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Antonio Papell

Lula vence al populismo

Más que alegría desbordante, la sensación que predominaba ayer en el seno de la izquierda latinoamericana y, más concretamente, entre los seguidores de Lula en Brasil fue el alivio al conocer que llegaba a su fin una etapa de populismo de baja estofa que había convertido al país más grande de Latinoamérica en un paria de la comunidad internacional que por añadidura estaba dilapidando un patrimonio ecológico universal considerado el pulmón principal del planeta, abatido ya en grado preocupante por los especuladores y la corrupción. Luis Ignacio Lula Da Silva, a sus 77 años, tendrá que obrar prodigios para que la política brasileña recupere la centralidad y el prestigio perdido, no solo porque ya no serán válidas las viejas recetas que resultaron eficaces en sus mandatos anteriores sino porque la sociedad brasileña, afectada todavía por desigualdades tercermundistas, se ha fracturado gravemente, entre otras razones por el ascenso de las iglesias evangélicas, que, ante la inacción de la Iglesia Católica, han captado ya a la tercera parte de la población del país y sostienen el fanatismo clericalista del populismo que Bolsonaro ha representado.

Esta fractura de Brasil, que ha quedado de manifiesto con lo ajustado de la victoria de Lula, quien además estará en minoría en el parlamento, obligará al nuevo mandatario a buscar la centralidad de la concordia, inaceptable por los más radicales pero deseada, al parecer, también por el sector más consciente de la derecha brasileña. Fue ayer ilustrativo constatar que entre las primeras felicitaciones al ganador, antes de que Bolsonaro reaccionara a la derrota, estuvieron las de Arthur Lira, presidente de la Cámara de Diputados, quien ofreció a electo «diálogo y transparencia», y el presidente el Senado, Rodrigo Pacheco, quien reconoció que «buscamos reunificar Brasil, encontrar las soluciones a través de la unión». A pesar de la deriva de estos últimos años, Brasil conserva los rasgos fundamentales de su institucionalidad, como lo demuestra la solvencia de las propias elecciones, completamente informatizadas y acreditadas por unas autoridades judiciales reconocidas y fiables.

Se ha hecho notar que es la primera vez que la izquierda democrática —es decir, dejando fuera del cómputo a Cuba y Venezuela— ha alcanzado en Latinoamérica el liderazgo en los cinco principales países de la región. Y fueron los cuatro colegas de Lula los que primero mostraron su satisfacción: el colombiano Petro celebró la victoria con un «Viva Lula»; a continuación, llegaron los parabienes del mexicano Andrés Manuel López Obrador, del chileno Boric y del argentino Alberto Fernández, quien será el primer mandatario extranjero que acudirá a felicitar a Lula.

Con todo, esta innegable alineación, que muchos consideran consecuencia del horror provocado por Trump en las sociedades en desarrollo de más al sur, no tiene apenas, como antaño, resonancias reivindicativas. En todos los países concernidos, existe un potencial de crecimiento muy notable y las políticas socialdemócratas se limitarán, como en Europa, a ordenar los mercados mediante la regulación y el control, de forma que se avance en la reducción de los inaceptables desequilibrios. Las estadísticas de desigualdad de la región son inasumibles y lo necesario es propulsar el crecimiento con respeto a las obligaciones medioambientales (que en el caso de Brasil son estructuralmente prioritarias) al mismo tiempo que en el rescate de la marginalidad y en la integración de las grandes bolsas de pobreza. Para ello, Latinoamérica necesita grandes inversiones en servicios púbicos ya que la escuela será una muralla frente a las derivas totalitarias y a los fanatismos deístas y populistas.

El fenómeno Bolsonaro, una caricatura cutre del trumpismo, debe ser extirpado de los países en desarrollo mediante la racionalidad, la democracia y la cultura. En este campo, políticamente neutro para no interferir en la autonomía de los actores, la cooperación internacional tiene un gran papel que jugar, y en el caso de España (o, mejor, de la Península Ibérica), la familiaridad intensifica este designio. También los Estados Unidos, la gran potencia regional, han de mimar —al menos en las etapas de gobiernos demócratas en Washington— el desarrollo de estos pueblos, del que depende la estabilidad futura del continente, todavía muy frágil y desorientado.

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