Contracrónica

Una infanta en el banquillo de La Paca

Una princesa de España procesada en la sala que estrenó la reina de Son Banya: el momento que tantos creyeron que no llegaría concitó más interés mediático que ciudadano ante el juzgado de quita y pon de Son Rossinyol

12.01.2016 | 11:00

Es improbable que la acusada Cristina de Borbón tuviese prisa por seguir los pasos de La Paca hacia un macrojuzgado de quita y pon como el que improvisaron hace tres años en Son Rossinyol para juzgar al clan de narcos de Son Banya. Pero aunque sea más que improbable la prisa por verse en el juicio que ayer todavía trataba de evitar, la realidad es que la hija y hermana de reyes madrugó más que ningún otro presunto corrupto para acudir a la cita con la Justicia y con el retrato de su hermano, Felipe VI, cuya efigie preside la sala.

Eran las ocho y diez de la mañana. Acababa de salir el sol de un día que amenazaba vendaval de viento y de noticias, cuando aparecían en escena la infanta y su marido. En su amanacer más tétrico, el que muchos escépticos de la Justicia nunca creyeron llegar a ver, ambos se bajaban de un coche azul oscuro, muy parecido al que en su día dejó a Urdangarin en la cuesta de los juzgados.

Aunque la cita con la ley quedaba ayer lejos de la rampa icónica. A varios kilómetros. Tocaba carretera de Sóller, que no la cárcel que da fama a la vía. Aún no. De momento, el talego solo asoma en el horizonte del juzgado especial improvisado en las afueras de Palma, justo enfrente de las cámaras y el paseíllo de encausados de ayer, a 150 metros, prometiendo sombra de barrotes para algunos de los 18 imputados en el caso de corrupción. Pero antes de hablar de prisiones y reos, tocaba juicio poligonero en Son Rossinyol, para más señas en la Escuela Balear de Administraciones Públicas, un edificio de cuatro plantas, ayer tomado por la Policía y por los más sospechosos del lugar, esos periodistas mil veces registrados.

Eran las 8.10, decíamos. Olvidada ya hace tiempo la historia del héroe olímpico que desposa a la princesa más guapa, querida y simpática de su borbónica camada, comparecía ayer en su lugar una pareja de mediana edad y lustros de convivencia, prototípica en gestos y formas: ni se tocan, ni se miran, ni se hablan. Acusada ella, acusado él. Poco maquillada ella, un tanto demacrado él. De luto negro, granate y gris ella, de luto azul oscuro casi negro él. Silentes y discretos ambos, que los tiempos de cortar cintas, aguantar aduladores genuflexos y repartir sonrisas entre bermudas y yates de Portals hace tiempo que quedaron atrás.

Ayer la realidad era más fría. Gélida. El exduque de Palma, despojado por su rey y cuñado del ducado que le creó su también rey y yerno en la isla de sus líos, le abre la puerta hacía el banquillo a su esposa, la exduquesa y hermana real. Se la abre literal y metafóricamente. Literalmente, la del juzgado que persigue la corrupción, que lo cortés no quita lo corrupto. La metáfora que alude a la infanta puesta por su marido a las puertas de la Justicia hay que rastrearla más lejos. Primero aflora en 2007 y los tiempos de Matas, los del Palma Arena saqueado. Y más tarde en el año 2010 y el escándalo revelado por el tesón del juez Castro y la Fiscalía que desnudaron al cuñado real que obtenía fondos públicos gracias a la imagen regia de su yerno, de su cuñado y de su mujer.

Desde ayer, la imagen de su mujer e infanta mide rango con la de la Paca y su clan de narcos, los que estrenaron la sala especial, habilitada y blindada del mismo modo para juzgar a la reina de son Banya y a la infanta de España. Aquella vez, se trataba de proteger a todos de 50 sospechosos con sangre en su historial y evitar fugas de acusados que venían de la trena. Ayer se trataba de proteger a los acusados de más caché de esa ciudadanía siempre sospechosa. Por ello era más difícil entrar en el lugar que salir de él.

