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Diario de Mallorca

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Juan Cruz

LAS SUELAS DE MIS ZAPATOS

Juan Cruz

Periodista y escritor

El miedo a la guerra y luego la guerra

Uno se prepara para lo peor, aunque espere que no llegue. Antes de esta guerra, naturalmente, hubo miles de guerras, y algunas muy crueles nos afectaron a muchos que podemos recordar sus inicios, su maldad, su desenlace, la pobreza que dejaron, la injusticia o la mentira que impulsaron su desarrollo y el miedo de los niños, de los adultos, de los que huían perseguidos por los terribles argumentos de la metralla.

Aquí mismo muchos recuerdan la sombra de nuestra peor guerra, la Guerra Civil, y los que tenemos estos años que yo mismo disfruto o sufro recordamos la posguerra como una maldición que combinó dos fatalidades, la dictadura y el hambre, los seres humanos impedidos de hablar de lo que les sucedía bajo aquel régimen que hizo de la victoria una posibilidad libérrima de maldad y de aplastamiento.

Hubo luego otras guerras, tantas que podría decirse que no hubo vida sin guerra en estos miles de años que constituyeron el siglo XX y estos centenares de años que ya llevamos del siglo XXI. Hubo, naturalmente, la Guerra Mundial, en la que se juntaron, para repeler a Hitler, dos de las potencias (dos o tres, porque ahí está Europa, no lo olvidemos, junto a la URSS y a Estados Unidos) que ahora dirimen, con Ucrania como pretexto, diferencias que incluyen poder, gas y dinero.

Por citar la guerra mundial, ahí estaba aquel sátrapa queriendo eliminar de la faz de la tierra a los judíos, apoyado por Italia y por nuestro Franco terrible, animado por una victoria que se fabricó con el silencio, ay, de ingleses y de norteamericanos, y con la ayuda, ay, de nuevo, de italianos y, naturalmente, de alemanes que pusieron aviones y metrallas para eliminar a una República que tuvo el pecado de ser laica y desamparada.

Esa guerra no cesó, y puede decirse que en ciertas actitudes contemporáneas se vislumbra como una sombra que proviene de la maldad del gesto y la palabra que incluso anidan en el Congreso de los Diputados. En el año en que nací, 1948, España vivía aquellos rescoldos como si no hubiera acabado la guerra, y aunque el mundo libre, o liberado de la guerra mundial, le estaba abriendo las puertas de la sociedad de naciones, seguía mandando a matar. Mandó matar hasta un mes antes de la muerte en su cama de Francisco Franco, que elaboró de tal manera su trabajo malvado de venganza que generó artimañas para seguir mandando tras su muerte, se hizo enterrar como para seguir vivo en la memoria de sus secuaces, en un mausoleo religioso, como si él fuera parte de la voluntad de Dios.

Tanto en esa guerra que nosotros sufrimos en forma de represión y de hambre, y de mezquindad y de desdén, como en las que vinieron después, en América, en África, en algunas de las naciones de la Europa balcánica, el lugar común del sufrimiento ha sido el miedo. Primero el miedo a la guerra y luego la guerra. La preparación siempre parece (lo parecía en la Guerra Mundial) como una especie de artimaña en la que hablan los futuros contendientes como si la diplomacia llenara sus entorchados, hasta que explota, por un accidente menor como en Sarajevo, o por un empecinamiento, como en el caso de Hitler, y entonces ya es la guerra, los ejércitos, los que existen, los que sobrevienen, buscan aliados o exhiben sus fuerzas, y entonces todo es guerra, ya no queda más remedio, uf, que matar o morir.

Ahora estamos en estas. Como es natural, la que afecta a Ucrania viene de historias en las que los hombres dicen una cosa y defienden otras, Putin se muestra, para los suyos, como el justiciero, y así, con un lenguaje que se le parece, Estados Unidos, que también ha hecho de justiciero de la historia en la que sus fuerzas se utilizaron para decapitar países o ideas, en América Latina, en Irak, conviene recordarlo… Pero estar ahora en el medio, buscar en el pasado e incluso en el presente muy próximo argumentos para defender al que ataca en virtud de que no nos gusta el pretérito de los que no nos gustaban, es una mezquindad muy al alcance de la mano.

Ni es la OTAN la culpable (como se ha venido a decir en una manifestación que se celebró estos días en Madrid) ni es culpable Ucrania, y sobre todo no lo son sus ciudadanos, niños, mujeres, jóvenes, viejos, marcados por esa generación de miedo que ha dado de sí la bravata de Putin, culpable de asesinatos crueles de sus propios conciudadanos y ahora culpable de este exceso de celo por durar mandando. Por supuesto, tampoco es culpable Europa, que hace lo que puede (lo que ha podido hacer) para ofrecer razonamiento a quien no lo permite, pues el sátrapa ruso tiene su idea fija y ha pasado como de la mierda (cómo se ha colado aquí esta grosería) de los argumentos de los compañeros de Macron, del que se distanció, como si este tuviera la lepra, gracias a una mesa que parecía el sucedáneo de un ataúd en el infierno.

Ahora estamos en guerra, otra vez, y es Europa la que la sufre, aunque la sufra el mundo entero, pues la guerra es la continuación del miedo y éste es libre como el aire. La ruindad de Putin no tiene paliativos, y ni los chinos, que son sus aliados, le han dado el pan y la sal que él quería para seguir sacando pecho de dictador, ese equipaje de odio con el que se ha cargado de razón para atacar a un país chiquito que él persigue como un cuervo al acecho.

Tengo miedo, la guerra es el segundo paso del miedo, y éste se aloja exactamente en el sitio en el que siempre he sentido el miedo, ahora lo siento, e incluso creo que lo puedo tocar cuando de vez en cuando hago un receso en la escritura y pienso en este futuro mordido por el espectáculo de crueldad que ya no es una realidad triste como la cara de un niño llorando.

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