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Isabel Olmos

Punto y aparte | La niña que bailaba entre los aviones

La niña afgana saltimbanqui, en la pista de un aeropuerto, junto a su familia. REUTERS

A primera vista, la foto parece una más de las miles de instantáneas que durante estas últimas dos semanas hemos estado contemplando del angustioso éxodo de la población afgana por tierra, mar y aire. En ella, se ve a un hombre que lleva de la mano a un niño pequeño por una pista de aterrizaje, seguido de una mujer que, como él, va cargada con una mochila de aspecto pesado. Seguro que dentro de estas bolsas llevan lo poco que han podido sacar de sus hogares a corre prisa. Quizás la documentación, el móvil, ropa de los niños, el dinero que pudieran tener.... ¿Qué se lleva una familia con niños de su casa en unos minutos cuando tiene que salir de su hogar corriendo? ¿Tendrían esos pequeños mascotas a las que querían y dejaron atrás a su suerte? ¿Saben lo qué les está pasando? ¿Qué le habrán explicado sus padres para extraerles del terror? Es imposible no pensar en algún momento en la falseada realidad que en La Vida es Bella, Guido (Roberto Begnini) crea artificialmente para que su hijo Giosuè no se entere de todo el horror nazi en el que están inmersos y que acabará con la vida de su padre.

En la imagen que les describo, además del hombre, la mujer y un menor pequeño se ve, al final de los cuatro, a una niña, a una niña que por un instante me recuerda a Giosuè. Va vestida con unos pantalones amarillos y una blusita moteada y sostiene en sus manos una bolsa y una chaqueta vaquera. Y va como bailando. Sobre la pista de aterrizaje del país que la va acoger o quizás del país del que está escapando, la niña está brincando y bailando, con esos saltitos de felicidad y alegría que todos, en algún momento, hemos dado cuando éramos pequeños y estábamos inmersos dentro de un maravilloso océano de despreocupación, sintiéndonos seguros en el mundo de los adultos. Sintiéndonos protegidos.

Miro la imagen y me hipnotiza. Me emociona también. Debe tener unos 8 o 9 años, como mi sobrina y la mente se me dispara y la tengo que frenar para no generarme más angustia. ¿Y si fuéramos nosotros? Debe tener 8 o 9 años, como tantas niñas y niños que nos rodean en nuestra vida cotidiana, en nuestras familias, en nuestras calles, compartiendo con nosotros este planeta y, también, como las niñas y niños que fuimos, inocentes, entregados sin barreras al universo y la vida que nuestros padres nos ofrecieron, a veces no como quisieron, sino simplemente como pudieron. O supieron.

Me pregunto y si fuéramos nosotros y recuerdo que ya lo fuimos. Me viene a la mente la cantidad de veces que mis abuelos, entonces niños de esa edad -entre 8 y 10 años- tuvieron que abandonar precipitadamente sus casas porque avanzaba la guerra. Y se sumergían bajo tierra o se lanzaban a los márgenes del camino para no ser ametrallados en plena huida. O se iban evacuados a otras localidades y, cuando volvieron, no les quedaban ni los manteles para comer. Todo se lo habían llevado los vecinos que no tuvieron que ir porque no tenían miedo de aquellos que venían.

Veo a la niña afgana danzarina con sus pantalones amarillos y veo a mis abuelas y abuelos siendo niños y, a pesar de todo el horror vivido, en el algún momento, les veo brincando. Y veo a mis padres también, a pesar de la represión, y a mi misma, que lo he tenido todo, haciéndolo también. Muchas más veces. Y me siento afortunada por no haber tenido que vivir lo que ellos vivieron.

Que la vida le vaya bien a esa pequeña saltimbanqui a pesar de todo. Que allá donde vaya pueda estar con sus padres, crecer y cumplir sus sueños y que, siendo mayor, alguna vez alguien le enseñe esta foto. Para no olvidar quien es pero también a cuantas personas representó en ese momento, de todos los lugares del mundo, en todos los tiempos y de todas las guerras.

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