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Sexo, cultura y poder

Las sociólogas Rosa Cobo, Eva Illouz y Dana Kaplan abordan el tema de la pornografía desde ópticas culturales y feministas

Una pancarta en una manifestación del 8M en Madrid

Algunos movimientos feministas de los años setenta defendían el fenómeno de la pornografía por considerarla como expresión de la libertad sexual, que debía estar por encima de la igualdad. Por el contrario, las nuevas teorías condenan la pornografía por ser parte fundamental de la política sexual del patriarcado que subordina las mujeres al deseo masculino (“el ideal de la libertad sexual se asentaba sobre la disponibilidad de las mujeres para uso sexual masculino”. P.14), y por formar parte del nuevo capitalismo neoliberal. Este planteamiento es el que defiende Rosa Cobo, profesora de Sociología de la Universidad de A Coruña, en su reciente ensayo “Pornografía. El placer del poder” (Ediciones B). La pornografía sería así un componente de afirmación de la soberanía masculina sobre la mujer a través de su conversión en objeto y mercancía, además de un dispositivo de reafirmación de la misoginia y una legitimación de la violencia sobre las mujeres. Según este planteamiento, a través de la pornografía los varones reafirman el poder masculino valiéndose de las mujeres como mercancía y objeto de consumo. Al reproducir las relaciones de clase y las raciales y sacralizar la heterosexualidad, la pornografía sería una respuesta del patriarcado a las luchas feministas con el objeto de recomponer el poder de la masculinidad.

Rosa Cobo destaca la vinculación entre la pornografía y el capitalismo neoliberal, un sistema que considera el cuerpo y la sexualidad de la mujer como productos para el mercado, que generan capital en forma de dinero. Se denuncia la pornografía como un gran negocio del nuevo capitalismo al que proporciona grandes beneficios, promovidos además por la globalización y las nuevas tecnologías. La pornografía representaría una alianza ejemplar entre el patriarcado y el capitalismo: “El patriarcado propone la sexualización extrema de las mujeres y el capitalismo las convierte en mercancías” (p. 177).

Se denuncian también en este ensayo las relaciones entre la pornografía y la prostitución, cuyas protagonistas son las mismas. La pornografía sería un elemento legitimador de la prostitución además de constituir una función pedagógica y facilitar vías de contacto entre una y otra.

Para la autora es un error presentar la pornografía como un elemento más de la industria del ocio y el entretenimiento, porque la cultura de masas, a través del cine, la moda y la publicidad, ha convertido el sexo en espectáculo y legitimado las conductas sexuales que se expresan a través de la pornografía, una idea que forma parte del clima cultural impuesto por la posmodernidad para afianzar el poder masculino.

Rosa Cobo destaca el vínculo entre la pornografía y el capitalismo neoliberal

Por su parte, las sociólogas Eva Illouz Dana Kaplan han acuñado el término ‘capital sexual’ para definir un nuevo concepto de sexualidad, la que combina el aspecto físico con las habilidades sociales: la belleza y el atractivo sexual, con el encanto, que incluye elementos como el comportamiento o el talento para elegir la ropa con qué vestirse para resultar deseable, atractivo y competente. En su ensayo “El capital sexual en la Modernidad tardía” (Herder) Illouz y Kaplan distinguen entre un capital sexual que pertenece a la esfera económica de producción de dinero y otro que forma parte de la vida doméstica y de las relaciones íntimas. Distinguen hasta cuatro tipos de capital sexual en las personas. En el primero sería la castidad, el valor supremo, asociado a la virginidad, donde las relaciones sexuales se contemplan sólo dentro del matrimonio. Un segundo tipo estaría relacionado con la capacidad de hacer del cuerpo una fuente de valor, como en la prostitución, el matrimonio mercenario o las industrias del sexo, los mercados matrimoniales y las empresas de citas. El capital sexual sería aquel que destaca el atractivo y el sexy de las personas no sólo para promocionarse en la vida privada sino en la pública, fundamentalmente para conseguir empleo. Es este último el capital sexual de la modernidad tardía, que implica una nueva forma de desigualdad en el capitalismo neoliberal y se manifiesta en términos de clase antes que de género.

En la época que las autoras definen como modernidad tardía el significado de capital ya no es sólo económico sino que se refiere a cualquier recurso que se utiliza para producir riqueza, ya sea económica o social. En este sentido, al económico hay que añadir el capital social, el cultural o el emocional. Definen el capital sexual tardomoderno como “la capacidad que tienen algunos sujetos de aumentar el valor personal y obtener beneficios económicos de sus propias capacidades sexuales”. La sensualidad ya es de utilidad no sólo a las industrias de la belleza, el sexo, el glamour y la moda, sino también para el empleo regular. No es nuevo, porque siempre se han utilizado los encantos personales, no sólo físicos, para obtener empleo, pero en la modernidad tardía estos encantos se valoran por encima de las competencias profesionales. En el tardomodernismo la sexualidad se ha trasladado del yo interno al yo externo, público, para adquirir ventajas en el mercado laboral, rechazando la concepción dominante que sostiene que el sexo es un asunto privado.

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