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Pilar Ruiz Costa

Una ibicenca fuera de Ibiza

Pilar Ruiz Costa

La guerra de los pobres

La importancia de llamar a las cosas por su nombre queda patente en el ahínco de algunos de no nombrarlas. Siete meses ya desde que las autoridades rusas prohibieran a los medios utilizar la palabra «guerra». Tabú para el Kremlin, bajo penas de cierre, multa y prisión. Pero ahora, en esta no-guerra de Putin en Ucrania —sino «operación especial para proteger la soberanía y la integridad territorial de Rusia»—, se están agotando los soldados vivos y ha tocado tirar de nuevos eufemismos para anunciar la «movilización parcial de 300.000 reservistas».

Con el tiempo que le quedaba libre, Putin ha sido capaz de precipitar un paripé que los medios rusos obligatoriamente calificarán de «referéndum», pero fuera de sus fronteras se descalifica por ilegítimo. A quién le importará la opinión del mundo, la anexión putinesca del Donbás bien le vale para referirse a la invasión ucraniana, aunque sea a posteriori, como un ataque a la propia Rusia.

Pero el éxodo contrarreloj de hombres en edad de combatir no ha sido en dirección a los centros de reclutamiento, sino en la opuesta: hacia los controles fronterizos a cualquier otro lugar. Que los billetes de avión se agotaran en horas y lo más buscado en Google fuera «cómo salir de Rusia» y «cómo romperse un brazo en casa» da una idea del respaldo que las nuevas de la no-guerra están teniendo entre la población. Lástima que algunos hayan necesitado además de los siete meses de destrucción y muerte en Ucrania, verse entre los llamados a filas para sentir un impulso pacifista y salir a las calles gritando, ahora sí con todas las letras, ‘No a la guerra’.

Dijo hace un siglo Jean Paul Sartre: «Cuando los ricos se hacen la guerra, son los pobres los que mueren». Y es que hasta el momento en Rusia, los pobres, los pobres de verdad… eran otros.

Ante la ausencia de cifras oficiales sobre esta no-guerra, Mediazona y BBC News recopilan datos sobre las bajas sufridas por el ejército ruso en Ucrania. 6.756 hasta hoy —unos datos benévolos comparados con otros cálculos occidentales que estiman entre 70.000 y 80.000 las bajas entre fallecidos y heridos—. Sin embargo, en este cándido 6.756 solo aparecen 24 moscovitas y 52 petersburgueses. Siendo un 12% de la población, representa apenas un 1% de los fallecidos. ¿El motivo? Daguestán y Buryatia, las regiones más castigadas del Cáucaso y Siberia, con los peores niveles de pobreza, desempleo y esperanza de vida —y por cierto, hogar mayoritario de las minorías étnicas— han sido las movilizadas de manera vilmente desproporcionada. Los pobres, junto a los reclusos de los centros penitenciarios a los que se habría prometido libertad a cambio de combatir han sido los mercados donde abastecerse de carne de cañón. Pero incluso ahora, el hartazgo ha alcanzado a estas zonas donde a horas del anuncio de la «movilización parcial de reservistas» se multiplican los relatos de hombres reclutados sin experiencia militar alguna, con hijos pequeños, enfermos o hasta ancianos y las protestas han llegado al tiroteo en un centro de reclutamiento. Hasta los pobres se empeñan en no morir…

Ya lo decía Sartre: hay quien paga las guerras con dinero; los pobres con la vida. Los datos de bajas de la guerra de Vietnam nos muestran que la historia se repite. En 1965 los afroamericanos representaban el 11 por ciento de la población civil, sin embargo conformaban el 16,3 por ciento de los reclutas y el 25 por ciento de las muertes en combate. Pero como los muertos negros seguían siendo negros, algunas comunidades del sur se negaron a que sus cuerpos entregados por la patria fueran enterrados en cementerios no segregados.

Hasta que volvió la urgencia de la carne de cañón para la no-guerra a Irak y Afganistán y el presidente Bush creo un decreto exprés que otorgaba la ciudadanía a los extranjeros ilegales que se alistaran a filas. ‘El tío Sam te necesita’ o darse cuenta que el sueño americano es una pesadilla.

Y por mencionar alguna vergüenza propia, Madrid pasó a la historia por ser la primera gran ciudad europea bombardeada por la aviación, sin fin militar alguno más que aterrorizar a la población. Fue durante los cruentos años de la guerra civil. Los estudiados ataques de los aviones de Hitler en apoyo a Franco dejaron a su paso un reguero de muertos civiles. Bombardearon sin pudor el Hospital de San Carlos y el de Santa Isabel; se ensañaron con la ciudad universitaria, el Museo del Prado y la Biblioteca Nacional, pero se obvió deliberadamente el acomodado barrio de Salamanca donde tenían residencia muchos de los benefactores del golpe de estado. No hubo fosas comunes en Velázquez o en Serrano.

Historias de las guerras en las que casi nunca los bandos se dividen por nacionalidades o ideologías, sino por rentas. Que les pregunten a los pobres rusos, a los rusos pobres por la «operación especial», por la «movilización parcial» o directamente, por la guerra. A ver si su amenaza, su verdadera amenaza viene de Ucrania… o del Kremlin.

@otropostdata

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