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Confía en mí

En dos días, los columnistas del mundo entero volverán a escribir sobre el confuso atentado de 2001 en Nueva York. Aprovecharán la terrorífica efeméride para resucitar, no las almas de los inocentes, sino esas obtusas comparaciones entre civilizaciones que representan a los seres humanos como personajes amorales del parisino Grand Guignol.

La brutalidad humana ha servido durante nuestra evolución como escapismo. Si nuestro cerebro no supera la frustración de no poder comprender lo que tiene delante, nuestra parte animal toma el mando para defendernos del intruso de forma irracional. Como aquellos aldeanos que tiraban piedras al paso de las primeras locomotoras que hacían oír sus bramidos de vapor en la inmensa soledad de nuestros páramos.

Es lógico que una señal acústica, que obedece a disposiciones reglamentarias para prevenir accidentes, espante a un animal. Cuesta más comprender que este horror se haya vuelto un vehículo para las ideas y una filosofía en esta cultura global donde la razón deja su lugar al espectáculo. Como además resulta injusto focalizar la ignorancia en aldeanos, ya no existe un baremo entre lo que es civilizado y lo que no lo es, solo ‘palabros’ como ‘resiliencia’ que nos animan a no resistirnos, a fluir juntos e indefinidos en medio del caos.

Nuestro caos actual no es el mismo que en el siglo pasado. Entonces existían en el mundo incertidumbres que impedían predecir la evolución de nuestro sistema. Hoy conocemos con exactitud la cantidad de recursos de que dispone el planeta. Una aplicación se actualiza al segundo para contarme que el año en que nací la población mundial era de 3.211.001.009 habitantes y hoy es de 7.794.798.739, con una tendencia de tres décimas a la baja respecto al año pasado debido a la pandemia.

La única incógnita a escala humana reside hoy en dos tendencias fundamentales que ya en 1947 Julio Camba describió en su análisis de Estados Unidos: la tendencia idealista y humanitaria y la tendencia materialista, sin ideal alguno, del capitalismo imperial. Una y otra, representadas por el poder absolutista que la democracia da por cuatro años a su presidente.

Lo que nos confunde y nos hace temblar ante la impasible locomotora de la prosperidad es la confusión de silbidos, trompetas del Juicio Final, sirenas y alarmas de todos los pueblos desunidos por una economía global. Lo que hace unos años hacía temblar las bolsas y significaba la ruina de culturas centenarias hoy no consigue hacer parpadear a Wall Street. Continentes ricos, pero arruinados para poder extraer de ellos hasta el último recurso, como América Latina o África, se mantienen muertos en vida gracias a la magia de los préstamos bancarios. Y nuestros muchos gobiernos, por mucho que reclamen valores como la libertad, la independencia o la moralidad no hacen política, sino negocios con ellos. En esta curiosa torre de Babel económica unificada, los que no se comprenden entre ellos son los que no poseen el idioma de Dios, sumo hacedor post-científico del cobre, el acero, la construcción de motores, el algodón, la carne o la electricidad.

Y como ese Dios se ha dado cuenta después de que ni la democracia, ni la ONU, ni los derechos humanos daban dinero, nuestra sobrevalorada resiliencia ha conseguido que todos estos elementos de control del inconsciente colectivo mundial estén al servicio de los intereses de unos pocos. El caso es que seguimos sin saber si estamos viviendo el mayor momento de incertidumbre de la historia o por el contrario está ya todo el pescado vendido.

Cuando en este mundo éramos la mitad de habitantes, yo cobraba en billetes mi sueldo de contratado en la ventanilla de Prado del Rey y lo metía en una lata para administrarlo según mis necesidades, que eran las básicas.

Ahora aparece en una obligatoria cuenta bancaria y desaparece mágicamente según las reclamaciones de diversos proveedores en cuya ética y honestidad estoy obligado a tener fe a pesar de saber que hoy, 9 de septiembre, creer en la honestidad es como creer en Jesucristo,

Mahoma o Yahvé: si existieron alguna vez ya no están aquí para reclamar la parte de justicia que merece el alma humana, sino para unirse también, mediante la organización de las naciones, a la fiesta del materialismo. «In God we trust».

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