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Diario de Mallorca

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Susana Martín Gijón

Hombres asustados

Que los movimientos feministas están cambiando la sociedad es un hecho incontestable, aunque haya quien piensa que seguimos viviendo en un mundo extremadamente heteropatriarcal. También hay quien cree que puedes vivir igual y llegar a los mismos sitios siendo hombre o mujer. Y luego están los que sostienen que ahora las mujeres jugamos con ventaja. Últimamente oigo muchos comentarios del tipo «lo peor que hay ahora mismo es ser hombre blanco hetero» o «para ganar el Nobel hay que ser negro o mujer». Esta frase la escuché hace una semana de labios de un señor muy indignado. En 2021 han sido galardonados doce hombres y una mujer con el premio Nobel. Gurnah es el primer africano negro que recibe el Nobel de Literatura desde 1986. ¿Entonces? ¿En qué tipo de realidad distorsionada viven estas personas?

Son hombres que se sienten discriminados. Que están convencidos de que las mujeres les estamos arrebatando su lugar y actúan en consecuencia. Con enojo, con agresividad, con berrinches de niño chico al que le han quitado el juguete. A mí no deja de pasmarme que lo vean así. Si antes el 95% de puestos de poder eran masculinos y ahora lo son el 70%, claro que hay menos hombres en esos espacios, pero eso no es discriminación, amigo, es justicia social. ¿Por qué acumulas tanta rabia, tanto miedo, tanta mala leche? Sigues teniéndolo mucho más fácil. Me recuerda al odio de clase, cuando el que se consideraba superior no toleraba que otros pudieran ocupar las posiciones que pertenecían solo a los de su índole. ¿Ah, que sigue pasando? Cuéntenselo a quienes deciden hasta las palabras con las que nombramos el mundo. El otro día una política corregía a la periodista que la entrevistaba: no hay un frente de izquierdas, le decía, sino un espacio progresista. Hablar de izquierda y derecha en la actualidad es rancio, aunque siga habiendo partidos que defienden la justicia social y otros que velan por la supremacía de las clases económicas. Esos mismos, por cierto, que quieren regular nuestros cuerpos y nuestras vidas (no al aborto, no al cambio de sexo, no a las leyes que tratan de impedir que nos maten).

Pero, y volviendo a los hombres a quienes les/os toca vivir este momento que para mí sí es de cambio aunque sea lento, también veo a muchos descolocados, y lo comprendo. No es fácil criarse en un mundo donde te has regido por unas reglas desde que tienes uso de razón y de repente ya no sirven, pero nadie te dice dónde comprar el manual. Nunca le diste importancia a decir piropos a las chicas, creías que era simpático y ahora resulta que las estás acosando. Siempre gastaste chistes sobre putas, eso también era divertido, incluso usaste los servicios de alguna, te la chupó a cambio de un billete y creíste que todo estaba bien porque pagaste y fuiste educado. Ya ni siquiera sabes si dejar pasar primero a una mujer tras abrir la puerta o pasar tú y que se espere. Tampoco sabes si está bien invitar a la copa, ¿quedas de machirulo si lo haces o de tacaño si no? Llegas del trabajo, preguntas a tu pareja que si la ayudas con la cena, y ella en lo que se fija es en que dices «ayudar» como si acaso no fuera una tarea compartida. Pero si nunca lo fue, ¿no? Es un lío, la verdad. Y eso por no hablar del sexo. No, no hablemos del sexo porque ahí ya sí que no das una, antes sabías cómo manejarte y ahora estás más perdido que el barco del arroz que nunca llegó. Como ellas, que ya no llegan nunca, y eso que tú haces lo mismo de siempre, lo que viste en las pelis porno de toda la vida.

Y luego te presentas a un puesto y resulta que se lo dan a una mujer y te puede la rabia, porque tú (como todos, no te engañes) estás convencido de que eres el mejor y si se lo ha llevado ella es porque los jefes ahora están acojonados, hay que dar buena imagen y eso implica faldas en la mesa de dirección. Qué injusticia, joder. Qué mierda de tiempo te ha tocado vivir. Así que te vas a Twitter y despotricas, y cenas con amigos y sigues quejándote, esas brujas, feas, amargadas, nos están jodiendo la vida, ahora mismo lo peor que hay es ser hombres como nosotros. Y luego te vas para casa, son las tres de la mañana, una mujer va delante de ti, acelera el paso, se cambia de acera, y ni siquiera te das cuenta. No te das cuenta de que lo hace porque te tiene miedo. Porque la han enseñado que volver de noche a casa es peligroso, que cualquier hombre puede ser un violador que le destroce la vida. Y para colmo hay gente que no quiere que aborte ni por esas. A cargar con el trauma y con el hijo, mejor si es calladita y sin dar por saco. No tienes ni puñetera idea de que sus amigas están esperando en sus casas a recibir el mensaje de que ha llegado para acostarse tranquilas. Y sigues creyendo que el que está jodido en este mundo injusto eres tú.

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