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Daniel Capó

Guerras a muerte

En política, juego de cinismos, nada es lo que parece a primera vista. Luca Constantini señalaba estos días que la batalla por la reforma laboral, entablada entre Nadia Calviño y Yolanda Díaz, oculta otra lucha –a muerte esta vez– en el seno de Unidas Podemos por el control de la formación. Las alas enfrentadas (básicamente, Pablo Echenique, Irene Montero e Ione Belarra contra la Vicepresidenta Segunda, la cual va recabando apoyos entre los Comunes de Ada Colau) amenazan con reventar el gobierno y forzar unas elecciones anticipadas que dejarían a Pedro Sánchez en la peor de las coyunturas demoscópicas. A las puertas de un invierno que se espera crudo en lo energético y con la inflación disparada, el PSOE necesita tiempo para oxigenar la recuperación económica y consolidar su alianza de pactos amplios. Los ritmos podemitas son otros, entre la legítima desconfianza hacia el abrazo de oso que supone el acuerdo con Sánchez y las guerras fratricidas que se han despertado tras el paso atrás de su líder carismático. En este sentido, el notable crecimiento de la marca Yolanda Díaz (una externa al partido que insiste en definirse así y de quien Iván Redondo afirmó hace unos días que podría llegar a convertirse en presidenta del gobierno) ha dinamitado los equilibrios internos de los morados, que deberán decidir si aspiran a ser en adelante un partido antisistema o una formación de gobierno. 

Porque, en realidad, se dirimen aquí dos asuntos distintos: el futuro de un gobierno –y, si se quiere, de un país– y el porvenir político de un partido falto de referentes sólidos. Más importante debería ser lo primero, aunque no hay primero sin segundo. Y la palabra clave –que rara vez constituye un valor político– es «responsabilidad». Lo responsable sería reformar el mercado laboral a favor de los trabajadores y del trabajo estable y no en su contra (de ahí las  exigencias de la Unión, consciente de la anomalía laboral española). Lo responsable sería facilitar las políticas necesarias para construir consensos y no el disenso característico de las guerras culturales en las que estamos inmersos.  Pero en política –ya se sabe– rara vez priman otros intereses distintos a los de la lucha por el poder.

La división interna en Unidas Podemos juega a favor de Pablo Casado, que anhela una convocatoria anticipada de elecciones. Las encuestas le son favorables y seguramente mejorarán a lo largo del invierno, a medida que los efectos de la inflación sigan erosionando el poder adquisitivo de los españoles y debilitando la recuperación. A día de hoy, que Casado gane las elecciones entra dentro de lo probable. Mucho más difícil resulta que sume los votos suficientes para gobernar. Y, en este caso, la explosión de la izquierda populista le favorecería, así como la radicalización de cualquier formación política que ponga en peligro la política de pactos –el PSOE necesita tejer redes muy amplias para acumular todo el voto desperdigado– y, por tanto, la gestión operativa. Yolanda Díaz se muestra fuerte en los sondeos y débil en Unidas Podemos, del mismo modo que a Pedro Sánchez se le ve fuerte en el gobierno pero, a la vez, necesitado de tiempo para recuperar el espacio de la centralidad. La política va de tiempo y de mentiras. Esta parece ser una regla inmutable.

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