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Diario de Mallorca

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Pedro Coll

Dejad el balcón abierto

Torre de s'Arxiduc, en Can Costa (Valldemossa). Pedro Coll

«Si muero, dejad el balcón abierto».

Federico García Lorca.

Era casi imperceptible, pero comenzaba ya a notarse un tufillo desagradable. El sargento se dirigió a uno de los dos ‘números’ conminándole a que abriera el ventanal. El del tricornio obedeció según costumbre y dentro del marco vacío apareció un paisaje sereno e invernal presidido por una torre que se elevaba en lo alto de una mínima colina. Se veía también el mar, allá abajo, del mismo color que el cielo, confundidos y fusionados ambos, sin rastro del horizonte. Entonces sonó el teléfono sobresaltando al sargento que parecía hallarse ensimismado, con los ojos fijos en el rostro acerado del supuesto suicida. Era del juzgado de guardia, informando que el juez estaba de camino.

El cuerpo de aquel hombre de mediana edad, cubierto a medias por una sábana, se hallaba en posición de reposo. Parecía que estaba descansando con placidez. Había sido encontrado de este modo por una jornalera que solía acudir los martes y los viernes y aún nadie había tocado nada de la habitación. En el suelo, junto a la cama, varios envases vacíos de Tranxilium 10 y una botella de Jack Daniel’s prácticamente vacía, a la que le faltaba el tapón, indicaban a las claras lo que había ocurrido. El sargento ordenó a los otros dos guardias civiles que salieran al pasillo. Una vez a solas se sentó en una silla y cerró los ojos. Al abrirlos se fijó en el ordenador. Ya lo había visto antes, pero ahora, de repente, se sintió atraído por él. Gritó el nombre de uno de sus dos subordinados y le pidió que llevaran a cabo la inspección ocular de las demás dependencias de la casa y también de los alrededores. De esta manera los tendría ocupados un buen rato.

Ya a solas se dirigió a la mesa del ordenador y descubrió el pequeño post-it amarillo pegado justo en el centro de la pantalla. Con caligrafía minúscula y precisa alguien, posiblemente el finado, había escrito: ‘mi última voluntad’. Inmediatamente debajo aparecían descritos los pasos a dar para la utilización del ordenador. El sargento, tras una ligera duda, enfundó su mano derecha en un guante de látex y decidió comenzar con el primero de ellos. Accionó el ‘on’.... La pequeña pantalla cobró vida y se iluminó apareciendo todo un menú de posibilidades. La nota manuscrita decía: ‘seleccionar textos’. Así lo hizo y apareció un nuevo listado. El paso siguiente, según la nota, consistía en seleccionar la carpeta titulada ‘mi última voluntad’.  Efectivamente, entre todos aquellos títulos había uno que decía así.  El sargento se detuvo. Tenía la sensación de que estaban jugando con él. Se volvió y contempló la amplia estancia con su ventanal abierto hacia el paisaje y la cama de alto y elegante cabezal. Desde donde estaba no podía apreciar si el rostro del cadáver había cambiado de expresión. La curiosidad le llevó de nuevo al ordenador y accionó el documento elegido. Mientras el ordenador trabajaba buscándolo él no apartó la mirada de la pantalla azulada ni por un instante, hasta que de repente una sola frase, escrita en grandes caracteres, apareció perfectamente centrada y legible: ‘que os den morcilla’.

El sargento se quedó de una pieza mientras en su rostro iba dibujándose una sonrisa que acabó en una contenida carcajada. Se volvió hacia la cama y miró fijamente aquel rostro antes enigmático. Y se sintió invadido por un sentimiento de cálida complicidad. Después, se acomodó en la silla y esperó la llegada del Juez.

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