A La Paca el escenario le fue bien. Esquivó la cárcel en aquel juicio (luego el Supremo la devolvió a las rejas). La ciudadana de Borbón aspiraba ayer a esquivar el resto del juicio. En los próximos días se verá si lo logró. Ayer lo que se le vio fue su gesto serio en los veinte pasos que dio entre el coche y esa puerta a la Justicia que le abrió su marido, el mismo que, según su defensa y su fiscal Horrach, hacía lo que la esposa no sabía.

Muchos minutos después, a las 8.52 horas, entraba la otra pareja del caso, la que sí está claro que compartirá banquillo durante los meses de juicio: Diego Torres, socio de Urdangarin, y Ana María Tejeiro, una esposa que sí sabía de su marido, según acusación fiscal. Viste look de oficinista él. Luce elegancia negra ella, que el día pinta oscuro para todos los encausados que cruzan la puerta más mediática del mes. A los socios de Iñaki Urdangarin y Cristina de Borbón les seguía poco después el origen del dinero perdido, el expresident y convicto Jaume Matas, serio y recién confesado por el fiscal, dicen los diarios. El exministro del PP bajaba de un taxi y entraba como se ha quedado tras tanto juicio, tanto interrogatorio, y tantas acusaciones a sus subordinados: solo, a la sombra de sus abogados de este mes.

Peligro: periodistas

Esta vez no tuvo ni que hacerse el sordo: a Matas no le insultaron al entrar. Ni a él ni a nadie. En la calle solo embarullan coches, claxones de camionero y murmullos de periodistas, el público figurante encargado de informar al público televidente, oyente, ausente. Que a esa hora, nueve y poco del 11 de enero que sentó a una Borbón ante tres juezas de origen plebeyo, en la puerta está convocada una manifestación. Son cuatro manifestantes. Ni tres, ni cinco: cuatro. Dos, Francisco Solano y Miquel Mascaró, portan banderas republicanas y exigen a la infanta de Borbón "que devuelva el dinero". Otro, un conocido activista de los yayoflautas, luce pañuelo rojo y pide "Justicia para todos". Al cuarto lo verán en las fotografías de hoy, si no lo vieron en todos los telediarios de ayer: es el hombre de la corneta y el bastón, banda sonora casi única de una jornada de juicio deslucida en su folclore exterior por la distancia a la ciudad y por las dificultades para aparcar a menos de un kilómetro del tribunal de la ciudadana De Borbón.

Y no ya por unos controles que dificultaban más la entrada de inocentes que la fuga de presuntos culpables, sino por la falta de sitio para estacionar que se deriva del exceso de medios de comunicación motorizados. Ib3 y su despliegue de vehículos competían de tú a tú con la brigada de coches, helicópteros y lecheras de la Policía. Pero había más. Estaban todas las televisiones y radios. Por duplicado, triplicado y casi decuplicado.

Quedaba así poco sitio para el público. Estaban los citados cuatro manifestantes y otros cinco curiosos, también contados. El resto de los ciudadanos lo suficientemente inquietos y ociosos como para pegarse un madrugón de lunes para ver en persona un juicio que dan en tiempo real todas las teles lograron plaza de testigo en la sala. Tal era la expectación que, a las 9.10, la policía aún buscaba a un ciudadano para completar el aforo de 38 personas que permite un juzgado provisional de 200 metros. Lo encontraron rápido: era el único que quedaba en la puerta.

Mucha prensa, poco público

A las 9.20 horas la manifestación se anima: llegan otros ocho activistas. Ya van catorce, aunque cuesta escuchar su "España mañana será republicana" entre la nube de periodistas y micrófonos dispuestos a regalarles minutos de gloria y regalarse minutos de antena. A pie de juicio había ayer cientos de locutores, cámaras, plumillas y fotógrafos: en el listado oficial de medios figuran casi 600 profesionales. El "buenos días desde Palma" se escuchaba sobre todo en castellano, aunque también quedaba hueco para algún cronista catalanoparlante que por un minuto no hablaba de su nuevo president de Generalitat. Por un minuto, que la infanta ya no está de moda ni cuando calienta banquillo de acusada, que es un decir: hoy a los procesados los sientan en una silla baqueteada de esas de cola del paro y espera de turno para el padrón.

