incluso mal y a gritos al oído de los clientes de los restaurantes: la manera de embolsarse rápido las ganancias. Y a los 30 años llegó a Madrid, con los bolsillos vacíos y el ansia de apurar cada sorbo de vida. Vinieron los días de La Mandrágora, antro mítico de los ochenta en el barrio de La Latina, lugar de reunión de cierta élite intelectual que vivía la movida sin pelos de colores.

Él y Krahe actuaban un par de días por semana. Un aforo de apenas 40 personas que se convirtió en la lanzadera al éxito. El primer lugar donde el jienense se sintió dios.

Sabina es el cantante que se desprende de la ropa, de la piel y hasta de las entrañas. El poeta que canta a una inacabable noche canalla. El personaje que alimentó los anhelos de una generación con hambre de risas y libertad. Porque unos venían de pueblos recocidos o de ciudades donde no pasaba nada o de barrios donde pasaba demasiado. Al fin, todos llegados de los arrabales de una historia en blanco y negro que ansiaban patalear.

Y Sabina se zampó la vida a bocados. Encadenó amores, tuvo dos hijas que la vida fue acercando, y sufrió desamores que parieron sus mejores canciones. Ahora ya suma más de 20 años con la fotógrafa Jimena Coronado. Años de amor y dolencias, y una depresión que él, tan amante de la tauromaquia, ha ido toreando. Las paredes de su memoria están cubiertas de retratos de fantasmas, pero son los vivos de todas las edades los que siguen coreando sus canciones. También los jóvenes se han unido a sus noches invencibles.

Da lo mismo cuán rota esté su voz, Sabina exuda emoción, vida, nostalgia y eternidad. Llega al Sant Jordi y miles de almas se desnudan con él. «Es posible que este sea mi último concierto en Barcelona», afirma. Y sus feligreses contienen el aliento, esperando que el anuncio sea un verso improvisado que le salió tanguero.

Si este artículo contuviera todas las canciones de Sabina sería el más hermoso, el más sabio del mundo. Porque el cantante nos lo ha enseñado casi todo de amores y desamores. Con él, incluso hemos aprendido a no hacer demasiado caso de las opiniones de los autores que amamos.