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Diario de Mallorca

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Camilo José Cela Conde

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Iniciativas con aura romántica que permiten a gobiernos no hacer nada ante la invasión de Ucrania

El yate Lady Anastasia, amarrado en Port Adriano.

Un marinero ucraniano, cuyo nombre, que yo sepa, no se ha hecho público, ha sido detenido en Mallorca tras intentar hundir el inmenso yate Lady Anastasia perteneciente a un oligarca y traficante de armas ruso, Alexander Mjeev, máximo dirigente del holding Rostec dedicado a eso, a la venta de material bélico. El marinero ha conseguido a medias su propósito pero es dudoso qué tipo de perjuicio le puede suponer al caballero (por así decirlo) Mjeev el que su empleado abriese las válvulas de fondo del barco porque es obvio que el Lady Anastasia estará asegurado contra vientos y mareas. Aunque la acción del marinero, hilando fino, podría considerarse terrorismo y no quedar sujeta a cobertura. En cualquier caso, la embarcación vale siete millones de dólares; una cifra que, para la contabilidad de un personaje como Mjeev, debe entrar en la consideración de la calderilla.

Al menos la acción del marinero entrará en el saco de sastre que son siempre las ayudas populares contra el atropello imperialista. Menos riesgo corren los jugadores del equipo de baloncesto del ejército ruso, el CSKA, que se están negando a jugar aunque su gesto se agradece. Se trata de iniciativas que gozan siempre del aura romántica y permiten a gobiernos como el del Reino Unido no hacer nada ante la invasión de Ucrania a la vez que asegura que ayudará a los ciudadanos que se decidan por sí mismos a tomar las armas trasladándose a la zona de guerra para apoyar al débil frente al abrazo del oso ruso. Estamos volviendo a los sentimientos aquellos que condujeron a la formación de las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española de 1936 al 39; quizá no sirviesen para detener las tropas insurrectas franquistas pero desde luego que ganaron por goleada la batalla de la opinión pública internacional.

Negarse a jugar un partido, intentar hundir un megayate, y no digamos ya trasladarse a Kiev en demanda de un fusil que es probable que no se sepa utilizar son iniciativas que forman parte de esa respuesta individual contra las injusticias que termina por sumarse más a la literatura que a la historia. Son gestos mínimos pero de enorme trascendencia, en particular cuando se comparan con la palabrería hueca con la que los gobiernos se lamentan de la invasión de Ucrania. Más allá de unas sanciones económicas y financieras que no se sabe dónde llevarán ¿qué se hace en Europa? Por poner un ejemplo cercano, ¿qué va a hacer nuestro Gobierno, el de la Moncloa, en el que se sientan miembros de una coalición —Unidas Podemos— que ha optado por el recurso tan fácil como inútil de decir que hay que defender siempre la paz pero pone en el mismo saco la agresión rusa que las tímidas medidas de cautela de la OTAN?

Qué triste es comprobar que, más allá del drama que es para casi cualquier persona, Ucrania va a terminar devorada por Rusia. Cuesta trabajo creer que sirva de algo tener la Unión Europea y, ya que estamos, la ONU.

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