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Diario de Mallorca

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Antonio Papell

Argelia arría velas

En diciembre de 2020, Donald Trump respaldaba la propuesta marroquí sobre el Sáhara Occidental al declarar que la mejor solución sería la formación de una autonomía bajo la soberanía de Rabat. Aquella era una de las opciones oficiosas que se habían manejado al crearse en 1991 la MINURSO, la misión de Naciones Unidas para la Celebración del Referéndum del Sáhara Occidental, que nunca obtuvo la aceptación real de Marruecos, que se ha considerado dueño del territorio de la excolonia española, de la que salimos vergonzantemente por la ardua situación española en 1975, cuando Hassán II organizó la Marcha Verde.

El anuncio de Trump no fue una improvisación ni una bravuconada: formalizaba una postura que el Departamento de Estado había ido asentando y que el presidente republicano quiso sacar a la luz antes de finalizar su mandato. Prueba de ello es que Biden no ha modificado un ápice esta posición e incluso ha dado a entender tácitamente que la comparte sin reservas.

El gradual cambio de postura occidental con respecto a Marruecos y el Sáhara ha sido claro.

El 6 de enero de 2022, el presidente alemán Frank-Walter Steinmeier enviaba un mensaje personal al rey Mohammed VI en el que afirmaba que la propuesta marroquí de autonomía para el Sáhara occidental “es una buena base” para resolver el conflicto.

El 18 de marzo, Rabat hacía público que Pedro Sánchez, en una carta enviada al rey de Marruecos, Mohamed VI, aceptaba el plan de autonomía para el territorio que defiende el país vecino; dicho plan era, según el presidente español, “la base más seria y realista para negociar”. España abandonaba así su posición de neutralidad activa en el marco de la ONU y se posicionaba, por primera vez y de forma oficial, a favor de las tesis de una de las partes en el conflicto.

El 21 de marzo de 2022, el Ministerio de Asuntos Exteriores francés emitía un comunicado en el que reiteraba que el plan de autonomía elaborado por Marruecos es “una base” para negociar… La contigüidad entre esta nota diplomática y el anuncio de Rabat sobre España indica claramente una orquestación del asunto.

Es evidente que Sánchez, tras adoptar la decisión, hubiera debido informar de ella, discretamente al menos, al jefe de la oposición, y hasta hubiese sido posible probablemente advertir a Argelia con cierto tacto para minorar el golpe que sin duda recibiríamos de este país norteafricano que compite con Marruecos por el liderazgo regional y que ni siquiera mantiene relaciones diplomáticas con Rabat. Pero hecha esta salvedad en las formas, no cabe duda de que, según los expertos y el consenso diplomático occidental, la autonomía es el único camino practicable para una población exiliada en Tinduf desde hace casi medio siglo ya que el referéndum no será admitido por Marruecos por una simple cuestión principios y porque no sería fácil en absoluto acordar un censo representativo tanto tiempo después.

Argelia ha respondido airadamente con el anuncio de la ruptura de relaciones comerciales con España y con la amenaza velada de un corte en el suministro de gas natural que nos proporciona. Además, en un gesto un tanto infantil, ha anunciado que ahora era Italia el socio europeo preferente. Pero Argel debió olvidarse momentáneamente de que España es miembro de la Unión Europea, y ha bastado un viaje del ministro Albares a Bruselas, a entrevistarse con el vicepresidente Valdis Dombrovskis, para que este recordara a los norteafricanos que el conflicto no era entra Argelia y España sino entre Argelia y la UE.

De inmediato Argelia ha recogido velas, ha negado un corte en la relación comercial y ha echado agua sobre le conflicto, lo que no evitará seguramente una subida en el precio del gas. La sangre no llegará al río pero es inevitable anotar un fallo en la diplomacia española, que ha sido incapaz de minimizar los daños colaterales de su decisión sobre el Sáhara, de forma que se hubiese podido mantener un cierto equilibrio en nuestras relaciones con las dos potencias norteafricanas como más o menos se había hecho hasta ahora. La irritación de Argelia ante el viraje español/occidental era fácilmente previsible, y quizá una mayor suavidad en las formas hubiera podido evitar las llamaradas.

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