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Diario de Mallorca

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Miquel Àngel Lladó Ribas

Elogio de la sidra

Cada año, al llegar la Navidad, mi padre sacaba a la mesa una botella de sidra El Gaitero, un síntoma inequívoco de que había llegado la que sin duda es la más familiar y tradicional de las celebraciones del año. A pesar de nuestra corta edad se nos permitía beber algún sorbo, pues se trataba de una bebida de baja graduación alcohólica y apta para acompañar las viandas propias de las fiestas navideñas. Era un rito que se repetía año tras año, incluso a pesar de la irrupción en la mesa de otras bebidas más sofisticadas como el cava o los licores de toda índole, que poco a poco se fueron adueñando de los manteles hasta bien entrada la sobremesa.

He recordado este episodio a raíz de una pequeña escapada que recientemente hice a Asturias con parte de mi familia. También tiene algo de rito entrañable, esa escapada. Este año era aún más especial, si cabe, pues suponía olvidar durante unos días la rutina del tratamiento y las visitas hospitalarias por razón de mi estado de salud, que afortunadamente va evolucionando favorablemente, según lo previsto. Una de las excursiones que llevamos a cabo fue la que nos condujo hasta Nava, localidad en la que se ubica el Museo de la Sidra (www.museodelasidra.com), una visita del todo recomendable para quién guste de las tradiciones y de la antropología ligada a la tierra y sus costumbres más ancestrales. Nada más llegar al Museo nos recibió Pamela, una simpàtica y entusiasta guía que nos explicó los pormenores de la elaboración de la sidra, empezando por la siembra de la manzana en las pumarades o tierras dedicadas a su cultivo y recolección, y terminando por su embotellado y posterior consumo en alguno de los chigres o locales en los que se consume el preciado mosto. Paso a paso, Pamela fue hilvanando un relato lleno de amor hacia la que sin duda constituye una de las señas de identidad del Principado de Asturias: la selección de las mejores manzanas, su meticulosa limpieza mediante procedimientos artesanales, el prensado del fruto, su embotellado, la colocación del corcho mediante el mayador o mazo de madera con la ayuda del cual éste se introducía a presión en el cuello de la botella... «Acércate, Guillem», le decía suavemente a nuestro cuñado con discapacidad motora, a fin de que él y su silla de ruedas fueran siempre los primeros en acceder a sus primorosas explicaciones, siempre sensible y atenta, la buena de Pamela.

Un momento dado mis ojos se detuvieron frente a un gran mural, una fotografía en blanco y negro en la que se muestra a un grupo de mujeres en plena labor, aparentemente seleccionando las mejores manzanas y desechando aquellas no aptas para la elaboración de la sidra. Me llama poderosamente la atención una de ellas, concretamente la que queda más a mano izquierda del mural. Su rostro es especialmente expresivo: posee un magnetismo y una belleza increíblemente naturales, dotado de una mirada igualmente alegre y vivificante, como si la faena en la que está inmersa complementara a la perfección esas cualidades que solo se adquieren a través del amor y la estima por el trabajo bien hecho. Me recuerda a alguien, ese rostro, y enseguida caigo en la cuenta de que ese alguien es ni más ni menos que mi madre en una de esas fotografías en blanco y negro que todos guardamos celosamente en una caja de cartón y que nos muestran a una generación de mujeres valientes y comprometidas con su tiempo, a pesar de la escasez y las no pocas privaciones a que estuvieron sometidas a causa de su condición y de su época. Caigo también en la cuenta de que buena parte de los trabajos relacionados con la elaboración de la sidra eran llevados a cabo por mujeres, a excepción de aquellos que por sus características eran mas bien propios de los hombres, como la limpieza y preparación de los toneles en que tenía lugar la fermentación del mosto o el manejo de las grandes prensas de madera con las que se machacaban las manzanas en el lagar, algunos ejemplares de las cuales pueden contemplarse en el Museo.

Pero la visita aún nos depararía algunas sorpresas más, como la de que la llamada ‘sidra achampañada’ (la que fabrica El Gaitero, sin ir más lejos) no es, en contra de un prejuicio notablemente extendido, una perversión de la sidra más genuina y autóctona, sino el resultado de la necesidad de hacer llegar esta deliciosa y añorada bebida -que tiene, digámoslo así, una «caducidad» de tres meses una vez embotellada- a los emigrantes asturianos que a principios del siglo pasado se embarcaron a las Américas en busca de una vida mejor. Y una última revelación: la sidra no debe consumirse nunca fría sino fresca, es decir, a temperatura ambiente y preferiblemente escanciada en vaso ancho a fin de sorber inmediatamente ese culín alegre y chispeante que colmará la sed de los paladares más exigentes.

Todo ese legado patrimonial tiene, como no, su reflejo en la literatura. Sirvan estos versos de Lorenzo Novo Mier, uno de los máximos exponentes en la defensa y promoción del bable en Asturias, para ilustrar todo cuánto dió de sí esa enriquecedora e interesante visita: «Yes, sidra de la mió tierra, / golor, sabor y prestancia; / fuste fror enos pumares, / ñéutar ena pumarada / y panizal d’oru en vasu / cuando t’escancien peralta / y abaxes del mesmu cielu / ú mayóse to manzana».

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