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APÓCRIFOS CARPETOVETÓNICOS
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Francisco J Caparrós

DIPLOMADO EN EDUCACIÓN SOCIAL, EXPERTO UNIVERSITARIO EN AUTOCONOCIMIENTO, EMOCIONES Y DIÁLOGO, Y MIEMBRO DEL MOVIMIENTO SOCIOEDUCATIVO ELAUVO.

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  • 26
    Septiembre
    2013

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    Oficio de cenobita

    Oficio de cenobita 

    Para el simpar Paco Umbral, que Dios tenga en su gloria, escribir era eso. Pero Cela, exponente máximo del tremendismo en este país y como no podía ser de otra manera en su proceder, había ido con anterioridad todavía más lejos al concluir que el suyo era un oficio de tinieblas. Ernesto Sábato, el hombre de la mirada apagada pero de reflexión conspicua, concluyó finalmente que para escribir uno ha de saber codearse con el más allá si desea salir indemne.
    Tuvo que aparecer un economista que escribía de madrugada y a vuela pluma para desmentir tanto mal fario. Y es que en el fondo escribir nunca ha sido, como pregonan muchos profesionales del oficio, sangre, sudor y lágrimas. Que le pegunten, si no, a quien se levanta al alba y se deja la piel para llevar un pedazo de pan a su casa, qué le parece esa afirmación.
    Con José Luis Sampedro, el oficio de escribir deja de serlo para entrar de lleno en todos y cada uno de los capítulos de la vida del escritor, a partir del día que éste emprende ese camino. Escribir se convierte, pues, no ya en una peculiar forma de vivir la vida sino en la vida misma. El escritor, si es a escribir a lo quiere realmente dedicar su vida, no puede estar constantemente dudando ante el abismo que tiene bajo sus pies, igual que el funambulista que nunca tendrá coraje para arriesgarse a ensayar un nuevo número que le aleje de la mediocridad en la que se encuentra inmerso.
    Escribir, pues, no es un vicio confesable, ni siquiera un vicio a secas que convierte al escritor en una especie de libertino de la palabra; al menos, yo no lo definiría así, pero sí como un estado natural que armoniza con aquello que los clásicos latinos coincidieron en llamar modus vivendi, una alocución en sí tan prosaica como la propia existencia, pero que llevada hasta su máxima intensidad puede acabar siendo, cuando menos, estimulante.
     

     

    franciscojcaparros@elauvo.org

     

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