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Matías Vallés

Berlusconi lo vio primero

Se coloca a Putin al frente del pelotón de gobernantes desprejuiciados que han cambiado la faz del planeta, pero llegó después de Forza Italia

Vladímir Putin y Silvio Berlusconi en una rueda de prensa conjunta en 2008 en Cerdeña ALESSANDRO BIANCHI

Los votantes los prefieren duros y deslenguados, casi violentos. Se habla siempre de candidatos, nunca de candidatas aunque Marine Le Pen habrá estado a punto de inaugurar la estirpe femenina de los políticos autoritarios. Los problemas surgen a la hora de precisar la genealogía. Gideon Rachman es el jefe de los comentaristas internacionales del Financial Times. Acaba de publicar La Edad del hombre duro, dedicado a los líderes inclasificables que empezaron siendo aves exóticas pero que proliferan al frente de Estados y Gobiernos.

Según Rachman, el Big Bang tuvo lugar en Moscú. «La edad del hombre duro empezó el 31 de diciembre de 1999, en cuando Putin juró como presidente de Rusia. Es el arquetipo de un estilo que reformularía la política global». Con todos los respetos, cabe retrasar el estallido al diez de mayo de 1994, cuando Silvio Berlusconi inicia el primero de sus cuatro mandatos hasta la fecha. Incluso el pánico militante de Indro Montanelli al enterarse de la ambición de Sua Emittenza, en cuanto suponía la voladura de las ideologías tradicionales, presagiaba el inicio de una nueva época.

Berlusconi lo vio primero. Se coloca a Putin al frente del pelotón de gobernantes desprejuiciados que han modificado la faz del planeta a su imagen y semejanza, pero el ortodoxo ruso llegó después del futbolístico Forza Italia. Aunque siempre existió una audiencia para la tradición transalpina de aplaudir al aprendiz de dictador que se asoma a un balcón, el emperador mediático introdujo una desfachatez insólita. Explotaba su patrimonio desmesurado como incentivo electoral.

Tanto Berlusconi como sus cada vez más numerosos imitadores quieren ser votados por su dinero, no a pesar de su fortuna. La extracción de sus adoradores entre las clases desfavorecidas o exprimidas no aporta la menor de las incógnitas sobre el ascenso fulgurante del colectivo de desacomplejados. Los salvajes arrogantes no siempre desean mezclarse con sus huestes. El ejemplo más exacto de este aislamiento contradictorio procede del germófobo que mejor adaptaría las doctrinas del primer ministro italiano. Como tantas veces ha ocurrido en Hollywood, y por última vez en la oscarizada Coda que adapta La familia Bélier francesa, el televisivo Donald Trump compró los derechos de una historia europea para protagonizar la superproducción estadounidense.

Al igual que sucede con las películas, la versión de Trump desbordó a su predecesor italiano, y ha contribuido a fijar el origen de los hombres duros en Moscú. Recomendar a los refugiados en tiendas de campaña a raíz de un terremoto «que se lo tomen como un camping», es una frase que podría figurar en el guion de ambos gobernantes, aunque en realidad corresponde a Berlusconi a raíz de la sacudida sísmica de L’Aquila. Otro punto en común es la ausencia de experiencia previa. De la empresa al trono, sin solución de continuidad. Y por si los requisitos parecen demasiado accesibles, conviene referir algunas exigencias más escabrosas. Véase a Trump señalando que «si Ivanka no fuera mi hija, le pediría una cita». O a Berlusconi mostrando a las luminarias del planeta la cama con dosel donde seducía a sus velinas casi adolescentes.

Con la riqueza aforística que le llevó a proclamarse «el Hemingway de Twitter», el presidente estadounidense acuñó la jaculatoria que condensa el fervor populista hacia las figuras de los hombres fuertes. Prometió «drenar el pantano de Washington». Ni siquiera lo intentaría, pero esta cancelación de la estructura política precedente alimenta el culto a la personalidad que concentran los hombres duros. Se llega así al instante decisivo de establecer los miembros de la dinastía de los matones.

La doctrina de Rachman peca de demasiado inclusiva y generosa en la adjudicación del rango de hombres duros, que se le endosa a cualquier gobernante con veleidades autoritarias. En su política de puertas abiertas, cuesta identificar dentro del gremio a Mohamed bin Salmán, porque el heredero al trono saudí ni siquiera ha de enfrentarse a unas elecciones amañadas. Descuartizar a un disidente conecta con los métodos venenosos de Putin, pero el poder de los avasalladores nunca debería ser hereditario.

En cambio, Jair Bolsonaro no merece ser etiquetado como un mero vástago, el Trump tropical. Ha introducido un tono bronco y desafiante, como el Rodrigo Duterte que desea librarse de los narcotraficantes filipinos a tiros. Frente a estos ejemplares nítidos de caudillos, cuesta adoptar al turco Erdogan, pese a su cita de que «la democracia es un autobús del que te apeas en la parada que te interesa». En cambio, Viktor Orban se ha batido con denuedo para arruinar sus excelentes credenciales democráticas, y apadrinar la construcción incluso teórica de un régimen «iliberal». Aun así, cuesta llevarle la contraria al gobernante más longevo de la UE, que acaba de ser votado por más de la mitad de los húngaros.

La detección de hombres duros no sirve únicamente de curiosidad taxonómica. Todos los países gobernados por esta estirpe han descendido en los índices mundiales de libertades y derechos. No es superfluo recordar que, en fecha reciente, casi medio planeta estuvo gobernado por el póker de Trump, Xi, Putin y Modi, aspirantes todos ellos al podio de la intransigencia. Esta concentración de testosterona solo ha estallado cuando el hombre duro de Moscú ha considerado que Washington estaba gobernado por un alfeñique.

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