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La mirada de Lúculo

Por el jardín de las Hespérides

Por el jardín de las Hespérides Pablo García

Amedida que el jardín de los tomates se agota surgen las manzanas, abundantes, maduras y deliciosas. A menudo se asocian con el Edén. Sin embargo, el fruto del árbol del conocimiento del bien y del mal nunca fue nombrado como algo que reconoceríamos en particular. La manzana se asoció con la fruta prohibida porque la forma escrita de la palabra latina malum significa tanto manzana como maldad. Malum se usó en una traducción latina de la Biblia del siglo V, y la manzana se ha asociado con el Edén desde entonces. Las manzanas están presentes en la mitología y la cultura desde la antigüedad. Ocupan un lugar destacado en los mitos griegos, como la historia de Atalanta, que superaría a cualquier pretendiente hasta que el sabio Hipómenes la detuvo tentándola con la manzana dorada. Hera, Afrodita y Atenea discutieron sobre quién la merecía y desencadenaron la Guerra de Troya. La primera de ellas era dueña del Jardín de las Hespérides, en el que crecían los frutos que conferirían la inmortalidad a quienes los comieran.

Se acerca un nuevo ciclo. Con las manzanas llegarán los melocotones de viña y los higos, la uva moscatel, las avellanas y las peras fundentes; luego, las nueces y los membrillos, que proporcionan confortables y deliciosos aromas. Octubre abre paso a la caza y en noviembre nos esperan las trufas, las patatas, las lentejas y las endibias. Como las estaciones se suceden, el frío nos trae los nabos, los puerros, las coles y las zanahorias para nutrir las sopas y los potajes. Es el umbral del otoño. Pan, vino y aceite marcan el comienzo de la civilización. Las vendimias, madrugadoras o tardías, llenas de vida, el inicio de la estación más reflexiva y sensual del año. Pla, el hombre que mejor escribió sobre las horas y la naturaleza, con permiso de Virgilio, decía que la vendimia es un relieve sobre piedra palpitante. Pero no merece la pena citarlo sin dejar que se exprese él mismo: «Del fondo de los siglos, la vendimia nos ha llegado cargada de alegorías y de símbolos, de guirnaldas de pámpanos y de hipótesis estimulantes y libres. El prestigio clasicizante y sensual del otoño proviene quizá de la trascendencia que los antiguos, la literatura pagana, dieron a la vendimia». El solitario de Llofriu se refería a las burlas que Platón les dedicó a los órficos, que hablaban del cuerpo como una tumba y prometían a los castos una embriaguez permanente en el otro mundo. Pensaba que no hay manera de comprender el cielo si no es como compensación de lo que no se ha podido obtener en la tierra. Baudelaire escribió que el que más y el que menos conocieron alegrías profundas gracias al vino: quien tuvo un remordimiento que apaciguar, un recuerdo que evocar, un dolor que ahogar, un castillo en el aire que construir, todos finalmente invocaron al dios misterioso escondido en las fibras de la viña. «¡Cuán grandes son los espectáculos del vino, iluminados por el sol interior!». Sus versos exhalaban alcohol. En su colección de Las flores del mal descansaba el alma del vino. Para Charles Baudelaire iba mucho más allá de la embriaguez. Lo consideraba una bendición para el hombre y su sociabilidad, al evitarle la tristeza de una vida solitaria.

Da gusto también leer a Edward St. Aubyn poniendo en boca de su gran personaje de las novelas, Patrick Melrose, las sensaciones gustativas del Corton-Charlemagne, uno de los grandes borgoñas de este mundo. El párrafo merece la pena: «El primer sorbo le arrancó una sonrisa de reconocimiento, como un hombre que ha avistado a su amante entre el gentío de un andén. Volvió a levantar la copa, dio un sorbo generoso al pálido vino, lo retuvo en la boca unos segundos y luego lo dejó caer garganta abajo. (...) Cerró los ojos y el sabor se extendió por su cuerpo como una alucinación. Un vino más barato podría haberlo sepultado en fruta, pero las uvas que ahora imaginaba eran de una artificiosidad misericorde, como pendiente de abultadas perlas amarillas. Se imaginó los brotes largos y nervudos de la vid arrastrándolo hacia la tierra roja y densa. Trazas de hierro y piedra y tierra y lluvia cruzaron su paladar y lo tentaron como estrellas fugaces. Sensaciones largo tiempo atrapadas en la botella se desplegaron como un lienzo robado».

Pero volvamos al Jardín de las Hespérides del inicio y a las manzanas doradas que creí encontrar a cada paso desde el lago Constanza hasta Alsacia, en ese maravilloso puente de paso por la Selva Negra, de Alemania a Francia. Hablar de frutas en el primero de estos dos lugares es traer a cualquier conversación la manzana que no solo se consume a mordiscos sino que forma parte de la cocina y resulta esencial en la gran repostería. Hasta en la política juega un papel importante la manzana: el globo imperial alemán tiene su forma y, decorado con la cruz de oro, se convirtió en símbolo del dominio cristiano, siendo desde el siglo XII insignia real del imperio germánico.

Existen mil clases diferentes de manzanas con un centenar de variedades regionales, crujientes, jugosas, ácidas y dulces. Dependiendo de la variedad las combinan con las choucroutes, el puré de patatas, el cerdo, los hígados, el pato y con los arenques salados como contraste. Siendo de una tierra que rinde culto a la manzana como exponente de la sidra, dejé que me hincharan la cabeza describiéndome las variedades y sus peculiaridades: las alkmene, dulces, ligeramente ácidas y muy aromáticas; las gloster, afrutadas y ácidas; la cox de Holstein, jugosa; las delicadas idared; las jonagold y las ingrid marie, suaves y ligeramente ácidas; las glockenapfel, amargas y refrescantes; la reineta avellanada; la golden delicious, dulce; las deliciosas y aromáticas gravensteiner, las McIntosh, y qué se yo cuántas más que conozco y otras que nunca probé. O aquellas que me mostraron y ya ni me acuerdo, porque tantas manzanas a lo largo de una vida, y de vez en cuando algún que otro schnapp, llegan a acompotar la memoria.

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