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Matías Vallés

Limón & vinagre - Raquel Sánchez (Ministra de transportes)

Matías Vallés

La huida del camionero desconocido

La ministra de Transportes, Raquel sánchez, en noviembre en un acto por el corredor mediterráneo ferroviario.

Cómo se añora a un ministro bronco cuando el populismo empuña el volante. Eso mismo debe preguntarse el impetuoso José Luis Ábalos, a quien Raquel Sánchez se refiere como «mi antecesor», con voluntad de hundirlo en el anonimato. Sin embargo, el CIS ha decretado que solo un 13% de españoles, que ya es mal agüero, identificaban a la ministra de Transportes y Demás tras medio año en el cargo. El porcentaje se sitúa por encima de la población de su Gavà natal, pero por debajo de la demografía de su Cataluña también natal. En cambio, «mi antecesor» valenciano se despidió con un grado de conocimiento del 80%, aparte de que a su coronación asistieron Florentino y Villar Mir, por lo que sería más lógico bautizar «mi sucesora» a la ministra.

La huelga de las guerrillas motorizadas catapultará a Raquel Sánchez en el CIS, pero pagará un precio inflacionario por su popularidad. A mayor proyección, más cánticos de «ministra dimisión, cómprate un camión». La ministra ha discriminado entre los camioneros con corbata del comité, a quienes prodiga piropos, y los revoltosos descamisados de la plataforma a quienes humilla. Les achaca una representatividad insignificante y les reprende por perezosos, «la mayoría de transportistas quiere trabajar y está trabajando». Debería recordar que el desprecio del modesto al poderoso se queda en desdén, pero en sentido opuesto apuesta a despotismo. Aparte de que los camiones reciben un peor trato ministerial que los yates de oligarcas rusos, que dejó escapar del puerto de Barcelona.

Los camioneros asilvestrados sacan lo peor de Raquel Sánchez, arruinan el objetivo de disimular su dureza congénita. Por expresarlo en términos de «mi antecesora», la titular de Transportes y Demás es una Magdalena Álvarez que no se atreve a desplegar las alas autoritarias. En su fuga del amenazador camionero desconocido, la ministra recuerda a la agobiante película El diablo sobre ruedas (Duel) del debutante Steven Spielberg, donde Dennis Weaver huye del acoso de un tráiler de conductor casi invisible.

«Mi sucesora» ha vivido los días fatídicos en que descubres que en política hay cosas peores que no ser ministro. De los vítores a los vituperios, pasando por el anonimato de su debut ministerial, Raquel Sánchez prendió hogueras al acusar de los paros a «un grupo de ultras». La imputación a Vox cumple con la Ley de Godwin, donde la mención a «los nazis» esteriliza el debate en la red. Además, el partido de Santiago Abascal es una excusa bumerán, porque la ministra no puede asegurar que en las mesas negociadoras de la reforma laboral montadas por el Gobierno no hubiera votantes de la ultraderecha moderada. Al contrario, es obligado estadísticamente que los hubiera.

En su actual frenesí motorizado, la responsable de Transportes y Demás ha de contemplar con nostalgia los tiempos en que solo sobresalía por su tuit «no dejo de escuchar el himno feminista» de Rigoberta Bandini, otra apuesta fallida. De qué sirve ser ministra si no controlas RTVE. El pasado verano, Raquel Sánchez fue elevada al ministerio por Pedro Sánchez (sin vínculo familiar), cuando el presidente decide dar un golpe de estado al detestado Iván Redondo y proclamar que «el Gobierno soy yo». Así surge el gabinete de las alcaldesas. Gandía, Gavà, Puertollano. 

No puede ser casualidad que Pedro Sánchez personalizara el miércoles que «nos sentaremos a la mesa y no nos levantaremos hasta lograr un acuerdo», con la particularidad de que el presidente no iba a sentarse con los transportistas, y que ese mismo día los camioneros con corbata habían acusado a Raquel Sánchez de levantarse con demasiadas prisas de las negociaciones entabladas hasta entonces. Los trabajadores esenciales tienden a olvidar el trajín de la agenda de un ministro temporal. Y sobre todo, los huelguistas querían retratarse con la otra ministra por excelencia. No les bastaba que la mesa se ampliara para acoger a Nadia Calviño y a María Jesús Montero. Nadie presume de una foto con los Chicago Bulls en que no figure Michael Jordan.

En efecto, toda ministra tiende por definición a Yolanda Díaz, la deseada por los transportistas. También Raquel Sánchez ha efectuado esta semana una valerosa imitación de la titular de Trabajo, pero de su interpretación surge un híbrido entre la vicepresidenta y la antedicha Montero. En España, ser ministro no tiene precio. Dejar de serlo sale más barato. 

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