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Daniel Capó

Las próximas autonómicas

A pocos meses de las elecciones autonómicas y municipales, los partidos han activado ya al máximo sus maquinarias de captación de voto. Está en juego el poder territorial –que es mucho– y, sobre todo, se trata de la encuesta más fiable para las próximas generales, que tendrán lugar –si no hay sorpresas– a finales de este año. El fuego de artillería de los presupuestos se une a las primeras promesas electorales y al arranque del enésimo capítulo de la guerra cultural. O de las diferentes guerras, porque con una no tenemos suficiente. Me refería antes al poder territorial: como en el advenimiento de la II República, lo que aquí cuenta es el control de las grandes plazas en juego. Hablamos de Madrid y Barcelona, de Sevilla y Valencia. Lo decisivo es la fuerza de la imagen, el marketing de los símbolos. La caída de Andalucía en manos de la mayoría absoluta del PP fue uno de estos golpes de efecto que indican algo más que una tendencia: la Andalucía socialista convertida en una autonomía de referencia para los populares. A contrario sensu, el giro a la izquierda de la Comunidad Valenciana –ahora en liza, si hacemos caso a la demoscopia– nos muestra el desplazamiento del voto socialista hacia antiguos feudos conservadores. ¿Qué sucederá en Castilla-La Mancha o en Extremadura, demarcaciones con fuerte conciencia nacional? ¿Hacía dónde se inclinarán los gobiernos de Valencia o de las Islas Baleares? Parece que sus respectivos destinos van a depender de un puñado de votos. La ciudad de Barcelona aspira a ser el gran símbolo socialista en un escenario de voto en el que el PP parece llamado a dominar en las principales ciudades. Este tipo de transformaciones del mapa electoral tiene, además, un fuerte impacto ideológico que no podemos desdeñar en ningún momento.

El desfonde del voto socialista en Madrid y la mayoría absoluta del centroderecha en Andalucía pone al socialismo en una situación comprometida dentro del espectro de las izquierdas. El PSOE ya no puede aspirar a una mayoría absoluta (el PP tampoco), pero además tiene difícil convertirse en la fuerza más votada a nivel nacional. Y, sin Cs, eso implica que su abanico de alianzas para formar gobierno va a virar necesariamente hacia los populismos de extrema izquierda (Unidas Podemos) y hacia los nacionalismos identitarios de signo independentista más o menos marcado. Votar al PSOE supone, por tanto, ser conscientes de que sus alianzas no se establecerán con el centro –ahora inexistente o muy reducido–, sino con sus periferias. Al mismo tiempo, Cataluña y el País Vasco –con su gran peso electoral en número de diputados– adquieren una relevancia enorme. Resulta lógico, pues, que el PSOE oscile cada vez más hacia posiciones alejadas de la socialdemocracia clásica. Del mismo modo, los magros resultados del PP en estas dos comunidades y su creciente presencia en Madrid y Andalucía hacen bascular su discurso hacia otras sensibilidades por motivos similares a los del PSOE, aunque en dirección opuesta. También Feijóo sabe que para gobernar necesitará del apoyo de Vox, pero aún confía en lograr unos números suficientes –superiores a 130 diputados– para poder gobernar sin excesivas servidumbres. El techo electoral del PSOE parece manifiestamente inferior al horizonte de los 130 escaños. La guerra de desgaste entre los dos grandes partidos españoles no ha hecho, en todo caso, más que empezar. E irá a más según se vayan acercando los días decisivos.

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