11 de junio de 2018
11.06.2018

Hay Nadal para rato

A sus 32 años, no se divisa el final del ganador de diecisiete grandes, más inteligente y dominante en la pista

11.06.2018 | 08:28
Nadal posa con los recogepelotas del torneo parisino.
Pasan los años y nada cambia en Roland Garros. Así es desde 2005, en que Rafel Nadal irrumpió con fuerza en la tierra de París para anotarse a los 19 años recién cumplidos su primer título en el Bois de Bolougne. ¿Qué explica el dominio tiránico durante más de una década de un jugador que cuando juega en la central parece imbatible?

Nadal ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos y al ineludible paso de los años. Si se observan imágenes del jugador que con 19 años alzó su primer título y el de este año, o el del pasado, las diferencias son evidentes. Lejos queda el tenista que celebraba prácticamente cada punto como si fuera el de partido. Ahora se ve a una persona más serena, más cerebral en la pista, en donde el físico, siendo importante, ha pasado a un segundo plano.

Antes del inicio de la temporada de tierra, el pasado mes de abril, Francis Roig, que forma parte del cuerpo técnico de Nadal liderado por Carlos Moyá, admitía la mutación que se ha producido en el juego del manacorí: "Ahora, a pesar de tener 32 años, coge la forma mucho más rápido", señalaba Roig, ausente en París. Su veteranía esconde un tenista más completo, sin el físico de antes. Bromeaba Nadal minutos después de derrotar al argentino Diego Schwartzman en cuartos de final, el pasado jueves, cuando dijo que sentía que estaba en un cuerpo de una persona de 45 años por el trote que supone llevar más de tres lustros de carrera deportiva. Su falta de físico, que lógicamente mengua por la edad, la suple con su depurada técnica. "Cada año que pasa no perdona y hay que vigilarse más", explicaba Roig, "así que conforme ha ido haciéndose mayor, se ha dado cuenta de que es capaz de jugar mejor sin necesidad de hacer los esfuerzos físicos que hacía en el pasado. Ahora juega con más inteligencia, se ha convertido en un tenista más dominante, con mayor iniciativa".

Los números de los últimos años ayudan a comprender este cambio en su forma de afrontar los partidos. Sorprendentemente, desde 2013 no ganaba Nadal cuatro torneos de tierra. Lo hizo el año pasado (Montecarlo, Barcelona, Madrid y Roland Garros) y este año, con su undécimo Montecarlo y Barcelona, su octavo Roma y Roland Garros, también por undécima vez. En 2014 ganó en Madrid, Roma y París, 2015 lo pasó en blanco por primera vez en su carrera y en 2016 se impuso en Montecarlo y Barcelona tras verse obligado a abandonar en la tercera ronda de Roland Garros por una lesión en la muñeca. El año pasado, con 31 años y 8 días, conquistó su décimo título en París sin ceder un set, y con solo 12 horas y 4 minutos en pista -nunca había estado menos tiempo para ganar el torneo-, algo que solo había conseguido en 2007 y 2008. De esta manera se convertía en el tenista de más edad en sumar su decimoquinto grande, por delante de Serena Williams, con 30 años y 348 días.

Nadal ha aprendido a correr menos, es más agresivo con la derecha y el revés, y el servicio -su punto débil- también lo ha mejorado. Lo ha demostrado en París, pero especialmente en el partido de semifinales ante Del Potro, ante el que no cedió su saque ni una sola vez.

Tras casi tres meses de parón en el primer trimestre del año por la lesión que se produjo en el Abierto de Australia, donde se vio obligado a abandonar en pleno partido de cuartos de final ante el croata Cilic por tener afectado el psoas ilíaco, Nadal retornó a las pistas en la eliminatoria de cuartos de Copa Davis ante Alemania. Y se vio a un tenista pletórico, en forma, con hambre de tenis. Era el Nadal de siempre, el de la bola alta, deslizamientos espectaculares, derecha prodigiosa y épica, mucha épica. Se deshizo de Alexander Zverev, uno de los que amenazan con destronarle, en tres sets. Estaba preparado para la gira de tierra y el paso de las semanas y de los torneos ha demostrado que así era. Solo Thiem, su rival de ayer en la final, fue capaz de frenarle en los cuartos de Madrid. Como una gota de agua en un océano, en una era de dominio aplastante a la que no se intuye el final.

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