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Diario de Mallorca

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Albert Soler

Feliz Navidad y paz en la tierra a los vacunados

Quiero desmentir la creciente opinión de que la vacuna del covid no sirve apenas para nada. Eso es falso, cumple la importante función de ser tema central de conversación, y la no menos esencial de sustituir al ya anacrónico «¿estudias o trabajas?» por un modernísimo «¿te has puesto la vacuna?», lo cual es un avance que debemos agradecer a los laboratorios y a los gobiernos, no sé si por ese orden. Hemos llegado al punto de que en cualquier reunión o encuentro te preguntan si estás vacunado, que es como preguntarle a alguien si va de cuerpo regularmente o si le pone los cuernos a su señora, esas cosas íntimas que antes se consideraba de mal gusto interesarse por ellas.

Respecto al covid, me siento como el personaje de La anomalía -maravillosa novela de Hervé Le Tellier que ya están tardando en leer- al que pretenden calificar de ateo y replica: «No es que no crea en Dios, simplemente es algo en lo que no pienso. Como en el bridge. Y no creo que a los que no pensamos en el bridge se nos deba agrupar bajo ningún nombre». Con la vacuna, lo mismo: no soy ni provacunas ni antivacunas, soy tan raro que me importa un comino si los demás se pinchan o no.

Lo que sí que me intriga es el nombre. Vacuna. Quizá porque vengo de un tiempo en el que vacuna significaba que no pillabas la enfermedad, tan seguro estaba de ello que en la mili me pusieron dos a la vez y ni siquiera sé contra qué eran. Aunque, claro, si le hubieran puesto el nombre, más lógico y adecuado, de «líquido inyectable que no impide que contagies ni te contagies aunque quizá reduce tus posibilidades de morir llegado el caso, y eso sí, las medidas que implanten los gobiernos las vas a sufrir igual, y no te aseguramos que no debas ir poniéndote nuevas dosis cada equis meses ni que sirva para todas las variantes y además no olvides que no está del todo experimentado y quién sabe si tendrá efectos secundarios y, en fin, ya iremos viendo», no se la pondría ni el tato. Vamos, es que ni regalando un balón de playa a cada vacunado y una sombrilla al completar las tres dosis. Así no se pueden hacer negocios, había que buscar un nombre atractivo, y ninguno como vacuna, eso vende. Tengo para mí que en los laboratorios farmacéuticos cobra más el jefe de publicidad que el de investigación.

Por eso, cada vez que muere de covid un reconocido antivacunas, la prensa lo destaca en grandes titulares, y entre líneas nos dice «le está bien empleado, por gilipollas» (justo al revés de cuando muere alguien vacunado, que se intenta que tal dato pase desapercibido). Solo hay algo que provoque mayor placer morboso que la muerte de esos herejes: los antivacunas que, después de estar en la uci a un paso de morir, salen arrepentidos, reconociendo su error e instando al pueblo a vacunarse. Son modernos San Pablo caídos del caballo, que abrazan la fe y se convierten en sus máximos defensores. Merecían morir, y por gusto se les condenaría a muerte, pero conversos son más útiles. En la tierra, como en el cielo, y no digamos en los laboratorios y los gobiernos, hay más alegría por una oveja perdida que regresa, que por las que se mantuvieron siempre en el redil. Aleluya.

No queda más que modernizar los deseos navideños: paz en la tierra a los hombres de buena voluntad... que estén vacunados, y los demás que se jodan.

-¿Y las mujeres, qué? ¿Eh? ¿Eh?

-Las mujeres también señora Montero, deje de dar la tabarra ni que sea por un día.

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