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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

Al Azar

Matías Vallés

La derecha adopta al rey socialista

El Rey Juan Carlos se ha jubilado ofreciendo shows acuáticos dignos de Las Vegas, igual que el Rey Elvis. La audiencia exige al monarca caducado que interprete sus grandes éxitos, y sobre todo la imborrable melodía «Lo siento mucho, me he equivocado, no volverá a pasar». El artista ducho en la manipulación de masas desoye las solicitudes, y ofrece nuevas piezas de su repertorio cercanas al punk rock, como «¿Explicaciones de qué?». Nada ha cambiado en la pasión de la afición por su estrella favorita, concluiría un espectador despistado. Y se equivocaría, porque la derecha ha adoptado como su nueva mascota al rey socialista.

Cuando todavía caminaba erguido, Juan Carlos I ejecutaba el abrazo del oso para distinguir a sus predilectos respecto de los meramente saludados. Felipe González fue el favorito de su reinado, frente a la gelidez contra un Aznar que pretendió suplantar al monarca. Las citas entre ambos equivalían a que Florentino se encontrara hoy con Mbappé. Al margen de la química personal, el anterior Jefe de Estado era todo lo conservador que presume su institución coronada, pero también un atento lector de los sondeos que colocaban a la mayoría de españoles en el centroizquierda. Su acusado instinto de supervivencia, revalidado ahora mismo, hacía el resto.

Sabedor de que solo el PSOE garantizaba la monarquía, Juan Carlos I se mostró obsequioso hasta ser motejado de «rey socialista» por la caverna. De ahí la sorpresa al verlo apadrinado por la derecha radical, desde Núñez Feijóo llamándolo «Rey» a secas a los lobeznos de Vox. La continuidad sin ruptura del franquismo ensombreció su legitimidad durante cuarenta años, y ahora refrenda su ascenso al trono. Al Borbón de la restauración no le afecta, porque está en el negocio del espectáculo bien retribuido. Bill Clinton sostenía que Juan Carlos I era el gobernante con más carisma que había conocido, lo cual sigue siendo cierto aunque se haya pasado al lado oscuro. Basta con preguntarse quién fue el protagonista absoluto del pasado fin de semana, y preocuparse por un Jefe de Estado que no se libera del estigma anónimo de «hijo de».

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