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Diario de Mallorca

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Daniel Capó

Palabras huecas

Como España se mueve por modas, ahora les ha dado a algunos por elogiar a la vicepresidenta Yolanda Díaz: a ver si así suma más votos, puesto que lo de Pablo Iglesias –distinguido hace unos días por el Rey con la Gran Cruz de la Orden de Carlos III– ha salido mal. Mal en cuanto a votos, claro, porque aquí de lo que se trata es de ganar electorado y, por tanto, de ocupar el poder. En esto, la política no conoce excepciones. Y tanto da si vamos a ver al Papa, aprovechando su empeño sinodal por llegar a las periferias de los que no creen, sobre todo si con la visita acreciento mi imagen de comunista moderada –en lugar del laicismo acerado de Sánchez– o ya no soy comunista, sino de la izquierda moderna, o vaya a saber uno, según interese esto, lo otro o lo de más allá, pues todo queda más o menos reducido a la retórica, el cultivo del victimismo y la proyección de una imagen. Lo que da pereza de la política es su falsedad interesada, aunque ahora se la llame «pragmatismo» o «realidad líquida». Como no hay principios, tampoco hay criterios fiables y, menos incluso, sentido del bien común. Quedan las palabras, eso sí. Las grandes palabras.

Las conocemos bien, por supuesto, porque desde bien jovencitos nos las vienen repitiendo los portavoces mediáticos: dignidad, patria, pueblo, igualdad… Suenan ya huecas; no porque lo sean -que no lo son-, sino porque, cargadas de emociones, espurias y tergiversado su significado, acaban perdiendo su valor intrínseco. Nadie está en contra de ellas, bien al contrario; a pesar de todas las prevenciones que merecen cuando el uso partidista aguza su filo y las convierte en instrumentos de división. Pero este no es el debate aquí y ahora, aunque podría serlo y terminará siéndolo, sujetos como estamos a la continua polarización ideológica. Es lo que sucede cuando caen los mitos sobre los que hemos fundado nuestra convivencia y surge en cambio el poder desnudo, que es el abuso de un poder desprovisto de forma y de límites. Eso y la lucha a muerte por imponer al prójimo una doctrina, unas emociones, un credo.

Si el nudo del liberalismo se resume en el inmortal «vive y deja vivir», lo que ahora se estila es «vive e impón tu vida a los demás». Primero las palabras que manipulan emociones y luego los hechos consumados, la reescritura de todo. Y la falsa creencia de que las palabras son suficientes para ocultar la realidad y negar a la naturaleza lo que es suyo; a la historia, sus aristas cortantes; y al presente, las dificultades que nos acucian. Dice la vicepresidenta Díaz que la reforma laboral acabará con la temporalidad y tenemos que creerla, como a Pedro Sánchez cuando asegura que hemos salido más fuertes de la pandemia. ¿Quiénes somos nosotros para dudar de sus palabras? (y perdonen el eco del discurso que pronuncia Marco Antonio en el Julio César de Shakespeare). Porque, en efecto, nosotros no somos quiénes para decirles que ya no nos creemos nada de nadie, ni de los unos ni de los otros. Y que, si esto va mal, puede ir aún a peor. O eso me temo.

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