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Lletra menuda

El último acto de una gestión para el bostezo

Si algún guionista avispado decide dramatizar el eterno proceso de regeneración del Teatro Principal de Inca tiene muchas posibilidades de poner sobre el escenario una obra capaz de irritar y entretener por igual al espectador. El teatro también puede ser reflejo de si mismo y, de rebote, de la sociedad y del modo en el que la Administración y las gentes del gremio gestionan las infraestructuras y las políticas culturales.

Capacidad de síntesis y artimañas para neutralizar el bostezo del respetable necesitaría por igual la puesta en escena de la recuperación del auditorio inquer. Es una historia de parálisis, dilataciones y costes crecientes capaces de instalar en el escepticismo y la impotencia al ciudadano consciente del valor cultural y patrimonial de un coliseo que en su día tuvo cartel de prestigio.

Ahora, una vez más, suena el timbre del último acto de la remodelación del teatro. Debe ser el definitivo porque los pitidos se han vuelto roncos y ya no quedan tomates por echar a diestro y siniestro. Los procesos de financiación, presupuestos, adjudicaciones y rescisiones se aproximan a la intriga de mala calidad y fuera de lugar.

El ochenta por ciento de la obra está hecha. Solo faltan los remates. La fundación de la casa los adjudica ahora a una empresa que aseguran alejada de las temeridades anteriores. Se levanta el telón de un exagerado intermedio de un año largo de parálisis de la reconstrucción. Dicen que en cinco meses, a mediados del año próximo, todo puede estar a punto. De ser así, solo entonces podremos aplaudir. Pero deberán ser meros aplausos de cortesía porque la recuperación del Teatro Principal de Inca está lejos de poder dejar un buen sabor de boca.

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