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Alex Volney

¿Dónde estabas tú?

L levamos unos días con aquello de dónde estabas tú un día como hoy de hace veinte años. Recordamos que no era sábado, era martes. La vida transcurría bajo las gárgolas de Santa Eulàlia entre el Moderno y el Plata, para ser más exactos.

El primer año del nuevo siglo zozobraba sin más, tímidamente hacia el otoño. Algunas y algunos teníamos entradas para esa tarde en el Coliseo de Palma. Ese martes aprendimos bien, y para siempre, una lección. Al cerrar la librería a las dos, compañera y servidor nos dirigimos al campo a comer bocata y desconectar un rato, tanto que lo que nunca hacemos, no encender la radio para las noticias, lo hicimos y a la vuelta el barrio antiguo ya era otro totalmente. No había un alma y el ya desaparecido Toni Obrador, en Toni Barata, nos vino con aquello de «has vist quin desastre, nin?». No tenía idea de que me estaba hablando. No estar atento a las noticias (y en otoño) en el sector librero ya es algo temerario de por sí. Ese día era incomprensible del todo no estar conectado a la pantalla algo que, como todo el mundo, haríamos enseguida. Ese día y por la tarde la gente que entró, en un porcentaje muy alto pedía biblias, detalle bien desconcertante que puede que nunca olvidemos. Como tampoco al personaje aquel, cliente habitual, bien conocido en la inmediaciones del Km. 0, autoproclamado católico y comunista, que nos zarandeó preguntando, desde su cínica y burguesa postura: «¿No habéis vibrado con el triunfo del proletariado mundial?». Los pocos que nos hallábamos en la tienda flipábamos en colores. Los analistas se apresuraban a convenir si se estaba acabando el S.XX o era que ya había empezado el S.XXI. Todo absurdo y horriblemente redundante. Los debates televisivos iban en esa dirección, en ponerse de acuerdo si iban todavía dos equis o las mismas con el palo detrás, casi nadie atendía en las horas siguientes al comienzo real de tantas otras cosas que a «Occidente» se le iban escapando. Quizás un capítulo más de Los momentos estelares... de Zweig.

Las reuniones del G-8 se habían convertido en un calvario (para el poder) en cada encuentro y hacía meses que las movilizaciones iban en aumento a nivel global. En poco tiempo la lucha entre las élites saudíes y americanas lo iban a cambiar todo para justificar la perpetuación de la barbarie. Los editores dejarían de actualizar anualmente sus guías de viaje con la regularidad que lo habían hecho los últimos años e incluso había un discreto repunte en el índice de lectura con aquellas personas que decidieron viajar a través de la literatura.

Puede que esa horrible jornada fuese, para no pocos, el día de tomar conciencia de en qué lado de esa raya que trazaron los dos aviones secuestrados nos hemos ido encontrando. Por si alguien todavía no lo tenía muy claro se irían sucediendo episodios a la escalada de un conflicto complejo y de análisis incompleto.

Por casualidades de la vida una amiga que volvía de Siria en un proyecto del Ajuntament de Palma se trajo a la cena un amigo de ese país. Bien afeitado, joven (decía que laico), un arquitecto de Tartús que inevitablemente, al final, fue preguntado en su opinión sobre esa barbarie. La respuesta rápida y contundente y por peteneras: «Mejor haberlo arrasado todo, todo» allanando el aire con sus manos y además «Hitler no nos cae nada mal, precisamente por matar judíos». Los comensales habíamos quedado estupefactos totalmente. Servidor ya andaba un tanto inquieto pues el pa amb oli era de libro. Exquisito y sin secretos, aunque nuestro recién llegado invitado no había querido ofrecer al tomate de ramellet su habitual fregado sobre el pan. Había desplegado una navaja y al suyo lo había sometido brutalmente a un rápido y electrizante macheteado a trozos, casi en forma de tartar. Todo eso tras el habitual silencio del principio cuando cada uno va tomando posición en un novedoso y prometedor encuentro. Sí, todos éramos muy progres y muy multiculturales. Sí. Todos. Aunque todavía nadie se atrevía a comentar que los tomates también tienen sentimientos.

Era octubre de 2001 y meses más tarde el consistorio palmesano suspendería precipitadamente su programa en Siria. Un tiempo después ese precioso país también viviría el inicio de un injusto infierno. Nada de nada sabíamos el grupo de personas que allí nos encontramos. Algunas y algunos habíamos coincidido en otros eventos como el del Coliseo. Sí, la tarde del 11 de septiembre del 2001.

Aunque me pensé tres veces el ir al concierto, con el ánimo noqueado y consciente de tener mucho más en común con esas personas del otro lado del océano que con muchas otras de nuestro alrededor más inmediato, no éramos pocos los que queríamos escuchar como sonaba el Clandestino. A Chao solo lo había visto en Son Servera, un par de veces, en casa de unos amigos rasgando su guitarra sobre las rocas de forma informal. Lo habíamos seguido en Hot Pants de niños y aquella tarde casi todo el mundo tenía la entrada reservada para verles tocar y fueron decenas de miles de personas las que llenaron la plaza ocupando la arena y las gradas en una de las jornadas más negras que la humanidad ha vivido y en la primera que lo hizo en directo. Una maniobra estudiada y ejecutada con asesina precisión. Nadie se atrevía a decir nada, o casi nadie.

La cosa, como muchos de ustedes saben, sonó bien, muy bien. El desconcierto y la angustia habitaron el día y todavía más al comprobar la tibieza del análisis de la situación en esos instantes de la noche. El líder de la antigua Mano Negra dijo estar en shock pero la verdad, a parte de su impecable actuación, demostró una «prudente» frialdad ante los acontecimientos que desconcertó a muchos. Esa tarde servidor supo confirmar lo enfermita que andaba y todavía anda gran parte de la izquierda a nivel global. Su vergonzante jugueteo con la «tolerancia» ha ido en aumento y convierten la retirada de los norteamericanos de Afganistán en el previsible epílogo del cual ya solo llama la atención en su falso antagonismo la absurda celebración del bloque exsoviético, sí esos pioneros en haber hecho exactamente el mismo camino.

Charles Bukowski, el gran conocedor del mundo y de los Estados Unidos de América lo tenía claro, muy claro, y venía a decir más o menos que si una persona negra tiene dinero no hay problema, el problema es negro y pobre. Con un musulmán pasa exactamente lo mismo. Y no es lo mismo un chaval afgano que un jeque saudí o nunca será lo mismo un Freddy Mercury que una persona gay y sin dinero.

Tanto anunciar el fin de la lucha de clases para omitir premeditadamente el retorno de la lucha por la supervivencia. El drama más absoluto se encuentra en la globalmente dormida izquierda que sigue analizando los sentimientos de un tomate o cómo hacer para no contrariar a los totalitarios. Las tradiciones propias también sirven, como no, y hay un dicho en catalán de Mallorca que lo deja muy claro: «No hi ha temps que no torn».

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