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Cuando la viña fue un cultivo importante en las ‘marjals pobleres’

Los viñedos empezaron a desaparecer de las ‘marjals’ a partir de 1891 debido a la llegada de la filoxera a la isla

Imagen del interior de un celler de sa Pobla.

Cuando el calendario señala la época de vendimia, parece oportuno volver la vista atrás y recordar que la viña fue, en el siglo XIX, uno de los cultivos importantes en las marjals pobleres, llegando a ocupar, los viñedos, una extensión de 360 hectáreas en 1880 y a cifrarse la producción de vino en 79.944 litros.

Un documentado estudio publicado por Pere Antoni Mateu en las V Jornades d’Estudis Locals sa Pobla (ayuntamiento de sa Pobla 2018) aporta datos suficientes para acercarnos a la importancia que el referido cultivo tuvo para los poblers durante muchos años, hasta su paulatina desaparición a partir de 1891, a causa de la llegada de la filoxera a los viñedos mallorquines, y también debido a la escasa rentabilidad de su explotación. La extensión dedicada al cultivo de la viña en sa Pobla pasó de las 83 hectáreas el año 1818, a 142 en 1860 y 184 en 1875. En 1879 sa Pobla produjo 1500 quartins de vino, equivalentes a unos 40.000 litros, mientras que en el año 1880, la producción fue de 2.000 quartins, o sea, 53.340 litros.

Como datos de referencia con respecto a la evolución del cultivo de viñedo, se pueden tomar los del año 1880, cuando se cultivaron 360 hectáreas. En 1883 eran 574, en 1891, 894,84 y en el año 1904, 541 hectáreas. 

Según las diversas fuentes consultadas por Mateu en su estudio, “las viñas en Mallorca se encuadraban en varios grupos: los pueblos del pie de la Serra de Tramuntana, con Banyalbufar al frente, y la zona del Llevante (Felanitx, Porreres y Manacor). Las viñas pobleres se incluyan en el primer grupo, conjuntamente con Santa Maria, Binissalem e Inca”.

En cuanto a la extensión de viña cultivada en 1860, –un total de 105,1 hectáreas–, suponía el 4,39 por ciento del total de la extensión del terreno cultivado por los poblers, por detrás del cultivo de cereales y legumbres, higueras y olivo y situado por encima del cultivo de la almendra y la algarroba. 

Ilustración que representa a mujeres y hombres en plena tarea de vendimia. Dibujo de Guillem Torres

El archiduque Luis Salvador, en su Die Balearen (1880), señala que el suelo productivo de sa Pobla era de 5.141 hectáreas, de las cuales 1.995,66 no estaban cultivadas. Por lo que se refiere a las viñas, apunta que había 143,13 hectáreas sembradas, con una producción de vino de 79.944 litros. Unos datos que contradicen los facilitados por otras fuentes.

Según datos aportados por Bartomeu Pastor Sureda en su publicación La vinya i el vi a la Mallorca del segle XIX, en la isla había diez municipios que dedicaban más del 10 por ciento de su superficie agraria al cultivo de la viña y citaba los municipios de Alaró, Consell, Binissalem, Inca, Porreres, sa Pobla, Sant Joan, Santa Eugènia, Santa Maria y Sencelles. Según dicha información, sa Pobla dedicaba 894,84 hectáreas al cultivo vitivinícola en 1891, lo que suponía el 18,44% de la superficie cultivada.

La baja rentabilidad del cultivo de viñedo, acompañada de los graves daños sufridos a causa de la filoxera y de la política arancelaria aplicada por el estado francés, hicieron que se fuera abandonando el cultivo de la viña en territorio pobler y en otros municipios de la isla.

Durante la primera década del siglo XX, el sector agrario de sa Pobla experimenta una gran transformación. El agricultor pobler se empeña y se vuelca con todas sus fuerzas en convertir las tierras de secano en regadío. Procede a la roturación de los terrenos áridos, a la construcción de pozos en busca de agua y a incorporar otros cultivos, como cáñamo, lino, alubias o patatas, entre otros.

Como todas las labores del campo de antaño, la vendimia tenía su propia canción con una alegre melodía, a diferencia de la mayoría de canciones, cuyas melodías más bien recordaban un quejido. Una de las letras de la vendimia decía así: Noltros venim de vermar / de sa vinya de can Planes / mos han donat arengades / mesclades amb bacallà… 

Llegada la uva al celler era lanzada al lagar a través de una rampa para ser sometida a la operación de pisado. Un grupo de hombres bien fornidos, descalzos y casi sin ropa pateaban durante horas aquella uva hasta convertirla en mosto. Aquel baile de patadas, grotesco y viscoso, era agotador y sofocante, lo que obligaba a los pisadores a tomarse algunos minutos de descanso, cada cierto periodo de tiempo.

