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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

Irene Montero, de visita oficial en el Gobierno

La ministra se ha quedado como principal destinataria de los golpes de ordenanza a Podemos, críticas aberrantes que no ocultan sus errores

La manipulación de las declaraciones de Irene Montero sobre la valla de Melilla es innoble, las críticas a su viaje a Nueva York la encaran con la relajación de los estándares rigoristas promovidos por Podemos. El acceso al ministerio de la titular de Igualdad y de su pareja Pablo Iglesias son imposibles de deslindar, salvo para quienes sean capaces de imaginar el diálogo casero:

-Oh, a ti también te han dado un ministerio, qué casualidad.

A continuación, Iglesias se divorcia de sus votantes, Yolanda Díaz se diluye en el éter de una ideología espiritual, y Montero se queda como principal destinataria de los golpes de ordenanza a Podemos. Sin embargo, las críticas aberrantes no han logrado ocultar las equivocaciones palpables en los sondeos y en las elecciones. La ministra de Igualdad protagoniza el dilema fundamental de la política española, que dilucida si su partido se hunde por sus propios méritos o por culpa de las andanadas que han llevado a criminalizar hasta a su presunta niñera.

Por desgracia para Montero, su liderazgo inexistente y su dudosa empatía contribuyen con decisión a la crisis probablemente irreversible de Podemos. Tampoco los ataques desmedidos a Bibiana Aído determinaron la suerte declinante del PSOE de Zapatero. Superado el diez por ciento de inflación, solo los militantes en la izquierda religiosa pueden creerse que un tuit empeorará su destino. Si nunca ha habido críticas tan acerbas como las lanzadas contra los progresistas radicales, tampoco existen precedentes de reacciones tan intensas a cada alfileretazo.

El viaje oficial y superficial a Estados Unidos de Montero, donde solo sobresale su entrevista con una Gloria Steinem que debió trasladarle su abominación de las nuevas feministas, se parece demasiado a su actitud de visita en el Gobierno. En política hay algo peor que la injusticia, y es la debilidad. La ministra más visible de Podemos podría escudarse en su condición minoritaria en el seno del Ejecutivo, salvo que este arrebato de humildad obligaría a confrontarla con el protagonismo incandescente de la comunista Yolanda Díaz.

El número de personajes a esgrimir en un perfil de Montero denuncia su papel secundario. En la defensa llevada a cabo por Pablo Iglesias en su programa La Base, ni el presentador ni su séquito aluden jamás a una cohabitación con la ministra que es periodísticamente significativa. El conductor llega al extremo de defender el uso del Falcon gubernamental especificando que Díaz Ayuso no tiene derecho a avión privado por su rango inferior de mera presidenta provincial, una subordinada por comparación con toda una ministra. Caramba con el clasismo de izquierdas.

El paternalismo de Iglesias acaba por ser contraproducente para su protegida, que ganaría sin un superhéroe proclive al estropicio. En especial si se tiene en cuenta que el vicepresidente del Gobierno se encargó de desheredar políticamente a Montero. En estos días de guerra civil mediática en la capital, Enric Juliana ha aprovechado para promocionar en el Twitter que no quiere ni Elon Musk el libro Nudo España, que escribió a dos voces con el fundador de Podemos.

En la sección final de Nudo España, el periodista catalán se pone fácilmente de acuerdo con Iglesias en que Podemos dispone de una líder prometedora, curiosamente llamada Irene Montero y que es la madre de los tres hijos de uno de los dialogantes. Sin embargo, cuando Iglesias dimite de vicepresidente para adquirir el rango más peliagudo de periodista, no proclama sucesora a la ministra de Igualdad, sino que vierte la cornucopia de sus efusiones nunca controladas sobre Yolanda Díaz. Considera que la titular de Trabajo es idónea para todos los cargos, con la posible excepción del papado. A continuación, omite su nombre en las 88 sesiones de La Base programadas hasta el pasado jueves, salvo que la contabilidad de Villarejo indique lo contrario.

El matrimonio homosexual de Zapatero, o Carme Chacón revistando las tropas embarazada, no supusieron un cambio meridiano para España. Renovaron el mundo, para siempre, ni el Supremo norteamericano logrará perturbar estas hazañas. En cambio, Irene Montero no ha logrado ni la unanimidad de las diputadas progresistas para su «sí es sí», con Mireia Vehí de las CUP oponiéndose a la desprotección de las prostitutas y sobre todo al aroma punitivo foucaultiano que despide la ministra de Igualdad. Ahí está la clave. A Montero le gusta castigar a la ciudadanía, y se le nota demasiado. El buen político disimula el placer oculto de reprimir, sobre todo cuando marcha por detrás en las encuestas.

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