Sábado por la mañana y primer día de confinamiento en la zona de Arquitecte Bennàzar (Palma). La conjunción de factores idónea para que los vecinos notasen ayer una tranquilidad fuera de lo normal y los negocios se resignaran a hacer menos caja, tras entrar en vigor las restricciones para disminuir la tasa de contagio del coronavirus.

Es lo que ha pasado en el Bar Pasodoble, local situado en la confluencia de las calles Gaspar Bennàzar con Miquel Villalonga, desde el viernes por la noche, cuando tuvieron que cerrar a las 21.30 horas y renunciar a servir cenas, ya que media hora más tarde no podía quedar nadie en el local. Ayer por la mañana, el encargado, Rubén Triviño, aseguraba que la caja iba a notar este confinamiento selectivo y la menor afluencia de clientela. “Los sábados suelen ser animados y hay mucha gente por la mañana, pero hoy dudo de que vayamos a hacer mucha facturación, vamos a perder bastante, por lo menos los primeros días”, comentaba este camarero. Sobre lo que le opinaban sus clientes de las restricciones que les han aplicado, indicaba que “hay gente que no ve acertada la medida, pero se va, no le queda otra”. 

El Govern ha decretado el confinamiento durante quince días en un área que tiene forma de una pieza de puzzle y que afecta a 22.000 vecinos de Palma. La movilidad está restringida entre las calles Jafuda Cresques y Henri Dunant, también en las manzanas entre Antoni Frontera y Rosselló i Caçador y en la zona de Son Fortesa Sud, entre las calles Emilio Serrano y Aragón, hasta la calle Fortesa. También queda afectada media plaza del Obelisco y la plaza del Capitol, así como las calles entre Arxiduc Lluís Salvador y Jacint Verdaguer. Un entramado complejo que provoca todavía desconcierto entre residentes y trabajadores en la zona.

Los vecinos de Arquitecte Bennàzar comparten, desde el pasado viernes por la noche, las mismas restricciones que los habitantes de Son Gotleu, Can Capes, parte de Son Canals y La Soledat Nord, 42 ciudadanos en total, un 9,5% de la población de Palma.

“Si con esto conseguimos al menos que no aumenten los contagios, bienvenido sea”

A media mañana de ayer, en la calle Eusebi Estada, dos vecinas mayores comentaban la situación. Francisca Rosselló, descansando sobre su andador después de ir al supermercado, charlaba con Carmen Vázquez. “Pues estábamos de tertulia, hablando las personas mayores de lo que supone todo esto. Mi vida, por suerte o por desgracia, hace ya bastante tiempo que está enormemente reducida. Voy a la compra durante la semana y la del mes me la traen a casa... A mí no se me ha modificado en nada...”, afirmaba la primera. “Pero hay personas que tienen otra vida. Y si con esto conseguimos al menos que no aumenten los contagios, bienvenido sea, porque al paso que vamos...”, añadía sobre las medidas impuestas.

“Mi hija tiene una papelería y le afecta porque entra mucha menos gente. A mí me ha afectado porque esto no me gusta”, respondía Carmen, tirando de su mascarilla, complemento obligatorio. “Me cuesta respirar”, añadía.

Acerca de lo que implica el confinamiento de su barrio y si alguien les había explicado en qué consistía, Francisca afirmó que se había enterado “por la televisión, que lo han dado unas cuantas veces”. 

Sobre la tranquilidad que se observaba en la calle, Carmen analizaba: “Hoy es sábado, la gente no trabaja y no pasan coches”.

“Cuidaros”, se despidió Francisca, para seguir con su charla con Carmen.

En la primera mañana de confinamiento en este barrio llamaba la atención la falta de vigilancia. El acatamiento de las restricciones quedó en manos de los vecinos y en su voluntad de colaborar. Catalina Ortega, por ejemplo, había desistido de ir a su gimnasio, fuera de la zona confinada, y había optado por hacer ejercicio en su casa. Como a otros, a esta vecina de Son Fortesa le extrañó la falta de vigilancia y de control de las normas impuestas por el Govern. “He andado un buen trozo y también he salido para pasear al perro y no he visto ni un policía”, comentaba al volver de la ferretería, situada también en zona confinada. 

"Creo que no saben qué tienen que hacer y van haciendo pruebas"

Acerca de la utilidad de este confinamiento selectivo, no ocultó sus dudas: “Creo que no saben qué tienen que hacer y van haciendo pruebas”, se aventuraba a decir. En el portal de su finca, al igual que en otras muchas, cuelga el aviso del Govern con el mapa, bastante indefinido, de la zona confinada, pósters que los vecinos seguían consultando este sábado. Les chocaba que en una misma vía, un lado esté en zona confinada y enfrente, no haya restricciones. “No entiendo que nos cierren aquí y en la otra calle, no”, se quejaba la dependienta de una tienda. 

En una peluquería de la misma calle, su responsable declinaba comentar el confinamiento alegando su “enfado” con la situación. Este último confinamiento, aseguraba, no había supuesto un cambio dentro de la crisis que arrastra desde que se declaró el estado de alarma meses atrás.

“Durante esta mañana, lo llevamos bien, la gente no se ha quejado. Días antes había polémica, pero parece que todo el mundo está concienciado”, comentaba Elvira Trapero, de la frutería Hierbabuena, en Eusebio Estada.

Al lado, la terraza del bar se iba llenando, aunque otros negocios permanecían cerrados. El local de culto evangélico en Gaspar Bennàzar colgó un aviso: esta semana no se celebrarán reuniones debido al confinamiento.