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Ana Olivares

Se pasa la vida

Esa visión que se cree antigua, la de mujeres de segunda por no tener hijos, sigue repitiéndose

Durante el confinamiento abundaron los comentarios jocosos sobre la posibilidad de que tanto tiempo compartido en el hogar diera pie a un aumento de la natalidad. Jocosidad a la altura de aquella que señalaba que las familias numerosas veníamos de tiempos sin televisión y con frío en los hogares. Así, sin mucha reflexión al respecto, me viene a la cabeza que a lo mejor deberíamos dejar las gracietas para otra ocasión. Las familias numerosas de entonces lo eran debido a la educación recibida o, mejor dicho, a la falta de ella. Ahora, en tiempos de pandemia, no creo que hayamos perdido tanto la razón como para lanzarnos a la aventura de la maternidad por aburrimiento, menos aún tal y como está la vida.

Como quinta de seis hermanos, debo decir que el adjetivo «familiar» venía asociado en mi casa a todo tipo de sustantivo, desde al tamaño de los envases al tipo de coche, pero nunca a la palabra «planificación» y, por lo que veía en mis compañeros de clase, tampoco era muy habitual en sus casas. Todos recordamos aquellas imágenes en blanco y negro, ahora tan usadas en algunas piezas de noticias del telediario, de viajes a la playa en coches que, más que viajes, parecían un intento de lograr un récord Guinness. Quien más quien menos vivió en mi generación en casas que eran verdaderos tetris de ocupación, con camas que surgían de los lugares más insospechados, compartiendo espacios, heredando ropa y respondiendo a cualquier nombre que le viniera a la mente a la madre en un momento de desesperación doméstica. Más tarde nos llamaron el babyboom. Nosotros fuimos seis y no fuimos más porque la madre naturaleza así lo decidió, nadie más. Cuando mi madre escuchó aquello de planificar la maternidad, se lo tuvimos que explicar sus hijos y, aun así, no parecía muy convencida de que, de haberlo conocido antes, hubiera sido nunca una posibilidad real para ella. No niego que para mí ha sido una alegría pertenecer a una gran familia y no logro encontrar más inconveniente que la evidencia de que lo que había teníamos que dividirlo entre unos cuantos. No había lujos, pero todos tuvimos lo que necesitábamos. Todos fuimos a la universidad y no nos ha ido tan mal, lo que ahora sería totalmente imposible en un hogar donde solo trabajaba uno.

Hemos progresado. Tanto que ya no hay que hacer dibujitos para explicar lo que significa planificar la maternidad y la paternidad compartida. Tanto que ya no es el padre el único que trabaja, sino que las madres también tienen el derecho, y a mi entender, el deber de desarrollar su vida profesional con la misma ambición que sus compañeros. Tanto que el hecho de tener hijos ya no es exclusivo de parejas heterosexuales. Todo ello son puntos a favor del paso del tiempo y la mejora de las condiciones, pero no todas ellas han mejorado. Hemos progresado tanto que ahora las familias consideradas numerosas son aquellas que en mi infancia eran habituales. Tres hijos ahora son multitud y si van a ir a la universidad hay que replantearse los ahorros. Tanto hemos progresado que ahora planificar traer hijos al mundo incluye tal cantidad de dificultades que, cuando uno puede planteárselo, a punto está ya de que se le pase el arroz. Dichosa frasecita. Una vez más, tomo como ejemplo mi familia. Mi madre tuvo seis hijos, pero solo cinco nietos. Creo que puedo tomarlo como muestra del país con el menor índice de natalidad de Europa, con 1,2 niños por mujer. Es decir, un niño y un trocico, que dirían en la tierra de mis padres. Con la pandemia hemos caído a cifras de 1941 y creo que no hay que recordar que en nuestro país por aquel tiempo no había lugar para muchas alegrías.

Hace unos días se hizo viral el discurso de la joven escritora Ana Iris Simón reclamando el hueco que la población de las zonas rurales merece e incluyendo la dificultad añadida de los jóvenes para poder ganarse la vida y crear una familia. Como dirían los Beatles, aquí, allí y en todas partes. Los jóvenes de las grandes ciudades viven con sus padres hasta que peinan canas ante la imposibilidad de pagar alquileres desorbitados con sus sueldos inexistentes o intermitentes, en el mejor de los casos. Así, las vidas se van postergando. No solo la maternidad, sino la independencia, la madurez y la vida adulta. Con ello, al final el tiempo se nos va escurriendo y acabas teniendo un hijo en los minutos de descuento o recurriendo a la ciencia para que el milagro tenga lugar más allá de lo que la naturaleza asigna como normal. El resultado es unas calles con padres que parecen abuelos donde los carritos gemelares ya han dejado de sorprendernos. Hace poco he llegado a leer que el aumento de mascotas se relaciona con la imposibilidad de tener hijos, lo que, sinceramente, me deja sin argumentos.

Debo decir que este es un tema que siempre me ha parecido vergonzante para nuestro país en comparación con nuestros vecinos europeos. Recuerdo que, cuando vivía en el país vecino, me maravillaba ver niños jugar en las calles con padres jóvenes. Presiento que, una vez más, no hemos sabido hacerlo bien. En lo económico y en lo social.

Culturalmente, hay mucho que decir al respecto de la maternidad. Como mujer vives siempre con esa espada de Damocles en la toma de decisiones. Cuando eres joven y mantienes las primeras relaciones. Cuando empiezas a trabajar y tus jefes te consideran una posible madre en el futuro. Cuando eres menos joven y todos te apremian a que formes una familia. Cuando decides no tener hijos y cualquier indocumentado se ve con el derecho de preguntarte por qué o incluso de intentar convencerte de lo contrario. Y en esta batalla las mujeres no contamos siquiera con el apoyo de nuestro género, sino que, al menos en mi caso, han sido siempre ellas quienes han puesto en cuestión mi postura con la libertad, el poder, que les da el ser madres y saber lo increíble que es vivir esa realidad. Realidad que respeto tanto como espero que respeten la mía, sin mucho éxito he de confesar. Esa visión que se cree antigua, la de mujeres de segunda por no tener hijos, sigue repitiéndose, aunque sea en voz baja.

En un país mejor, imagino a jóvenes que puedan vivir sus vidas en los tiempos adecuados, tomar sus decisiones libremente porque, ante todo, han tenido la opción de decidir. Decidir trabajar y tener hijos o trabajar y no tenerlos. No seremos libres si no podemos hacerlo o si seguimos subyugados a modelos teóricamente mejores porque son los establecidos. Se empieza a estar incómodo en este cuello de botella en el que no se puede cuando se quiere y, si no se quiere está mal, porque, al final, los comentarios jocosos sobre ninis o arroces pasados acaban siendo un reflejo de la cultura de nuestro país, donde parece que a lo único que aspiramos es a hacer chistes o un meme divertido en vez de replantearnos seriamente las razones de nuestros males. Así somos.

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