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Diario de Mallorca

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Miqui Otero

Con fe de Franzen

Si personas tan inteligentes como Bob Dylan o Emmanuel Carrère lo habían hecho, ¿por qué no podía permitírmelo yo, sobre todo cuando se acercara el último momento antes de mudarme de barrio? Es dificilísimo creerse la ficción cristiana, pero aún es más duro no creérsela. Entonces, mi abuela, con 101 años de vida, creyente no solo de ir a misa sino de limpiar los bancos de la ermita, me dijo, en sus últimas vacaciones conmigo: «Tengo miedo». Le contesté que llevaba toda la vida preparándose para eso, que al menos ella tenía el consuelo de que el final no era el final tal como la última copa es la penúltima. Que se encontraría con el abuelo en una posvida merecidamente gloriosa, dada la rectitud de su fe en este mundo: «Non che creo nada, ruliño», me contestó. A renglón seguido, se puso a tararear una canción cubana sobre azúcar y café, seguramente rescatada de un recuerdo de medio siglo atrás.

Ahí se desvaneció la inconcreta esperanza de, cuando ya te quedan tres telediarios de Piqueras, recuperar esas creencias infantiles. Perdida la religión para articular el mundo y dar un barniz de sentido a la vida, solo queda el arte para hacerlo. Las novelas, por ejemplo. No te prometen que hay vida más allá, pero sí te permiten vivir otras vidas en el más acá.

Pensaba en todo ello leyendo la última de Jonathan Franzen, ambientada en 1971. En Encrucijadas, traza la vida de una familia y de una comunidad alrededor de una especie de grupo juvenil de la parroquia bautizado con ese nombre. El padre es el pastor y sus hijos adolescentes acuden más por pertenecer a algo, por hacer amigos o tirar trastos, que por convicción religiosa. En Encrucijadas no se cita ni una frase de la Biblia ni se hace referencia al Altísimo. Es un grupo de convivencia y debate, que tanto organiza conciertos como excursiones caritativas.

Divertido y psicodélico

Todo eso me resulta familiar, porque en mi preadolescencia yo estuve en algunos. Habíamos dejado de creer pronto, pero de algún modo nos permitía un espacio donde debatir, con delirio adolescente, sobre temas que fuera de ese círculo parecerían ridículos, como el amor, la muerte o la identidad. Recuerdo muy especialmente un momento clave, cuando grupos de toda Catalunya tomaron un pueblo para celebrar una especie de convención en el pabellón. Mi mejor amigo y yo salimos por patas y nos fuimos a un parque a fumar. Cuando volvimos a entrar, y mientras engullíamos Milka para calmar la necesidad de azúcar, todo nos pareció aún más divertido y psicodélico, por momentos terrorífico pero también bonito. Como escribe Franzen, sobre la separación de alma y cuerpo, es habitual para cualquiera que fume: «Puedes estar en un lugar haciendo una cosa (luchando por abrir una bolsa de golosinas) y, al cabo de un instante, encontrar tu ser corpóreo llevando a cabo una tarea distinta».

Se dice también en Encrucijadas que en las dinámicas de juegos de esos grupos: «La exhibición pública de sentimientos garantiza una acogida apabullante». Lo que me lleva a pensar en cómo otro tipo de comunidades, en las redes sociales, tan etéreas como empresariales, y muy a menudo tóxicas, como la Iglesia, funcionan de modo parecido. Han pasado 50 años desde el momento en que transcurre la novela, pero en España aún solo un 14% se considera ateo (entre ellos, yo mismo). Y ya lo dijo Chesterton: lo malo de dejar de creer en Dios es que entonces te pones a creer en cualquier cosa.

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