Fuera continuaban apareciendo manifestantes. Uno de ellos es diputado balear de Podemos Baltasar Picornell, que ayer solo dos partidos aparecieron por el juicio: el de los círculos pedía la república fuera, mientras antiguos cargos del PP gastaban silla de acusado en el interior. Aunque ni con los de Podemos crecía una manifestación en la que seguían siendo catorce: llegan cuatro, pero se han ido otros tantos, las gallinas que entran por las que salen, tal es el trajín. Que España mañana será republicana, pero mañana, que hoy andamos cortos de manifestantes.

Al fin y al cabo, el foco estaba dentro. La emoción en los arrabales del momento histórico es tan escasa que la policía mata los bostezos mirando mochilas de periodistas sospechosos de periodismo, mientras los periodistas, a falta de periodismo, buscan algo que contar en el autobús de la línea 12 que pasa cada media hora. Pero nada que reseñar. Ayer no iba muy lleno, pero sepan que no tuvo problemas para rodar sobre las pisadas de la infanta al bajar del coche. Ni calle cortada, ni desvío de tráfico, ni control de bajos o altos. La realeza ya no es lo que era.

Infanta estoica, Matas zen

Dentro, la infanta aguanta la sesión con el gesto impasible de quien ha sido entrenada para ello. A unos metros se retuerce más su marido, que antes de empezar había intercambiado cuchicheos con su socio Diego Torres, el que amenaza con hundirle. Lo que pasa en la corrupción, queda en la corrupción, que diría Butragueño. El cuñado real cruza y descruza las piernas. Mueve las manos. Gesticula de cuando en vez. Se rasca y suspira. Ella mira como quien no ve ni oye. Parece tan cuajada en la ausencia zen como el mismísimo Matas. Aparentemente tranquila, solo luce reflejos cuanto toca ser la primera en salir al descanso de las 11.20 horas. Se esfuma como cuando apareció, sin mirar al hombre de cuyos negocios dice que nada sabía, su marido.

Ni ella ni él abandonan el juzgado desmontable en ningún momento. Ni para comer, cuando jueces, fiscales, acusados, policías, periodistas y curiosos se mezclan para engullir los menús de hambriento de los bares del lugar, sin que consten intoxicaciones que justifiquen el celo policial. La infanta y su Iñaki se mantienen lejos de los focos, por si queda alguna reputación que salvar. Al que le da igual es a Matas, que sale a comer y a que, esta vez sí, le recuerden lo del chorizo. No sería un juicio por corrupción sin un grito de "chorizo" rasgando el viento. A Matas la cosa le importa menos que el futuro de sus colaboradores: no hay político más bregado en la ignorancia del vituperio que el expresident carcelario. Si te insultan una mejilla, pones la otra y santas pascuas, que en mis cuentas perdidas queda saldo.

El insulto típico no es lo único que se cuece en las cafeterías. Están cuajadas de clientes, con menús adaptados al día del oprobio real. En uno ofrecen "huevos estrellados a la corona", pero sin corona, todo márketing cómico, que el plato era un revuelto con panceta de toda la vida. También hay "bocata infanta" y potaje real, ambos con chorizo, sí, chorizo, que el ingenio humano tiene sus límites, como prueba esta crónica sobre lo poco que pasaba fuera mientras pasaba tanto dentro.

Allí estaba la hermana del Rey, acusada de tercera fila pese al empeño del fiscal y los abogados públicos en dedicarle la mayor parte de su tiempo de exposición. Gracias a ellos, la ciudadana y procesada de Borbón ya no podrá decir más que no sabía lo que pasaba en Nóos. Lo escuchó ayer durante catorce horas de sesión maratoniana en el banquillo de la Paca. Quizá vuelva a probarlo dentro de un mes.

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