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Opinión

No se le echa de menos | Por Ricard Cabot

Maheta Molango.

Maheta Molango.

Agraciado físicamente, detrás del rostro amable de Maheta Molango se escondía un ejecutivo implacable, poco amigo de las decisiones colegiadas. Con el viento a favor por todo el crédito que le llegaba desde Arizona, haciendo y deshaciendo a su antojo, llegó a creerse el rey del mambo. Nadie le discutía sus decisiones porque era como toparse con una pared. Y alguno de los pocos que se atrevieron acabó fuera del club con cajas destempladas.

Sus (malas) formas acabaron con él, su altivez, en las antípodas de Sarver y Kohlberg. La desagradable sensación de que quienes se equivocaban eran siempre los otros, nunca él. Cometió el error de entregarse a los futbolistas desde el primer día, que le condujeron a la vergüenza del descenso a Segunda B y le respondieron con un clamoroso silencio en la hora de su adiós.

Molango, al que posiblemente se le traspasó demasiada responsabilidad siendo tan joven, tuvo el gran defecto de no escuchar, de ser más papista que el papa. Incluso con Vicente Moreno, uno de sus aciertos, acabó de forma fría. El tiempo ha demostrado que las cosas se pueden hacer de otra manera.

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