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Análisis de la cumbre hispanoitaliana en Mallorca | Los campeones de la Champions del coronavirus

Pedro Sánchez y Giuseppe Conte están más preocupados por la inmigración ilegal que por el avance de la pandemia, y comparten la alergia a definir las restricciones navideñas

Teodor Suau enseña la Catedral a Pedro Sánchez y Giuseppe Conte en presencia del obispo Sebastià Taltavull.

Teodor Suau enseña la Catedral a Pedro Sánchez y Giuseppe Conte en presencia del obispo Sebastià Taltavull.

Pedro Sánchez y Giuseppe Conte fueron unos pundonorosos teloneros de la auténtica cumbre hispanoitaliana de ayer, celebrada en San Siro entre el Inter y el Real Madrid. Sin embargo, la Champions futbolística ha sido arrinconada por el campeonato también europeo del coronavirus, una competición liderada con holgura por Italia y España.

La primera oleada de la pandemia fue esparcida por todo Occidente a partir del norte de Italia, la segunda fue transmitida al continente entero por la terrorífica escalada de contagios en Madrid. Un mapa de la difusión demuestra cómo ha llegado Francia a su liderazgo actual en casos totales. En proporción a la población que Conte esgrimía ayer como argumento chino incontestable, «reunimos a la cuarta parte de habitantes de la UE», la covid luce matrícula hispanoitaliana. De poco sirve que Sánchez despiste por dos veces «en la isla de Palma» con una «pandemia global». Unos somos más globales que otros.

La peor encrucijada de Italia y España en décadas sorprendió a ambos países con un par de gobernantes bisoños. Solo llevaban dos años en el cargo, nunca habían desempeñado un ministerio o un cargo ejecutivo relevante, se sustentaban en coaliciones quebradizas y sin un partido detrás. Entender su acceso al poder desata más cefaleas que limitarse a aceptarlos. A Conte y Sánchez les sobran los motivos para el pánico ante la covid, sobre todo porque en Italia ya se ha iniciado la vía penal para dilucidar las responsabilidades durante la propagación.

Nadie lo diría, porque Sánchez prefiere hablar del «principio del fin» de la pandemia, para precipitarse junto a su invitado en la marea de la inmigración ilegal, el verdadero eje de la cumbre o vértice. Cuando Conte habla primero tímidamente de la «certeza de las reglas», y se lanza después a tumba abierta contra «los traficantes», quizás se está asistiendo a una peculiaridad italiana. Al fin y al cabo, el propio Sánchez requebró a su colega si disponía de consejos sobre la estrategia ideal para pilotar un ejecutivo de coalición.

Sin embargo, Sánchez atacará todavía con más fuerza a los visitantes «traficados por mafias», remachando la vertiente criminal hasta el punto de que el comercio con la carne humana en vivo supera por primera vez en menciones al drama de los transportados. Se han acabado los paños calientes, luego dirán que Trump no ha aportado claridad al lenguaje de los gobernantes.

Conte silabea un romántico “con Sánchez hay algo más”, antes de que ambos aporreen a Polonia y Hungría con nombres y apellidos, por bloquear los fondos de recuperación. Abogan por una Europa sin vetos, pero se detienen temerosos ante las puertas de la Navidad. El español insiste en la mitad de comensales que en la Última Cena, pero ambos saben que las festividades son más sensibles que la pandemia, la inmigración o incluso el dinero.

En su introito, Sánchez deambuló sobre el día contra la violencia de género, negando a los varones la posibilidad de ser feministas. En su visión hemisférica, la mitad de la población femenina «abre los ojos a la otra mitad masculina». Cuando se apercibe del enredo, es demasiado tarde. En cuanto a la «isla de Palma», solo aportaba el escenario y la ensaimada a la stracciatella del menú. Venimos de la hostelería, y a ella habrá que volver algún día.

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