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Diario de Mallorca

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Daniel Capó

El declive de un papado

Alos 85 años, una edad que puede considerarse bíblica para un gobernante, el Papa Francisco ve acercarse el retiro. Su imagen durante estas últimas semanas, sentado en una silla de ruedas debido al dolor agudo en una de las rodillas, consecuencia quizás de la ciática que le persigue desde hace décadas, ha despertado todas las alarmas entre los vaticanistas atentos a las primeras señales de un nuevo cónclave. Fue Ratzinger quien, en alguna entrevista –ya durante los años finales del largo pontificado de Juan Pablo II–, empezó a hablar en pasado del papa polaco (¿fue una maldad del periodista o un lapsus del fino teólogo alemán?). Y esa misma impresión empieza a imponerse ya en los ambientes romanos: Francisco dirige con puño de hierro una Iglesia que anhela pasar página. Como sucede con todos los reformistas, Bergoglio no ha conseguido contentar a nadie; tampoco al sector que lo aupó a la sede de Pedro y que pretendía más, mucho más, aunque se han quedado con mucho menos. Pero ese reformismo de medio vuelo –algunos dirán que de dinámicas y palabras más que de hechos– ha sido suficiente para reintroducir la guerra cultural en el corazón identitario del catolicismo. A un pontificado tan profundamente introvertido como el de Benedicto XVI, le ha seguido otro extrovertido, volcado en el mundo, pero de escasa relevancia política una vez superado el asombro inicial ante el lenguaje desinhibido de Francisco. Los titulares tienen el recorrido que tienen en una época de continuos zascas y tuits consumidos a una velocidad de vértigo. Mucho más significativa resulta la debilidad estructural –y demográfica– del catolicismo occidental, con la única excepción quizás de los Estados Unidos, cuyo episcopado no simpatiza precisamente con los postulados del papa actual. Un catolicismo en retirada tendrá difícil desempeñar un papel relevante en campo abierto. Esto es algo que entendió mejor Benedicto XVI –con su confianza en el papel creativo de las minorías– que Francisco.

Sin embargo, en la historia nada es lo que parece. Un fracaso puede convertirse en un triunfo y un triunfo en un fracaso. Nadie hubiera pensado que la hermenéutica de la continuidad con el Concilio Vaticano II, preconizada en los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, iba a dar paso de nuevo a un impulso más atento a mimetizarse con los gustos de la época; pero así ha sido, y nadie puede saber tampoco hacia dónde virará la Iglesia cuando haya otro papa con una sensibilidad –y un carácter– distintos. ¿Romperá el sínodo alemán con Roma a través de un cisma de signo liberal? ¿Volverán las libertades para los tradicionalistas litúrgicos o sólo ellos serán los acusados de azuzar las divisiones intraeclesiales? ¿Se avanzará en la línea del diaconado femenino o ese camino, ahora en debate, se cerrará? A saber. No es la primera vez que la historia oscila de un extremo a otro. Al recordar mi infancia, veo que queda muy poco de aquel mundo cultural. Los valores han cambiado; las expectativas de la gente, también. A veces a mejor, otras veces seguramente a peor. Pero el hecho es que nadie sabe cómo será el hombre ni la sociedad dentro de cuarenta o cincuenta años. Sólo sabemos que serán muy distintos. También la Iglesia.

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