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Diario de Mallorca

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Pablo Casado, con Alfonso Fernández Mañueco.

Cómo estará la España vaciada que se celebran elecciones en Castilla la Vieja y todas las miradas se dirigen hacia Madrid. En Madrid estaban Tezanos, Sánchez, Casado y Abascal, que eran los que pasaban la reválida. De Tezanos sólo interesaba calibrar el alcance de su error, que hace mucho tiempo que ha convertido los sondeos del Centro de Investigaciones Sociológicas en una academia literaria dedicada al realismo mágico de la que sólo salen entelequias. Pero la del domingo fue de las de órdago: predijo la victoria del Partido Socialista Obrero Español y éste perdió siete escaños. Para encontrar un fracaso comparable hay que irse a Ciudadanos pero éste, ¡ay!, está en trance de disolución.

Sánchez no parece disolverse por muchas batallas que pierda, que van ya unas cuantas. Siempre cuenta con intérpretes a su favor, capaces de desviar la atención del hecho de que en 2019 había ganado las elecciones en Castilla y León, aunque sin poder decidir quién iba a presidir la autonomía, y ahora se queda con un escaño menos de los que tenía hace cuatro años el Partido Popular. El descalabro ha sido por completo suyo porque los populares, en la práctica, han calcado el mismo porcentaje de votos que obtuvieron en 2019; de hecho entonces sacaron un 0,06% más. Pero da lo mismo mientras las miradas se dirijan a Casado.

Y tiene sentido hacerlo porque la estrategia de adelantar las elecciones autonómicas obedecía, según dejó claro una y mil veces, a la necesidad de lograr una victoria comparable a la que Isabel Díaz Ayuso había certificado en Madrid. Se trataba de demostrar que quien ganó en la capital fue el PP, es decir, Casado, y no Ayuso, porque en Castilla y León se iba a rozar también la mayoría absoluta. Dios sabrá en qué sondeos basaba el líder de los populares semejante deseo; igual cuenta con un Tezanos propio en su corte celestial.

La peor de las amenazas del adelanto electoral en Castilla y León para el PP —dejando de lado la de perder la presidencia— era la de facilitar un crecimiento memorable a Vox, pasando a depender de sus votos. Que es lo que ha sucedido. Ese auge de la extrema derecha es visto por las gentes no sectarias como un desastre pero a mí me parece que se trata de una buena noticia por la razón bien simple de que a Vox se le acaba la luna de miel. Después de no pocas alegrías electorales que ha sabido manejar sin entrar en ningún gobierno, ahora le va a resultar imposible hurtar el bulto. Y tendrá que demostrar hasta dónde llega en la administración de los bienes públicos porque una cosa es soltar opiniones contrarias a la corrección política, cosa que cuenta con grandes ventajas, y otra bien distinta tener que dirigir una consejería, un ayuntamiento o una diputación. Ese salto que siempre termina por llegar es el que ha contribuido a hundir a Unidas Podemos. Veremos lo que pasa en Valladolid con Vox.

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