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José Carlos Llop

¿Quién hace mejor las cosas?

Hace unas semanas que en Shanghai se celebra una gran exposición sobre el mundo de Hergé y las aventuras de Tintín (en chino, Ding-Ding). Durante años, un particular encantado con el mundo tintinesco ha ido comprando dibujos, maquetas, planchas, álbumes y reproducciones hasta convertir ese mundo en un universo físico y ahora lo expone con eco y éxito absolutos. Era un adolescente cuando uno de sus profesores le descubrió Tintín en El Congo, ya saben, uno de los álbumes de Hergé más denostados en Europa. A él le maravilló y fue tirando del hilo hasta viajar a la fundación Hergé y acabar siendo propietario de una cadena on-line de productos Moulinsart en el país asiático. En China se han traducido y vendido unos quince millones de álbumes de Tintín, lo que no es mucho –o más bien poco– si uno piensa en los millones y millones de chinos que existen. Pero el fenómeno Tintín se ha producido sobre todo –según Le Monde– entre personas cultivadas y ahora, gracias a la exposición organizada por uno de sus mejores fans se está extendiendo entre toda clase de alumnos. El gobierno sólo ha prohibido la edición de Tintín en el país de los soviets por su anticomunismo; le habría bastado hacerlo por su tosquedad y muy escasa calidad. Es un álbum que sólo puede leerse como reliquia de un proto-Tintín, nada más. Y sin embargo están fascinados con El loto azul –para mí la mejor aventura del periodista europeo– pese a que hay en él chinos que fuman opio y trafican y en fin… Ahora bien, de Tintín en El Tíbet –sigo leyendo en Le Monde– apenas hay más que una plancha y pese a que la exposición homenajea a Tchang, su protagonista, pasan de puntillas por la aventura del Himalaya no sea que alguien se pregunte lo que no conviene se pregunte.

Esto ocurre en un momento en que Occidente va abominando uno tras otro de la mayoría de sus mitos. Y si encuentran que exagero y no les basta lo que ven, siéntense a esperar y verán más: sólo es cuestión de tiempo. Ahora no salimos de Tintín, que lleva algunos años acusado –él y Hergé– de racista, supremacista e incitador de todos los males debido, precisamente, a álbumes como Tintín en El Congo y Tintín en América, que son, por otra parte, de los peores suyos. Pero no es la calidad lo que preocupa, que va. Y no son esos dos álbumes tampoco, sino que a partir del ‘racismo’ que hay en sus páginas se intenta descalificar toda la obra de Hergé para acabar ‘cancelándola’, como se dice ahora. La de horas de felicidad que van a perderse, pero en fin también. Ya ha habido denuncias –en Francia y en Bélgica hace algunos años– y juicios y sensibilidades heridas, pero lo más indicativo de los tiempos que vivimos sin apenas darnos cuenta ocurrió en Canadá. El azar es objetivo: sucedió a la par que se inauguraba la exposición en China.

Ocurrió en Ontario, concretamente, donde han celebrado un auto de fe –sí, una quema de libros– con Tintín como yesca y carburante. Han ardido álbumes de Tintín, de Astérix y de Lucky Luke como antorchas del proceso de revisión de todo, que va sovacando lo que haga falta. ¿Su pecado? Ofender a los nativos americanos, o sea a los canadienses antes de que Canadá existiera. ¿Su promotor? Varios colegios católicos de Ontario atacados por el virus de la mala conciencia retroactiva y un equivocado –por mal canalizado– espíritu de reconciliación. Aunque si somos desconfiados pensaremos que es por la voluntad de querer estar a todas: cuando se perseguían indios, con los perseguidores, y ahora de inquisidores de historietas de papel en un acto de protección tan colonialista como los de sus antepasados.

A mí Lucky Luke no me ha interesado nunca y encuentro a Astérix y Obélix de una categoría muy inferior a la de Tíntín, Haddock, Tornasol y Cía, a quienes no sólo debo tanto en mi infancia y adolescencia sino que hay veces en la vida adulta que dan las claves a cuestiones que sin ellos no sería tan fácil advertirlas. Y quien piense que algún lector infantil se ha creído que todos los africanos eran torpes y pérfidos y los indios borrachos y tontorrones, por cómo aparecen en su Congo y su América particulares es que le falta un tornillo. Y quien piense que gustar de Hergé es reivindicar la visión colonialista de su primera época, es que le faltan dos. Tornillos, quiero decir. Pero en el mundo de la enseñanza como en el de la cultura también hay pirómanos y exorcistas del pasado que sólo buscan alimentar el resentimiento. Y si no lo buscan, es lo que consiguen.

¿Quién hace mejor las cosas? ¿China o nosotros? De momento China va hacia arriba y nosotros no paramos de caer. Veremos.

Nota: cayó por aquí el director del Museo Reina Sofía, que no vino a hablar de Tintín sino de su libro. En Diario de Mallorca se publicó una extensa entrevista con él donde preguntado sobre si Miquel Barceló estaba vetado en el Reina –se supone que por él, que lleva tantos años dirigiéndolo, mande el psoe o mande el pp– contestó que no y que ya se había celebrado una retrospectiva de la obra de Barceló en el Reina, cosa que no es cierta. Hubo una exposición de obra sobre papel comisariada por Enrique Juncosa, cuando José Guirao era su director, pero eso no fue una retrospectiva de toda la obra barcelonita y tampoco correspondió a la ya extensa época del director actual.

Por cierto que, hablando de Enrique Juncosa, el jueves dieron el nobel de literatura al escritor tanzano Abdulrazak Gurnah, que tiene tres novelas traducidas en España, aunque casi nadie las haya leído (en nuestro país se celebra mucho desconocer al nobel de literatura). Pero Mallorca siempre tiene su parte de nobel. Cuando Juncosa dirigía el Museo de Arte Moderno de Irlanda, editó una revista de literatura y arte bajo el título de Bulevar Magenta. Y en el número 6, correspondiente a 2011 publicó el primer capítulo de la cuarta novela de Gurnah, The last gift o El último regalo, como prefieran. Para que luego digan.

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