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José Carlos Llop

Menos Palma

‘Què fa sa literatura?’ fue su forma de saludar y empezar una conversación callejera desde la curiosidad, el respeto por la materia que trataba y el humor. Al fondo, una gran inteligencia a la espera. Hace años me oyó decir que el continuo roce de los abogados con los pecados de sus clientes los convertía, por un lado, en muy escépticos respecto a la naturaleza humana, y por otro en personajes dickensianos del Club Pickwick dispuestos a comprenderlo todo sin moverse de su sitio. No al modo de Madame de Staël, que escribió que comprenderlo todo era perdonarlo todo, sino sólo –si puede decirse así– desde el estricto don de la comprensión, que es otro rasgo de la naturaleza humana. Aquello le gustó y desde entonces ‘Què fa sa literatura?’ fue su saludo habitual. A veces hablábamos de algún ensayo y otras me preguntaba por alguna novela última o un artículo de prensa, pero siempre desembocando en cualquier aspecto del derecho y la contemporaneidad que nos ha tocado en suerte. Hablo de Gabriel Garcías Planas que, como dicen los franceses, viene de morirse, que es una forma de negarse a que se haya ido del todo.

Pero he dicho inteligencia. Ser inteligente no es un valor en sí mismo sino otro don de la naturaleza. Lo único importante y valorable es la aplicación de esa inteligencia. Y cuando una inteligencia es superior desemboca a veces en la bondad. O lo que es lo mismo: la bondad es un estadio superior de la inteligencia. He conocido a muchas personas inteligentes –el escritor Cristóbal Serra decía ‘Saps que n’hi ha d’intel.ligents pel món’– y no a muchos buenos entre ellos. Porque lo más llamativo es que el uso digamos malévolo o malediciente o desacreditador de otros, de la inteligencia, es más brillante –y atractivo en sociedad– que su contrario. Y esto la devalúa o vulgariza. Nunca fue la actitud de Gabriel Garcías Planas y se va a notar su ausencia.

He dicho, también, humor. Respecto al humor, la propensión local es apostar más por el sarcasmo que por la ironía. El sarcasmo corroe y destruye; puede ser lúcido, pero ensucia. En cambio la ironía implica un humor sabio que sabe reírse de sí mismo y sabe también ser compasivo. Gabriel Garcías Planas tenía un gran sentido del humor, pero nunca le oí acudir al sarcasmo. Tenía paciencia y el paciente no es sarcástico. Desde ese sentido del humor suyo cultivaba la ironía como alimento y forma de conocimiento de sí mismo y de los demás. No sólo: la ironía es paradójica e ilumina: hace pensar y edifica; nunca destruye, y eso eran rasgos de la persona y del ciudadano que ha sido Gabriel Garcías Planas. ‘Como veis, Llop no se ha comido a nadie’, dijo al acabar una comida a la que me invitaron él y su grupo de amigos del colegio.

Con su muerte Palma ha perdido alguien que la hacía más ciudad, más espacio de civilización, más lugar de encuentro. Palma será menos Palma sin él y esto no es sólo una frase. No hablo de él como abogado penalista o estudioso del Derecho porque son muchos, antiguos alumnos o colegas de profesión que lo habrán hecho estos días desde el agradecimiento. Pero sí como un hombre de la antigua escuela donde la honestidad, la palabra dada a un compañero, su ayuda, la rectitud sin rigideces y la creación de cierta riqueza humanista a su alrededor eran y son parte de su retrato. Estar con él –tomando café, en una comida, en un aparte tras una conferencia, o en un encuentro por la calle– te regalaba alegría y tranquilidad. ¿Dónde, pues, el secreto?

Carácter es destino, dicen los clásicos, pero el carácter también se labra y forja. Y en el caso de Gabriel Garcías Planas, en su paso por nuestro tiempo hay algo que nos explica –lo pensé en su funeral, no se me había ocurrido antes– esa bondad humana como estadio superior de la inteligencia: su vivencia del catolicismo. O sea, un sentimiento íntimo que uno enriquece –o no– con los años y que se proyecta sobre su familia, amigos y sociedad sin ningún tipo de ostentación o fariseísmo. Algo cuya causa puede pasar desapercibida pero nunca sus efectos. Y esos efectos –quedó muy claro en la celebración del funeral– regían su conducta cruzándose en ese punto donde los frutos de la inteligencia más nítida carecen de toda vanidad y soberbia y son bondad y así han de recordarse mientras lo recordemos a él. Sin palabrería. Y sin olvidar nunca el humor, que no era y es más que otra consecuencia de lo dicho. ‘Què fa sa literatura?’ A mí me toca responder a esa pregunta en el vacío.

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