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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

Hoy he venido a hablar de mi libro

Cuando la pedagoga Mar Romera entró en Esment por primera vez dijo que era un lugar en donde todo olía bien. Puede que fuera porque estaba muy cerca del obrador de pan, pero ella remarcó que se refería a otra cosa. Tenía que ver con la actitud de las personas, los vínculos y el respeto que allí se respira. Yo creo que los lugares en donde la energía es luminosa siempre huelen bien. Mi trabajo es así. Un lugar de energía luminosa y compuesto por personas brillantes.

Hoy he venido a hablar de mi libro y el motivo es porque la entidad en la que trabajo cumple 60 años. Yo cumplo cincuenta en un par de semanas y tengo el honor de conocer Esment desde los doce. Desde el primer momento, me enganchó. Al principio, porque fui capaz de ver su fuerza y potencial a través de los ojos de sus profesionales y porque logré captar lo que suponía el reto y la ilusión: colocar a las personas con discapacidad intelectual en otro lugar de esta sociedad. Dotarlas de la dignidad y el respeto al que tienen derecho y convertirlas en personas con roles activos, ocupaciones atractivas y destacar una visión, manera de ser y de estar que enriquecen nuestro entorno. Desde el momento en que tuve la suerte de trabajar allí, mi enganche jamás ha decaído. Porque el reto continúa, los objetivos son honestos, los profesionales son coherentes, derrochan valores y estoy rodeada de buena gente. Buena y diversa gente. Y esto, palabra de honor, sí que es una gran suerte. En Esment no hay lugar para la uniformidad, la monotonía o el pensamiento único. Aquí se respira diferencia, aceptación, variedad y riqueza. Y todo esto huele muy, pero que muy bien.

Hoy he venido a hablar de mi libro y he venido a hablar de la persona que me ha abierto este mundo de oportunidades: mi hermana. Si Lourdes no hubiera nacido, me habría perdido uno de los ejes más importantes sobre los que pivota mi vida. Habría perdido la posibilidad de comprender diferentes maneras de interpretar el entorno, las emociones, las relaciones o las prioridades. Lourditas me ha abierto los ojos y ha ampliado mi horizonte. Me ha enseñado que respetar de verdad a una persona significa comprender y aceptar las esencias. Implica acompasar nuestro ritmo frenético al suyo y que el primero no es mejor que el segundo. Significa que hay que saber interpretar dónde puede estar la necesidad y que eso solo se consigue escuchando, observando y poniéndose en la otra piel. Mi hermana ha tambaleado todos mis prejuicios y, simplemente, me ha llevado a un lugar diferente. Cada día aprendo y me quedo fascinada de su forma sui generis, auténtica y esencial de ser y de estar.

¿Quién sabrá mirarla con buenos ojos? ¿Quién la empujará a desarrollar su potencial? ¿Quién la hará visible? ¿Quién hará que se sienta reconocida? ¿Quién trabajará para que encuentre su lugar en la sociedad? ¿Quién creerá en ella y la cuidará? ¿Quién la respetará a rabiar? ¿Quién permitirá que brille con luz propia? Las familias llegamos hasta donde podemos, pero Esment llega mucho más allá. Qué orgullo que exista una entidad como ésta. Qué suerte la mía. En realidad, la de todos. Molts d’anys y, sobre todo, gracias.

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