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Diario de Mallorca

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Cataluña

El general que bombardeó Barcelona pierde su calle pasados 165 años

La Ponencia del Nomenclátor descabalga del todo a Espartero, feminiza un poco más la ciudad y abre la puerta al lenguaje inclusivo en una plaza y un parque

Un empleado municipal coloca la placa de Idrissa Diallo, en sustitución de la Antonio López.

El general Baldomero Espartero dio la orden de bombardear Barcelona el 3 de diciembre de 1842. En 1857, he aquí lo sorprendente, le dedicaron una calle, que no llevaría explícitamente su nombre, sino su título nobiliario, Duque de la Victoria. La broma de mal gusto pudo resolverse en 1980, pero se dejó pasar la oportunidad. Simplemente se catalanizó el nomenclátor. Duc de la Victòria y va que arde. Luego, en 2007, en una exhibición del carácter pusilánime que en ocasiones aqueja a las autoridades locales, se intentó redimir ese pecado. La calle pasó a llamarse simplemente Duc, quién sabe si para lograr el mismo efecto de prestidigitación que en 1910 se consiguió cuando la calle de Fernando VII, tal vez el más detestable rey de España, renació como calle de Ferran. La cuestión es que acaba de acordarse poner fin a 165 años de infamia. La calle que glorificaba a Espartero pasará a ser una vía dedicada a una mujer algo olvidada, Josefa Vilaret.

Se reunió el pasado martes la Ponencia del Nomenclátor de Barcelona, algo así como la pila bautismal en la que se deciden los nombres de lo público en la ciudad. Se tramitaron 21 nuevas denominaciones de calles, plazas y jardines, con un faro, impulsar sobre todo la feminización del callejero, en el que apenas un 8% de las placas tienen nombre de mujer, y, de paso, abrir la veda del lenguaje inclusivo en el nomenclátor, algo que seguro hará las delicias de los aficionados al pimpampum tertuliano.

La placita de los Avis, en Nou Barris, pasará a ser la placita de las Àvies i els Avis, y el antiguo parque de la Maquinista de Sant Andreu pasará a denominarse parque de las Treballadores i Treballadors de la Maquinista. Puede que esto encienda una polémica, pero de aquellas que arderá como un montoncito de pólvora, un deslumbrante fogonazo y poco más. Que Espartero se quede por fin sin reconocimiento por haber lanzado más de 1.000 bombas sobre la ciudad es, visto con perspectiva, todo un acontecimiento, un punto de inflexión que, eso sí, invita a recordar que otro célebre bombardeador de la ciudad, el general Prim, tiene no una calle, sino nada menos que una rambla.

Una de las novedades, lo dicho, es Josefa Vilaret, protagonista de una de tantas revueltas cruentas de la historia de esta ciudad y, si así se desea, un icono a reivindicar en estos tiempos en que los precios suben muy por encima de los salarios.

En 1789, antes de que en Francia el hambre desencadenara una revolución de aúpa, en Barcelona tuvo lugar el llamado ‘Rebombori del Pa’. Aquella vez no se quemaron iglesias, una tradición muy local, por cierto, sino panaderías. La violencia hizo recular a las autoridades, que habían promovido una inadmisible alza del precio del pan, pero se quisieron cobrar unas cuantas cabezas por el susto que se había llevado. La de Vilaret fue una de ellas. Fue la única mujer acusada de los incidentes y esa condición le concedió la gracia, si es que así puede considerarse, de cómo mínimo no ser descuartizada, como la otra media docena de detenidos.

La mayoría de las novedades acordadas por la Ponencia del Nomenclátor no viajan, no obstante, tan lejos en el tiempo. En varios casos, su inclusión en el callejero se consigue gracias a que algunas obras de urbanización de la ciudad han creado pequeñas plazas o confluencias peatonales antes inexistentes. Eso le ha dado una oportunidad a la soprano Lolita Torrentó, a la activista vecinal Angelina Trallero, a la represaliada franquista Francesca Vergés, a la trabajadora social Lluïsa Alba, a la poeta Felícia Fuster…, sin duda un cambio de paradigma, un basta ya de glorificar reyes y prohombres de cuestionable trayectoria.

El anuncio de cuáles son los nuevos cambios ha coincidido en el tiempo, en este sentido, con un acto muy simbólico. Las placas con el nombre de Antonio López han sido por fin desatornilladas de las fachadas de la plaza que le fue dedicada y han sido sustituidas por las que llevan el nombre de Idrissa Diallo, un guineano fallecido en enero de 2012 en el Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE) de la Zona Franca. Se han cambiado las placas y, en una ironía del destino, la escultura de Antonio López que desde un pedestal presidía la plaza ha terminado finalmente en un depósito municipal de la Zona Franca, no muy lejos del CIE donde falleció Diallo.

El nomenclátor de una ciudad, más que una radiografía del pasado de una ciudad, es casi una tomografía, como se sabe, una tecnología capaz incluso de revelar los vicios y virtudes de las momias egipcias. En el caso de Barcelona el estudio tomográfico de las calles de Barcelona no hace más que revelar que es una ciudad con un pasado extremadamente convulso, tanto que han perdurado mucho más allá de lo éticamente aceptable auténticas ignominias. No fue hasta 2018, por ejemplo, que se borró del nomenclátor la celebración del mayor pogromo sufrido por la comunidad judía de Barcelona. La calle de Sant Domènec del Call recibía ese nombre porque fue en el día dedicado en el santoral a ese personaje cuando en 1391 fueron asesinados unos 300 judíos en la ciudad. Hoy es la calle de Salomó ben Adret, influyente rabino de la Barcelona medieval.

Manchas como esta se van borrando muy despacio. Mucho. A veces se dejan pasar oportunidades de oro. La reunión del pasado martes abrió la puerta a que Oriol Bohigas tenga su merecido reconocimiento en el nomenclátor, pero descartó que fuera a costa de descabalgar del callejero a Juan de Borbón, personaje insustancial en la historia de Barcelona, y se optó porque preste su nombre como añadido del ya existente paseo Marítim de la Barceloneta.

En resumen, el nomenclátor de la ciudad ha dado un nuevo paso sobre todo a su feminización, uno minúsculo en dirección al sentido común al decir definitivamente adiós a Baldomero Espartero y ha abierto la puerta una macedonia más de novedades entre las que merece la pena destacar que la resistencia Maquis tendrá su plaza en Nou Barris, que si los vecinos del Clot llaman plaza de la Oca a un lugar, por qué no que esa sea ya de forma oficial su nombre y, por último, que en ese propósito de rescatar barceloneses del olvido es una buena idea dedicarle un jardín cerca de donde nació a Francesc Masclans, un botánico que dejó una sustanciosa obra bibliográfica, de la que podrá parecer una excentricidad un volumen dedicado al conocimiento de las lianas, pero que es algo que una sociedad tan micófaga como la catalana seguro que le perdona porque censó las setas del país como nadie.

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