Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

‘El Club del Paro’, la película que tardó 10 años en hacerse

El periodista de ‘Diario de Ibiza’ David Ventura narra cómo fueron los encuentros con Josep Àngel Costa y el cineasta David Marqués en 2011 y que fueron el germen del filme que se ha estrenado en los cines

El director David Marqués, flanqueado por los protagonistas de ‘El Club del Paro’. | DAVID MARQUÉS

Todo empezó a finales de 2011, en plena y devastadora crisis económica. En ese momento, yo me encontraba en el paro, aunque con el consuelo de que no me encontraba solo, ya que había 5,5 millones de españoles en esa misma situación. Un día a la semana -usualmente los martes al mediodía- solía quedar con otros dos amigos que también estaban desempleados, Josep Àngel Costa Soldat -que actualmente también trabaja en Diario de Ibiza- y David Marqués, que entonces todavía vivía en Sant Antoni y que, como siempre, estaba batallando para intentar vender a una productora alguna de sus ideas. Completaba el grupo Raúl Medrano, periodista deportivo en IB3, el único de nosotros que traía una nómina a casa y que solía librar entre semana.

Sin trabajo, sin perspectivas de futuro y viendo como el mundo se derrumbaba a nuestro alrededor, en nuestros encuentros hacíamos lo que hace cualquier persona sensata en estas circunstancias: beber cerveza, hablar de todo y de nada, y partirnos de risa. El humor es una válvula de escape para no caer en el desánimo y la desesperación. Así, comentábamos con sarcasmo la última visita a la oficina del SOIB, alguna espeluznante entrevista de trabajo, nos regocijábamos en los pésimos indicadores económicos que nos regalaba la prensa y recordábamos los días de vino y rosas, en los que pensábamos que el bienestar y el progreso durarían para siempre.

Collado, Marqués, Ventura, Medrano y Areces en el rodaje. | DAVID VENTURA

En una de estas charlas, surgió la idea: ¿por qué no hacemos un programa de televisión que consista en cuatro tipos en paro sentados alrededor de una mesa y charlando mientras se beben una caña? Sin trama, sin argumento, solo el fluir de la conversación. Pero, ¿cómo se llena algo con nada? Es el gran reto. En muchas ocasiones, cuando a través del cine y la literatura intentamos captar de manera realista un fragmento de vida, nos encontramos con que la vida, en realidad, es una gran plano secuencia lleno de momentos muertos y conversaciones hechas de frases que entrechocan sin sentido. Sin embargo, hay momentos en los que te ríes, y mucho.

Creamos a cuatro personajes arquetípicos y les bautizamos: el tipo avinagrado y sin suerte -Fernando-, el conspiranoico pirado -Jesús-, el jeta buscavidas -el Negro- y el bobo que siempre cae de pie -Benavente-. Una vez ya teníamos a estos tipos definidos, con personalidad y voz propia, era el momento de hacerles hablar. Redactamos cinco capítulos de media hora de duración. Marqués se encargó de dos capítulos, Medrano de otro, y yo de los otros dos. Llenar cincuenta páginas de diálogos absurdos me costó menos de lo esperado y fue más divertido de lo que creía. En ningún momento hubo bloqueo ni síndrome de la página en blanco. Al contrario, una vez empecé a escribir tonterías, estas se iban engarzando naturalmente una detrás de otra. Sentía a los cuatro protagonistas como si los conociera -de hecho, algunos están inspirados en amigos míos- y las réplicas surgían solas. En pocas semanas tuvimos los guiones completados.

Ahora vende tu idea

Marqués empezó a mover este material y a llamar a las puertas de las productoras. Lo proponíamos como algo híbrido entre el Ilustres Ignorantes de Movistar+, que se basa en cuatro humoristas charlando en una mesa, y en Camera Café de Telecinco, una sitcom donde todo sucedía en un mismo espacio y frente a una cámara fija. La idea era ésa: pocos personajes, un solo espacio y muchas palabras. Un proyecto, por tanto, barato y fácil de rodar.

