Suscríbete

Diario de Mallorca

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Alex Volney

Love Missil

Con los atentados del 11 de septiembre de 2001 se comenzó a producir un hecho muy curioso. Se había despedido el siglo anterior con convulsiones generalizadas por allí donde fueren los líderes mundiales a reunirse. La escalada de movilización se iba consolidando ante la estupefacción de la clase política. Parece que era urgente construir un nuevo discurso y el terrorismo islamista lo estaba poniendo en bandeja. Luego la cosa ha ido derivando hacia lo patético y hemos pasado del periodismo que pregunta al día siguiente, en Catalunya Radio por ejemplo, (¡al día siguiente!) que un terrorista mal dirigiendo, en Niza, un camión, asesinaba a volantazos a personas inocentes, incluidos niños pequeños, y de ese rollo buenista, de «¿qué hemos hecho mal?» se pasa a la credibilidad que se le pueda llegar a dar a un Villarejo ante las últimas, y del todo gravísimas, acusaciones ante el juez y otra vez utilizando la imagen de personas inocentes asesinadas. Todo con los nacionalismos de fondo y sus banderas ondeando. Según convenga. En diferentes décadas y atentados, siempre el nacionalismo identitario de fondo. Gran descubrimiento, sí, pero ante todo este panorama se ha ido forjando, a nivel global, una idea confusa a la hora de señalar con el dedo hacia otra dirección que nos aleja rotundamente de la causa real. Occidente atraviesa un largo y yermo páramo en el cual la crisis cultural es absoluta. Muchos de sus más importantes pensadores miran hacia otra parte y los últimos años, aunque se encontrasen con el problema de fondo más clásico de todos, han vuelto a acusar al «nihilismo», una vez más, como quien acusa a los geólogos de un terremoto. Europa y Occidente van perdiendo una batalla cultural y algunas de sus voces más relevantes no han parado, en los últimos veinte años, de apuntar al carácter nihilista de determinados elementos que se han dedicado absolutamente a todo lo contrario, iniciar guerras donde mueren cientos de miles de personas inocentes.

Estado Islámico no arrasó Palmira precisamente imbuido por su nihilismo, todo lo contrario. La religión y el nacionalismo llevado al extremo es un cultivo monovarietal en lo teológico y no es integrador ni en la negación del conjunto. El nihilista más que vírgenes las sueña bien putas y reales. Los dogmas los pone la iglesia, el estado y la sociedad en último término.

Vladimir Putin es un clásico de libro y es lo que ya hemos visto en la historia de la humanidad una y otra vez. De hecho la carencia de nihilismo en las sociedades occidentales está cediendo terreno ante los totalitarismos más ancestrales que disfrazados de todos los cambios tecnológicos que quieran realmente representan el más de lo mismo y no otra cosa. Opresión de una nación sobre otra. Identidades radicales al acecho y en cada rincón. En ningún atentado hay la más mínima señal nihilista y sí encontramos el nacionalismo como gran negocio.

¿Se imaginan ustedes, sean del país que sean y del rincón de mundo que quieran, a los mediocres, de un extremo o de otro, sin nuestro fiel y puntual miedo? ¿Se lo pueden llegar a imaginar? Imaginen a Casado sin País Vasco o sin Catalunya.

Por muchos esfuerzos que se hagan para entender lo que está pasando en el Este de Europa la verdad es que el tópico de la repetición ya está aquí y Europa pierde una vez más ante el terror y la nueva amenaza bélica. Dogmas y más dogmas siguen armando a los más radicales. Otra vez la lógica orwelliana de enfrentar personas contra personas que nada tienen unas contra otras.

