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Mercè  Marrero

La suerte de besar

Mercè Marrero Fuster

Enhorabuena, París

La honestidad, salvo cuando es a bocajarro y con ánimo de ser ofensiva, es un valor. Las personas que hacen lo que dicen, dicen lo que piensan y, además, son inteligentes y sensibles son un lujo. Un lujo escaso. El excandidato a la alcaldía de París, y mano derecha del actual presidente de la República Francesa, Emmanuel Macron, es un claro ejemplo de lo poco prolífica que es la política a la hora de ofrecernos a personas coherentes. Benjamín Griveaux ha dimitido por la filtración de un vídeo pornográfico que envió a su amante. Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. No seré yo quien repruebe lo que hace el señor Griveaux con su vida privada, ni con su faceta de artista amateur del audiovisual guarro. Sin embargo, llama la atención que, de puertas afuera, monsieur Griveaux venda una imagen de familia Pin y Pon, chalet unifamiliar, coche familiar en el garaje y columpio en el jardín y, de puertas adentro, se dedique a llevar una vida radicalmente contraria a su predicamento. Aparentar lo que no somos, juzgar a los demás en función de valores en los que nosotros no creemos o el exceso de moralina casposa han pasado factura al político francés.

Llevar una vida acorde a lo que realmente somos y queremos ser es todo un reto. Basta abrir bien los ojos y observar a quienes tenemos a nuestro alrededor para darnos cuenta de que estos perfiles no abundan. Y es que hay que ser valientes para salirse de lo políticamente correcto, porque lo "políticamente correcto" tiene, a menudo, un margen demasiado estrecho para tanta variedad de perfiles. Hay mujeres que quieren ser madres, pero no esposas. Personas que deciden reinventarse y volver a estudiar a los 50 (o a los 60) para dedicarse a otra cosa, para ampliar horizontes y seguir aprendiendo. Hay músicos frustrados que deciden comenzar a tocar un instrumento a cualquier edad y ensayar hasta la madrugada o los hay que sueñan en volver a apuntarse a un curso de interpretación. Hay personas que quieren conocer a alguien y casarse, los hay que quieren conocer a alguien y después a otro y más tarde a otro y los hay que apuestan hasta que la muerte les separe por la persona con la que conviven. Cualquier opción es válida, siempre que sea honesta. Adolescentes que no son capaces de saber, aún, a qué quieren dedicarse el resto de su vida y eligen hacer un parón y repensarse a sí mismos o personas que deciden viajar alrededor del mundo y vivir con lo mínimo. Puestos a apostar por algo, me decanto por el ser antes que por el parecer. En la primera opción, no tienes nada que perder. En la segunda, todo, empezando por el respeto.

Y volviendo al Rocco Siffredi de la política francesa, hay que reconocer que París ha salido ganando. Benjamín Griveaux ha demostrado que, además de andar escaso de coherencia y honestidad moral, tampoco anda muy sobrado de inteligencia. Que, a estas alturas, alguien a quien se le presupone categoría intelectual, no sepa de la importancia de proteger la intimidad en las comunicaciones, de no exponerse y de ser cautos en los contenidos de aquello que se envía es inquietante. Además de hipócrita, poco prudente. Enhorabuena, París.

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