Carlos Areces y Adrià Collado en el rodaje de una escena. | DAVID MARQUÉS

Mover un proyecto a las productoras, si no eres un insider, es como meter un mensaje dentro de una botella y arrojarlo al mar. Pasaron los meses. David Marqués se trasladó a Madrid e insistió en vender El Club del Paro. Varios comglomerados mediáticos se interesaron, pero la idea cambió: ya no era una serie sino un largometraje. Ningún problema, reescribimos los guiones de los cinco capítulos y los engarzamos. Ahora el proyecto se había transformado: una película en la que solo aparecen cuatro tipos bebiendo y charlando es realmente algo raro y experimental, pero nos daba lo mismo. Sería la comedia española más extraña de la historia, mezclaríamos la vanguardia con los chistes groseros, lo sublime y lo vulgar.

Nos sugirieron más cambios: ¿sería posible añadir algún personaje femenino? Claro que sí, y estaban completamente en lo cierto. Incorporamos a la historia a la camarera y a la dueña del bar, una mujer que imaginé que había tenido un romance de juventud con el extesorero del PP Luis Bárcenas, y a quien le guardaba los sobres en la trastienda del bar. Nueva reescritura. Después, el silencio.

En 2013, para darle un impulso al proyecto, grabamos en Madrid un trailer de la película con Carlos Areces, Alberto San Juan -que en el rodaje final ha sido sustituido por Fernando Tejero-, Eric Francés y Adrià Collado. El avance de una película todavía inexistente. Este corto se proyectó en Sant Antoni y en el Festival de Cine de Comedia de Tarazona. El guión inició una diáspora por infinidad de mesas. Hubo otro productor interesado -no recuerdo quién- que nos dijo que vale, que sí, que les gustaba, pero que no veían eso de que todo sucediera dentro de un bar. ¿Por qué no grabar algunas escenas en exteriores? De acuerdo. Nueva reescritura del guión y añadimos escenas en exteriores -ahí nace la idea de la escena de la timba de póker-.

Muchachito Bombo Infierno es el autor del tema del filme. | VÉRTICE 360

Han pasado tres años. Marqués se ha instalado en Madrid, Soldat y yo hemos encontrado trabajo y Medrano sigue como periodista de deportes. El contexto económico ha cambiado, el paro ya no es la principal preocupación de los españoles. Tras todas las reescrituras y todos los cambios realizados, ahora los «ejecutivos del audiovisual» -tremendo y siniestro combo- nos comentan que El Club del Paro ya no vende y nos piden que lo reformulemos y lo convirtamos en El Club de la Precariedad. Cansado y desanimado, en 2015 me bajé de este barco. David Marqués se centró en otras historias, pero seguía guardando el guión en un cajón y cada vez que nos veíamos me recordaba que ese proyecto era una espinita que tenía clavada y que, tarde o temprano, lograría rodarlo. Dos años más tarde intentó optar a una subvención de la Generalitat Valenciana y me pidió que tradujera los diálogos. Leyéndolo, comprobé que el guión había tenido nuevas transformaciones y que, aunque los personajes eran los mismos, todo lo demás había cambiado. Aún así, habían sobrevivido media docena de chistes míos, lo que quedaba de aquellos cincuenta folios que escribí para la primera versión del guión. La subvención no pudo ser, y El Club del Paro entró nuevamente en letargo.

Y ya me había olvidado de todo, convencido de que este sería uno más de los muchos pequeños fracasos que jalonan nuestra existencia, cuando David me llamó y me dijo que, por fin, nueve años más tarde, rodaría El Club del Paro. Su situación había cambiado. Tras el éxito de Campeones, ahora él se había convertido en un insider de la industria, además, con la crisis de la covid, el paro volvía a ser un tema de actualidad. En resumen, que el contexto había cambiado y había convencido a un productor -Ramiro Acero, de Sunrise Pictures- para rodar la película. En abril se pusieron manos a la obra y Raúl Medrano y yo acudimos al plató para hacer de figurantes en una de las escenas.

Ha pasado casi una década, pero aquella idea loca y aquellos personajes que nos inventamos, por fin, han cobrado vida. El camino ha sido tortuoso y ha puesto a prueba nuestra paciencia. Confieso que llegué a creer que jamás vería a Fernando, Jesús, Benavente y al Negro en una pantalla grande, pero ahí están.

A medida que se acercaba la fecha del estreno tenía miedo, pero he leído las críticas positivas y he experimentado una extraña satisfacción. ¿Ves? Después de tanto tiempo, tanta espera, tantos disgustos, ¿ves? Al final habrá valido la pena y todo…

Por cierto, que no hace falta ni que os lo diga… pero haced el favor de ir a ver El Club del Paro. No os arrepentiréis.

Compartir el artículo

stats