Comparado al presente, los irreverentes ochentas carecían de militancia y de movilización pero abundaban en un sano nihilismo que acorazaba a las gentes y ridiculizaba no en vano a las élites. En los ochentas (y no hace tanto) incluso a Oscar Wilde y Djuna Barnes los encontrabas en la sección de la mejor literatura de todos los tiempos, hoy carecemos del poder de carecer de dogmas y los podemos hallar en la sección de literatura LGTB. Todas y todos eran personas destacadas como grandes literatos de la narrativa universal. A otro nivel, todos teníamos en nuestros grupos, o pandillas, a personas de todas las tendencias y si no estaban allí contigo, las protegías si pasaba algún hecho injusto o relacionado con el abuso de poder, precisamente ese sano nihilismo nos vestía de argumentos. En el desastre balcánico, luego, vinieron las décadas «identitarias» que han ido en aumento vistiendo de trajes muy llamativos lo que se quiso vender, en un principio, como lucha por no ser globalizados. Esa necesidad de etiquetarlo todo. Señalar el lugar de origen del producto o posicionar al individuo, como ustedes quieran. La figura de Gorbachov no habría existido sin ese potente movimiento «contracultural» tan poderoso a la hora de ridiculizar, o al menos cuestionar, a las élites en su mismo contexto.

Las décadas identitarias sitúan los nacionalismos, religiosos o no, en el centro de la amenaza mundial que hoy acecha la paz de las sociedades. Señores analistas, un auténtico nihilista por el hecho de cuestionarlo todo e incluso de no creer en nada nunca va a cometer violencia sobre otras personas por ningún dogma, pues al serlo de verdad debe carecer de ellos. Todo analista que se apunta al oportunismo de no coger el verdadero toro por los cuernos es porque también se ve afectado, o condicionado, por su nacionalismo, en menor o mayor medida, ya que resulta que siempre el suyo será el bueno.

La situación actual en Europa, y en el mundo, sería impensable si culturalmente se volviese en alguna sana proporción al movimiento que Turgueniev vistió en Padres e hijos y a la que Nietzsche daría de comer en abundancia. Ausencia de valores como tópico cuando es mucho más importante el control de los mismos para no derivar en la «formación de una moral de esclavos» que es la que vuelve a negar el futuro a tantas personas en un mundo ante la nueva amenaza bélica. El nihilismo al negar los «falsos valores» de la tradición judeo- cristiano- platónica oxigenó, en su momento, a las mentes que no dieron el paso de seguir incondicionalmente al líder.

Mao y su fiasco de revolución cultural y los millones de personas muertas de hambre. Adolf Hitler y millones de psicópatas mirando a otro lado siguiendo sus dogmas y hoy V. Putin en la frontera con Ucrania carecen de la más mínima vocación nihilista siguiendo los objetivos de siempre, someter a una nación sobre otra. Este es el punto donde se ha vuelto a despistar Occidente, como un primer ministro de botellón en el jardín pandémico. ¿Se imaginan a todos estos líderes mediocres sin el fiel y puntual miedo de los ciudadanos?

Surfeen un rato en la red. Tanto da, busquen Sigue -Sigue Sputnik y su antiguo Love Missil o a la mismísima Debby Harry en su Atomic y naden un rato en ese divertido y sano nihilismo que desafiaba a la evidencia mientras iban pasando el rato y desvestían al miedo divirtiendo a las gentes y rasgando con uñas pintadas cualquier telón de acero o de cartón.

¿Ustedes creen que Xi Jinping, Vladimir Putin, Recep Tayyip Erdogan o Donald Trump podrían acabar de escucharlas o llegar al final de ese vídeo? ¿Cuál es el peligro del nihilismo? Lo de siempre, lo de toda la vida en Historia, más de lo mismo. La nueva sociedad de la Posverdad era esto. Un nido de dogmas y en su seno una irrupción letal, ese clásico otra vez y con un par de huevos de Ofidio. Mamá Europa ha subastado sus polluelos y parece que la conocida alternativa, y sus consecuencias, van a eclosionar puntuales. El hombre, el único animal capaz…

Compartir el artículo

stats