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Darwin y ‘el origen del hombre’

Se cumplen 150 años de la publicación de su libro con impacto en la Biología, la Sociología, la Religión y en la visión para comprender el mundo. Sostenía que el ser humano ha evolucionado de formas primitivas, del mismo modo que las restantes especies

Charles Darwin, en una acuarela realizada por George Richmond en 1830.

Charles Darwin, en una acuarela realizada por George Richmond en 1830.

“El hombre desciende de un cuadrúpedo peludo, con cola y orejas en punta”

Charles Darwin - ‘El origen del hombre’

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Se cumplen 150 años de la publicación de un libro que iba a tener un impacto enorme en las ciencias biológicas, en la sociología, en la religión, en nuestra forma de ver y entender el mundo y en el lugar que el hombre ocupa en él. En efecto, el 24 de febrero de 1871 Charles Darwin (1809-1882) publica el libro “The Descent of Man, and selection in Relation to Sex” (El origen del hombre), en el que se establecían las relaciones evolutivas entre las distintas especies de primates con el hombre, además de dedicar una parte del libro a la selección sexual en otras especies, también para el hombre que fue su objetivo preeminente, desde los insectos hasta los pavos reales.

En la primera parte, el hombre como un simio más, razonaba sobre las evidencias que lo llevan a esa conclusión. Por un lado, las innegables similitudes anatómicas entre el ser humano y los animales, sobre todo con los simios; después la misma idea llevada al desarrollo embrionario que fundamentalmente en los primeros estadios nos hace indistinguibles de otros mamíferos; y, por último, el estudio de los elementos vestigiales, como, por ejemplo el coxis humano que podría ser la huella de la cola de los monos. Recordemos que el coxis de los embriones humanos presenta una pequeña cola entre la cuarta y la octava semana del desarrollo embrionario para desaparecer después.

Darwin afirmaba que el hombre no era diferente de los demás animales y que se había formado como estos: el ser humano ha evolucionado de formas primitivas, del mismo modo que las restantes especies. Por tanto, hay que aplicar al ser humano los tres principios de la evolución: adaptación al medio, selección natural y lucha por la existencia. Y añadía, ahora en este nuevo libro, la selección sexual.

Busquemos los antecedentes. Doce años antes Darwin había publicado su libro “On the Origin of Species by Means of Natural Selection” (El origen de las especies por medio de la selección natural, noviembre de 1859), donde sentaba los principios generales de la evolución de todas las especies y que dio lugar a un famoso debate en el Museo Universitario de Historia Natural de Oxford el 30 de junio de 1860. El encontronazo principal fue entre el obispo de Oxford, Samuel Wilberforce, con Thomas Huxley, uno de los científicos más incondicionales de Darwin. La Iglesia anglicana no podía admitir que el hombre, en vez de ser una creación perfecta de Dios (lo hizo a su imagen y semejanza, Génesis, 26) procediese de un animal inferior. Se dice, aunque no hay actas que lo recojan de manera fidedigna, que el obispo le espetó a Huxley algo así: “¿Usted desciende del mono por parte de padre o de madre?” A esto Huxley contestó: “Prefiero descender de un mono que de una persona que usa su inteligencia para impedir el avance del conocimiento”. Lo cierto es que ambos se quedaron muy satisfechos de sus intervenciones respectivas y que se fueron juntos a cenar.

Arrepentimiento de la Iglesia anglicana

No era un debate cuodlibetal. La religión se jugaba mucho. Por el contrario, hay que añadir que en 2008 la Iglesia anglicana expresó su arrepentimiento por la reacción “excesivamente emocional” frente al darwinismo. Otras iglesias cristianas tienen aún hoy una postura mucho más inflexible sobre el origen del hombre, fiando a la lectura literal de la Biblia su creencia, tendencia que se conoce como creacionismo frente a evolucionismo. Y lo que es peor, en España le pusieron a la etiqueta del “Anís el Mono” la cara del sabio inglés demostrando lo zafios que algunos pueden ser.

Volvamos a “El origen del hombre”. Darwin era un hombre de familia acomodada e intelectualmente muy formada. Tanto su padre como su abuelo fueron médicos y personas reconocidas en los ambientes culturales y científicos. Entre su familia cercana encontramos por ejemplo a Francis Galton, uno de los primeros biómetras. Esta situación hizo que no pudiera sustraerse del pensamiento dominante en la Inglaterra victoriana de la segunda mitad del siglo XIX y su libro rezuma peligrosamente de supremacismo, racismo y sexismo.

Por aquel entonces, y aún hoy, hay quien sigue pensando lo mismo, se creía que las mal llamadas razas humanas se graduaban de más primitivas a más evolucionadas. Las etnias apartadas de la civilización europea se tenían por las más degradadas, y los caballeros ingleses, tipo Darwin, por los más avanzados, de manera que en su libro nos hace ver que con el paso del tiempo los primeros evolucionarán hasta convertirnos todos en gentlemen (hombres de aspecto elegante y cuidado, modales distinguidos y exquisita educación, dice el diccionario): “Dentro de algunos siglos a buen seguro las razas civilizadas habrán eliminado y suplantado a las razas salvajes en el mundo entero... El vacío que se encuentra hoy entre el hombre y los monos, entonces habrá aumentado considerablemente, ya que se extenderá desde la raza humana (que entonces habrá sobrepujado a la caucásica en civilización) a alguna de mono inferior, tal como el babuino, en lugar de estar comprendido, como en la actualidad, entre el negro o el australiano y el gorila”. Debo añadir otro párrafo. He aquí lo que sobre este particular dice M. Greg: “El irlandés, sucio, inepto, poco ambicioso, se multiplica como el conejo; el escocés, sobrio, previsor, respetuoso consigo mismo y noblemente ambicioso, de una moralidad rígida, espiritualista en su fé, sagaz é inteligente, pasa los mejores años de su vida luchando con el celibato, se casa tarde y deja pocos descendientes … En la eterna lucha por la existencia, la raza inferior y la menos favorecida sería la que hubiera prevalecido, y no a causa de sus buenas cualidades, sino de sus defectos”. Más claro, agua. Y se puede añadir que este pensamiento amplificado en su primo sir Francis Galton llevó a la teoría de la eugenesia y de esta al nazismo y al antisemitismo, entre otras perversiones que aún se siguen practicando.

También tiene alguna frase dedicada a las mujeres, que “son más débiles, sensibles y menos inteligentes que los hombres”. Al seguro reproche de las feministas sumamos, por esta vez, el nuestro.

A pesar de todo, debemos entender “El origen del hombre”, como un paso en la dirección adecuada. La Ciencia se separa de la Religión, lo cual es bueno para las dos partes cuando ese distanciamiento se practica con respeto, la Biología se asienta como un cuerpo de conocimiento científico, y entendemos mejor la Ecología y la interdependencia entre todos los seres vivos. Somos uno más en la Naturaleza.

Charles Darwin fue reconocido por sus contemporáneos y a su muerte enterrado, como un gran hombre que es lo que fue, con todos los honores en la abadía de Westminster (aunque en un lugar de mucho paso y con una losa demasiado pequeña). Seguramente hoy su idea de las “razas humanas” sería otra muy distinta y sería un valedor de la igualdad entre hombres y mujeres. A su muerte lo enterraríamos en mejor posición y con la lápida de más tamaño.

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