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Daniel Capó

Las cuentas de la vida | A las puertas del invierno

Con el repunte de infecciones en toda Europa occidental, no es el momento de bajar la guardia

Mientras la incidencia de casos de coronavirus empieza lentamente a repuntar en España, las cifras europeas nos hablan ya de un nuevo otoño crítico, a pesar de la vacunación generalizada de la población. Se dirá –y con razón– que las vacunas son muy efectivas a la hora de reducir los fallecimientos y los ingresos hospitalarios y así es. Sin ellas nos enfrentaríamos, prácticamente sin armas, a un nuevo desastre sanitario este invierno –uno más–. Y no sucederá gracias a una campaña ejemplar de vacunación masiva y gracias también a la llegada de la necesaria tercera dosis: un refuerzo vacunal que, me temo, deberá aplicarse año tras año, al igual que sucede con la gripe. Pero el éxito de las vacunas no debe hacernos olvidar que, tras la irrupción de la variante Delta –agravada ahora por mutaciones posteriores–, las medidas de inmunización no resultan ya suficientes para evitar la propagación de la enfermedad. La consecuencia lógica de un estallido de casos (como el que se vive estos días en el Reino Unido, con máximos históricos de incidencia, pero también en Bélgica o en Holanda) es tanto el aumento de los fallecimientos como de las secuelas –el llamado Long Covid– en un buen número de pacientes.

Es por eso que el anhelado retorno a la normalidad no puede ni debe acelerarse gratuitamente. No, porque el virus sigue presente y nuestro objetivo debería ser mantenernos en un número de contagios lo más bajo posible, mientras se da tiempo para que aparezca un nuevo arsenal terapéutico y para adaptar las infraestructuras a lo que ciencia sabe ahora acerca del papel infeccioso de los aerosoles. Un aire de calidad en los edificios públicos y privados debería ser tan exigible como el agua potable.

Las medidas que pregonan los gobiernos, sin embargo, parecen ir en la dirección contraria, presionados en gran medida por una sociedad civil que no termina de entender que el virus persiste y no tiene intención de irse. El debate sobre la conveniencia de que los estudiantes prescindan de la mascarilla en las horas de patio –¡o incluso en el aula!– asombra por su temeridad y amenaza con convertir a los niños en inocentes armas de contagio, una vez se ha comprobado que la vacuna no protege exactamente de la infección. Al menos de una forma completa. Reducir –o eliminar– las medidas no farmacológicas que se han venido aplicando supone un paso seguro hacia el estallido de una nueva ola estacional, con su reguero de complicaciones sanitarias; algunas derivadas de la covid, como el incremento continuo de las listas de espera o la suspensión temporal de algunos importantes programas de prevención. Sin una mejor inmunización general frente a este coronavirus, no hay retorno posible a la normalidad. No desde luego al cien por cien.

Al igual que en la economía, conviene llevar a cabo políticas anticíclicas que permitan acumular el ahorro necesario para épocas de carestía –en las pandemias conviene adelantarse a los ciclos epidémicos–. Puede parecer poco consecuente sacar el paraguas cuando luce el sol, pero las alternativas son pocas si no queremos que se vayan repitiendo picos infecciosos con su coste de muertes y Long Covid. A las puertas del invierno, no conviene bajar la guardia.

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