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Diario de Mallorca

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Juan José Millas

Tierra de nadie | No me creen

Me hallaba frente al portátil, ordenando un grupo de palabras para construir una frase, cuando noté un brillo raro en la uña del dedo pulgar de la mano derecha. Al enfocar la vista sobre ella, descubrí que se había convertido en una pantalla pequeña de televisión. Emitían, en ese momento, un telediario. Me quedé atónito, claro. Descubrí en seguida que moviendo la ceja derecha cambiaba de canal y que al parpadear con el ojo izquierdo subía el volumen mientras que lo bajaba al parpadear con el derecho. El volumen subía o bajaba solo dentro de mi cabeza, pues nadie, excepto yo, podía oírlo.

Aunque las imágenes, dado el tamaño de la uña, eran pequeñas, su definición era altísima. Advertí que podía sintonizar también plataformas de pago sin necesidad de abonarme a ellas. En la mitad de la noche, me despertaba y veía mis series favoritas sin salir de la cama, acurrucado, en posición fetal. De vez cuando, me llevaba el dedo de la tele a la boca, pues siempre he deseado lamer una pantalla, y lo chupaba como cuando era un bebé. Según mi madre, tenía ese dedo desgastado. Me lo untaban con una sustancia amarga para quitarme el hábito. Descubrí que las imágenes tenían sabor. Era capaz de identificar por el gusto los diferentes programas. También era capaz de distinguir con la punta de lengua quién daba el telediario, si Marías Prats o Pedro Piqueras, por poner dos ejemplos.

Pasado el tiempo, empezó a disgustarme esta rareza porque todas caras que salían en la uña comenzaron a parecerse a la mía y me daban órdenes difíciles de llevar a cabo, cuando no claramente delictivas. Soy una persona de orden, jamás me han detenido ni me han puesto una multa de tráfico. Ayudo a las personas mayores y a los ciegos a cruzar la calle y me cambio de ropa interior todos los días. De modo que intenté apagar aquella extraña tele incrustada en mi dedo, pero no había forma. Emitía las 24 horas, siete días a la semana. Ayer, en un arranque de locura, me amputé el dedo y lo arrojé al cubo de residuos orgánicos, pero debe de seguir emitiendo, pues las voces no cesan y tampoco puedo bajarlas de volumen. En el hospital dije que había sido un accidente, cortando jamón, pero no dieron crédito y avisaron a la policía a la que he tenido que relatar la verdad de los hechos, que tampoco se creen. Han ido al vertedero, a buscar el apéndice.

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