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Daniel Capó

Las cuentas de la vida | Después de Merkel

Si Europa se juega su futuro en Alemania, también lo hace España

Merkel deja de ser canciller tras 16 años ininterrumpidos al frente del gobierno alemán.

Merkel deja de ser canciller tras 16 años ininterrumpidos al frente del gobierno alemán. EFE

Se despide Angela Merkel y con ella seguramente también la coalición conservadora que ha regido Alemania durante tres largos lustros. Nadie hubiera adivinado hace unos años ni que la canciller fuese a gobernar tanto tiempo ni que la CDU/CSU pudiera perder el poder tan rápidamente. Se diría que el carisma de Merkel ha resultado único, a pesar de ser ella una figura casi anticarismática. Carecía de las dotes mesiánicas o de la retórica encendida de un Barak Obama o de un Tony Blair, le gustaba jugar a la defensiva y su mayor atractivo residía en una especie de racionalismo pragmático que aplicaba a la mayoría de sus decisiones. Al parecer los alemanes valoraban especialmente esta apelación a un reformismo suave, que cabía confundir con la estabilidad. Por decirlo de otro modo, tras haber perdido el marco alemán –esa garantía contra el demonio de la inflación–, les quedaba Merkel: una mujer seria y predecible, firme y a la vez alejada de cualquier fanatismo. Hay que añadir que, en un contexto terrorífico a partir de 2008, la economía le sonrió especialmente. Las reformas emprendidas por su predecesor, el socialista Gerhard Schröeder, y los efectos expansivos de la apertura al este facilitaron que la industria despegara de nuevo tras los años difíciles de la reunificación. El crash de 2008-2011 debilitó extraordinariamente a los países del sur –que todavía no se han recuperado– y también a Francia, de modo que Berlín se convirtió en una potencia central del continente. Muy al gusto de sus votantes, Merkel impuso una solución austera y dolorosa para los llamados PIIGS que estuvo a punto de hacer volar el euro e indirectamente alentó el retorno de los populismos. No deja de ser llamativo que, en aquellos años, Alemania dirigiera con mano de hierro el destino de la Unión ignorando las políticas mucho más expansivas que se llevaban a cabo en otros lugares, como los Estados Unidos. Para unos, Merkel agravó la crisis; para otros, fue demasiado blanda. Quizás también el diseño defectuoso de la moneda única haya tenido gran parte de culpa en el fracaso de su gestión.

Con el tiempo, la figura de Merkel se ha ido agigantando, frente a los populismos que amenazaban el continente. Quizá también por falta de adversarios políticos. La economía alemana crecía sin parar, mientras el continente languidecía e iba enlazando una recaída tras otra. Sus detractores señalarán que apenas impulsó reformas políticas. Es muy posible. Tomaba los riesgos justos –con la excepción de la grave crisis migratoria de 2018– y fue incapaz de proponer el gran salto adelante para las instituciones europeas que hacía prever la llegada de Macron a Francia y la salida del Reino Unido de la Unión. A la hora de su despedida, Alemania es un país más rico y poderoso; pero la UE un lugar más pobre y aislado. El juicio que el futuro le reserva no podrá olvidar esta contradicción.

Del nuevo gabinete alemán cabe esperar políticas más europeístas –que deberían incluir una mayor integración fiscal y bancaria–, más autonomía militar y diplomática para la Unión, y un afianzamiento de la relación con Washington ante los grandes retos de la globalización. Si Alemania se juega su futuro tras Merkel, también lo hace Europa y, muy en especial, algunos países del sur como España e Italia.

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