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Ramón Aguiló

Escrito sin red

Ramón Aguiló

Buscando heliotropos

Una si no la más preciada herencia que recibí de mi padre, es el Diccionario Manual e Ilustrado de la Lengua Española, de Espasa-Calpe editado en 1927. No dispongo de ninguna referencia de la fecha de su adquisición, pero presumo que habría sido en algún momento de los años treinta del pasado siglo. Si la califico como posiblemente la más preciada herencia es por dos motivos: porque fue uno de los primeros caminos que se le ofrecieron a aquel chico de diez u once años para acceder a un mundo que le estaba prohibido; porque me ha acompañado de manera fiel durante toda mi vida enseñándome el nombre de cada cosa.

He dicho que tenía prohibido un mundo, todo un mundo. En la biblioteca de mi padre figuraban, desde libros religiosos, la Historia de Cristo de Giovanni Papini, hasta la Biblia y otras publicaciones editadas por la BAC; había referencias a nuestro polémico pasado, como La fe triunfante del padre Garau, o Una mala causa a todo trance defendida, del clérigo José Tarongí y Cortés, refutando Una buena causa mal defendida del también clérigo Miguel Maura; también Els descendents dels jueus conversos a Mallorca de Miquel Forteza; figuraban en ella obras clásicas, como las obras completas de Virgilio, las Odas de Horacio, La divina comedia, y algo de literatura contemporánea, de Stefan Zweig, como Fouché o María Antonieta, Papini y otros, y también algo de sabor local: L’illa de la Calma de Santiago Rusiñol o Tres viatges amb calma per l’illa de la calma de Gafim; obras para entretenerse, como Un yankee en la corte del rey Arturo, de Mark Twain, Viajes morrocotudos, de Juan Pérez Zúñiga, o policíacas como los cuentos de SS Van Dine o Las aventuras de Nick Carter. En lugar preferente, el diccionario.

La prohibición despierta inexorablemente la curiosidad. El diccionario, consultado en presencia de mis padres, era una ayuda inestimable sin la cual era casi imposible resolver los dameros malditos de Conchita Montes o los crucigramas de La Codorniz, revista que mi padre tenía encuadernada. Había palabras que surgían de la gresca o de la irritación o que aparecían como grafitis en las fachadas de camino al colegio. Por la turbación que producían en quienes las oían, no me atrevía a inquirir por ellas a mis padres. El diccionario era mi fuente secreta de información burlando la prohibición paterna. No siempre fácil. Cuando acudía a la palabra «puta» el diccionario sorteaba la cuestión remitiéndose a «ramera», con lo cual tampoco entendía su significado: mujer que hace ganancia de su cuerpo, entregada vilmente al vicio de la lascivia. Como seguía más o menos «in albis», tenía que proseguir con la lascivia; y allí, propensión a los deleites carnales, lo cual envolvía mi busca de significados en una atmósfera de voluptuosidad compulsiva que me orientaba hacia otros sintagmas. A veces con profundas decepciones, como cuando no figuraba la palabra «coño» o cuando «polla» se correspondía con gallina nueva que no pone huevos, o hace poco tiempo que ha empezado a ponerlos. Era entonces, el tiempo de las primeras poluciones, cuando llegaba a la conclusión de que en el diccionario estaba el mundo del orden, pero faltaba el mundo que más me inquietaba, que formaba parte de la realidad que me rodeaba y que percibía también en mi interior, pero sobre la cual sólo aprendería en la calle y en el patio del colegio. Ese mundo era en realidad un submundo, o un mundo desplazado a los márgenes de la sociedad. Así empecé a desconfiar del discurso dominante y a prestar oídos a otros que perturbaban mi alma.

El diccionario me abrió el mundo de las cosas. Sabía qué era una armadura, pero desconocía sus partes. Él me las enseñó. Que si el barbote, el brazal, la galea, la adarga, el escarce, el almófar, la greba, etc. En calzado, figuran desde el troyano a la bota del XVIII, pasando por el etrusco, griego, persa, árabe, romano, árabe, asirio, egipcio, etc. En capitel, están representados desde el fenicio y el babilónico hasta el barroco en el estilo corintio compuesto. En corona, desde la de vizconde hasta la real de Francia pasando por, entre otras, la imperial de Turquía. Era un placer el simple hojear sus páginas, descubriendo imágenes de rarezas. Que si el carpincho, roedor anfibio del Brasil, Paraguay, Argentina, … el casuario, el basilisco, la cogujada, la salicaria, el terebinto, el saíno, etc. A veces, completar el significado suponía un recorrido de varias etapas, como cuando buscas heliotropo, planta borragínea, adjetivo que significa: dícese de plantas dicotiledóneas, la mayor parte herbáceas, cubiertas de pelos ásperos, con hojas sencillas y alternas, flores de corola monopétala dividida en cinco partes, y dispuestas en espiga, racimo o panoja, y por frutos cariópsides, cápsulas o bayas con una sola semilla sin albumen. Ya ven, en busca de cariópsides y albumen. Y así sucesivamente. Collares de palabras que construyen el tesoro de una lengua.

El diccionario me ha acompañado durante sesenta años. Tanto lo he consultado que ya no se tiene en pie. Tanto, que se ha ido deshilachando, soltándose las hojas, desprendiéndose las tapas de cartón, la de la portada, donde figura en bajorrelieve el rostro de Cervantes, con su nariz semita, encajado en la gorguera, que va siendo un ejercicio de voluntad casi sobrenatural consultarlo. Hasta hace relativamente poco me había resistido con bastante éxito a Wikipedia que, sin duda, tiene mucho mayor alcance terminológico. Me arreglaba bastante bien con él, con el Diccionario de sinónimos y antónimos de Espasa, con el de refranes, dichos y proverbios de Luis Junceda, también de Espasa, el panhispánico de dudas de la RAE, el fraseológico de Seco, Andrés y Ramos de Aguilar, el castellà-català de la Enciclopèdia Catalana y el de sinònims i antònims de Teide. Pero, en realidad, el diccionario tiene noventa y cuatro años, veintitrés más de lo que llevo en el mundo. Nunca lo voy a tirar para que se recicle su papel. No sabría vivir sin él. No sólo porque es el recuerdo más preciado de mi padre; no sólo porque me ha acompañado toda mi vida; sino porque en sus páginas arrugadas y sueltas está condensada la curiosidad de mi infancia y primera juventud. Porque es el recuerdo más vivo de mí mismo.

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