Las demás fases de la transformación del mosto en vino, eran más largas y silenciosas. El proceso de fermentación era perceptible al oído. Se escuchaba como un hervor, un glup-glup que provenía de los lagares. Solía decirse que cuando el mosto hervía se tiraba un cordero entero dentro del lagar y desaparecía corroído para que el vino tuviera más calidad. Para comprobar si el proceso de fermentación había acabado, se bajaba una lámpara de carburo encendida dentro del lagar y si no se apagaba la llama era señal de que había acabado la fermentación. Se contaban historias de algún hombre que había caído dentro del lagar y había muerto corroído. El paso siguiente, en la elaboración, consistía en traspasar el vino del lagar a las enormes botas de roble adosadas a las paredes del celler, mediante bombeo o con herramientas rudimentarias.

Los cellers de sa Pobla

El cultivo de la viña conllevó a los propietarios de las fincas productoras a establecer sus propios cellers y lagares para la elaboración del vino. En sa Pobla, mayoritariamente se cultivaban las variedades fogoneu y gorgollassa, vinos que no eran de gran calidad.

Dice Pere Antoni Mateu en su estudio que Tomàs Vibot hace una definición del celler de Talapi, diciendo que “los cellers solían tener una planta rectangular. En la parte superior se abrían dos pequeñas ventanas con el objeto de ventilar la nave, y al mismo tiempo permitir la entrada de luz solar. A un costado se situaban los cups, sobre los cuales había el espacio donde se prensaba la uva.”

En sa Pobla, en pocos años se llegaron a contabilizar 18 cellers, de los cuales once tenían viña propia. En la memoria de los más viejos del lugar, todavía suenan los nombres de los cellers de Antoni Torrens, Ignaci Planas (Ca na Figuera), Francesc Planas, Can Marrón (Can Llaveta), Can Cotà, Can Mama, Ca na Cladera, Son Pons, Can Toniet, Gabriel de Massana, Can Rapinya, Can Gaspar Guixó, Can Socies, Cas Metge Torres, Cas Borreret, Ca na Rafela, Son Tut y Cas Metge Corró.

Un artículo, con marcados tintes de nostalgia, publicado por Jordi Soler en el número 43 (abril de 1996) de la revista local Sa Plaça, nos adentra en aquella penumbra y silencio de los viejos cellers, con olor a vino embriagador que emanaba de aquellas enormes botas de roble. Recuerda Soler todo el largo y complicado proceso que suponía la elaboración del vino. “El sagrado rito de hacer vino, aprendido de Noé, se repetía cada año en todos los cellers de sa Pobla”, señala.

“La fiesta empezaba para aquellos niños, en el momento de la llegada de los carros cargados de uva negra, que de tan madura y maltratada, desparramaba su zumo sobre las polvorientas calles de final de verano y cuyo aroma dulzón atraía a enjambres de moscas. La chiquillería corría detrás de aquellos carros para pillar cuantos granos podían de aquella uva negra.”

Recuerda también, que los cellers cumplían otra misión tanto o más importante que la propia elaboración y venta de vino. Era su vertiente social. En los cellers, sentados en sus largos bancos de madera y frente a un buen almuerzo y unos vasos de vino, los hombres poblers cerraron más de un acuerdo de negocio sin necesidad de firmar papeles, ni acudir a la notaría.

Los hombres acudían al celler, muchas veces llevando su propio berenar (merienda) de casa y pedían un vaso de vino y un plato de aceitunas, y mientras almorzaban entablaban tertulias con sus compañeros de mesa, que casi siempre eran los mismos, y que se encontraban allí cada día, a la misma hora. En los cellers también se organizaban cenas de compañerismo para compartir la comida que el amo o la madona del establecimiento les preparaba; unas sopas mallorquinas o tocino y butifarrón asados a la brasa, platos que siempre iban acompañados de una guindilla picante arrancada de las ristras que colgaban de las botas. “Las tertulias en los cellers -dice Soler- eran tan largas como las mesas y tan jugosas como el vino.”

En pocos años sa Pobla fue perdiendo aquellos entrañables establecimientos, hasta no quedar ninguno. Pese a todo, los poblers no han perdido la sana costumbre de ir a berenar a media mañana y compartir tertulia con sus amigos en el bar de costumbre que cada grupo tiene escogido. Un frito mallorquín o de matanzas, unos callos o caminantes, o un pa amb oli al gusto, acompañados de un vaso de vino u otra bebida, acompañan sus animadas tertulias. Desaparecieron aquellos típicos y antiguos cellers, pero permanecen las mismas sanas costumbres, que aquellos albergaron, ahora en diferentes escenarios y decorados.

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