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Diario de Mallorca

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Juan José Millas

Tierra de nadie

Juan José Millás

Terrible

Rusia exporta frío. Frío literal y frío simbólico. Dado el precio del gas y de la luz, en casa encendemos la calefacción tarde y la apagamos pronto. Escribo, pues, con bufanda y calcetines gruesos, de lana. En la antigüedad combatíamos el frío fumando. El gesto de encender un cigarrillo, por raro que parezca, producía calor. Ganas me dan de retomar el vicio. A primera hora de la mañana, las teclas del ordenador están congeladas y, al poco de teclear en ellas, las yemas de mis dedos también. Se me entumecen y pierdo el hilo de lo que iba diciendo. El frío se manifiesta en las pequeñas cosas: en la cuchara con la que te comes el yogur, en la pastilla de jabón con la que te lavas las manos, en los picaportes de las puertas, en el mango de la sartén, en la chaqueta del pijama, en la crema de afeitar y hasta en el libro de poemas que estás leyendo cuya cubierta, satinada, parece protegida por una finísima capa de hielo. El frío entra por los apéndices, por las extremidades, incluidas las orejas y la punta de la nariz. Desde esos lugares se dirige al centro del cuerpo y, desde el centro del cuerpo, a la médula de los huesos. Cuando llega al tuétano no hay quien lo desaloje. Es lo que podríamos llamar «frío radiante» por oposición al «calor radiante».

Cuando éramos pequeños, en este país hacía tanto frío que nos metíamos en el metro para templar un poco el cuerpo. Y colocábamos entre las sábanas un ladrillo caliente envuelto en una toalla. Teníamos muchas mañas para combatirlo. De hecho, empleábamos gran parte de nuestras energías en inventar artilugios para huir de él. Lo que más recuerdo de mi infancia es el frío. Estaban frías las manos de mi madre y estaban frías las tazas del café y hasta la sopa, con mucha frecuencia, estaba fría. Creíamos que habíamos conquistado el calor, pero este invierno está siendo duro y promete endurecerse todavía más, pues los dueños de la luz y los señores de la guerra así lo han dispuesto. La luz, piensa uno, no debería tener dueños como no tiene dueño el oxígeno, pero cada día hay más dueños de todo, más propiedad privada, más mercado. Ya nada queda fuera del mercado. Hasta la Luna, creo, está a nombre de alguien que la vende a parcelas. Me pondría una taza de té de no salir tan caro un minuto de microondas.

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