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Diario de Mallorca

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Matías Vallés

Jorge Dezcallar, que estuvo allí

‘Espía accidental’, la primera novela del embajador y director de inteligencia, aprovecha sus décadas de experiencia sobre el terreno

Stella Rimington fue la primera directora general del servicio de inteligencia interior británico MI5, antes de convertirse en una narradora de éxito con una docena de títulos de ficción en el morral. Su sucesora Eliza Manningham-Buller también firmó Asegurando la Libertad, sin traspasar los límites del ensayo. Uno de los novelistas más celebrado actualmente en la parcela del espionaje es Dov Alfon. No solo ha sido director de Haaretz y hoy del rotativo parisino Libération. Militó además en la exclusiva y reclusiva Unidad 8200 israelí. Sin necesidad de recurrir a John le Carré, no puede sorprender por tanto que Jorge Dezcallar, el primer director civil del Centro Nacional de Inteligencia por gentileza de Aznar, debute en el género con la novela Espía accidental.

Una velada con Dezcallar confirma que su más destacada virtud narrativa es que estuvo allí. Reunido a solas con Hassan II o con el Papa Ratzinger, con acceso a los oídos necesitados pero atentos de Felipe González, Aznar, Zapatero o Juan Carlos I, a quien destaca por su capacidad de escuchar. De ahí que la primera virtud de su novela consista en que el embajador y también espía accidental haya trufado la narración con su experiencias, incluso gastronómicas, durante décadas sobre el terreno. Siria, Líbano o Irán son provincias de su peripecia vital.

Como en sus libros de memorias, el personaje más atractivo de Espía accidental vuelve a ser el autor, uno de esos hombres que parecen elegidos por su destino. A menudo canaliza fragmentos de su propio pensamiento a través de sus protagonistas de ficción. Asís, de «nombre de pila insoportablemente pijo», no se dirige exclusivamente a sus interlocutores imaginados, al sintetizar el dilema que afronta Siria. «Sois unos ilusos porque la disyuntiva no es dictadura-democracia sino dictadura-emirato teocrático».

El memorialismo impone restricciones a la experiencia vivida, la novela sirve de liberación. Hay pasajes de Espía accidental que impugnarían la trayectoria de Dezcallar, como embajador providencial en destinos críticos o como zar del espionaje en tiempos revueltos. Por ejemplo, cuando su protagonista se pregunta «¿cómo podía alguien en su sano juicio estar peleando contra una panda de locos por un agujero de mierda como Bamako?»

El autor se distancia aquí de su personaje, y se aferra a la exceptio que garantiza la narración para justificar el exabrupto. Considera en realidad que España debió involucrarse con más intensidad en Mali y en el conjunto del Sahel, ante el riesgo de que aquel entramado se derrumbe como un castillo de naipes, con el riesgo de que el río de lava alcance a las dos orillas del Mediterráneo. El peligro aumenta ahora que Francia también huye despavorida de esa región africana, porque Estados Unidos ha creado escuela en Afganistán, dueño de un ejército instruido con la consistencia del malinés.

Dezcallar es un militante convencido de la Realpolitik. Huye de romanticismos, refugiado en las verdades incontrovertibles de la geopolítica. «Marruecos es nuestro vecino, y seguirá siéndolo, por mucho que nos empeñemos». La pasión que siente por el país del Comendador de los Creyentes no le impidió abogar por la recuperación y aportar las líneas maestras de la reconquista de Perejil, en un rasgo falcónido de su quehacer. Incluso aquí, siempre ha querido enmarcar las coordenadas de su labor asesora. Estaba convencido de que era indispensable desalojar el islote, «y así lo transmití a quienes debían dirigir la operación. Ahora bien, si muere una sola persona, cae el Gobierno». También en este capítulo ahorró a su país el embarazoso mantenimiento de «un destacamento, al que le hubiéramos tenido que poner un futbolín». Evitó otro error, quizás la esencia de un diplomático consista en un acentuado sentido del ridículo.

España ofrece una lista selecta de personajes claves de la transición política que no desempeñaron un ministerio. Dezcallar ocupa un lugar prominente en la relación. También posee un rasgo inusual entre los consejeros áulicos, no ha doblegado el espinazo. A lo largo de su carrera ha desarrollado también una coincidencia casi sistemática con acontecimientos críticos, que levantaría las sospechas de un biógrafo que puede ser inevitable. El director general de África y Medio Oriente, a continuación embajador en Rabat, vive la transición de Hassan II a Mohamed VI. En El Vaticano presencia la muerte de Juan Pablo II. En Washington, acude a la inauguración de Obama. La historia ha adquirido la extraña costumbre de mutar a su paso.

Las dedicatorias de Espía accidental reservan una mención «para los que piensan que la jubilación es aburrida». En los preliminares, Dezcallar se remite a unos versos de Lope, «ser rico de ocios/es suma felicidad». La concatenación de argumentos defensivos tras su retiro a Valldemossa, en un personaje que elude la justificación perpetua, anima a leer en sentido contrario que le exaspera su descansada vida actual. «Al contrario. Cuando dejé la embajada del Vaticano, Benedicto XVI me recibió en privado para despedirme y me preguntó si pensaba jubilarme. Cuando le dije que no tenía esa intención, añadió que ‘haga todo lo que tenga que hacer antes de jubilarse, porque después no tendrá tiempo’. Y no le faltaba razón».

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