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Matías Vallés

Andrew Cuomo, se marcha el hombre

El gobernador de Nueva York no es el último dirigente obligado a dimitir por sus excesos con las mujeres que le rodeaban, sino el definitivo

Andrew Cuomo.

Vuelve el hombre», se anunciaba la colonia Otelo en los años ochenta que tanto fueron disfrutados en su momento. Ningún producto se vendería hoy con esta masculinizada asfixiante, pero se olvidaron de comunicárselo a Andrew Cuomo de Kennedy. El dimitido gobernador de Nueva York no solo es el último dirigente condenado por excesos con las mujeres que le rodeaban, sino que se erige en la baja definitiva de la hombría y en la baza igualmente invencible de la paridad.

Cuomo fue admirado por los mismos rasgos de carácter que ahora le han costado el cargo. Paga las facturas de su estilo matón y faltón, la agresividad ha pasado de exigencia a vicio imperdonable en el mundo de la política. Salvo en dictaduras al estilo de Lukashenko increpando al equipo olímpico bielorruso, se acabaron los políticos que se asoman al balcón palaciego con el aroma de la virilidad por bandera. El mentón enhiesto como hándicap.

Con Andrew Cuomo, se marcha el hombre que había vuelto después de su periodo formativo en la fiscalía neoyorquina y en la Administración de Bill Clinton. El Gobernador demócrata abandonado estaba predestinado a la Casa Blanca, que su padre y predecesor en el cargo Mario Cuomo no pudo acariciar debido a sus contactos demasiado estrechos. No con mujeres, sino con capos mafiosos. Por si la filiación no creara un cordón umbilical de grosor suficiente, la boda con la hija de Robert Kennedy enlazaba al candidato con la Sagrada Familia americana, en la expresión de Gore Vidal.

El matrimonio acabó mal, como casi todos. Kerry Kennedy ejerce de destacada activista en el campo de los derechos humanos, y era obligado preguntarle por su antiguo esposo cuando Cuomo accedió al trono de Albany, capital del estado de Nueva York:

-Casarse con Andrew Cuomo, fiscal general de Nueva York y hoy gobernador de ese estado, era una unión de ensueño.

-Pero no funcionó de esa manera, y llegó el divorcio. Mis pretensiones no iban más allá del amor hacia el hombre con quien quería casarme y tener hijos.

Kerry Kennedy reconocía así de forma indirecta que su pareja tenía «pretensiones» más aferradas al terreno al consumar la aleación de las dinastías. De hecho, todos dan por muerto a Cuomo, pero nadie se atreve a enterrarle. La dimisión se hará efectiva el martes, pero el gobernador siempre ha ocupado cargos de designación, y será difícil amortajar la ambición que no solo le costó el matrimonio. En algún momento habrá que abordar los hechos, el relato de la docena de mujeres angustiadas que han endosado al sempiterno campeón el repertorio completo de tocamientos impropios y lenguaje procaz.

Es difícil graduar las agresiones que han decapitado al gobernador de Nueva York en la escala Weinstein de los seísmos del acoso sexual. Sin embargo, Joe Biden y sobre todo Donald Trump, por no hablar de Plácido Domingo, recibieron acusaciones más consistentes que Cuomo en sus aledaños. Cuando a un mes de las elecciones se rescató el vídeo en que el penúltimo presidente se jactaba de que las mujeres deseaban que los personajes estelares las «agarraran por el coño», con perdón, se dio por acabada su carrera a la Casa Blanca. A continuación, recolectó más votos de mujeres blancas que Hillary Clinton.

En cuanto a Biden, se le perdonó que sentara en su regazo a una asistente a sus mitines en las primarias, o que acariciara la nuca de otra votante. Se le eximió por la sencilla razón de que se necesitaba a un varón blanco y curtido para desensillar a Trump. No existe por tanto una ley que garantice que un político quede embadurnado, y cabe reconocer la capacidad para escabullirse de quienes no resultaron inhabilitados con acusaciones similares a las que han sido irreversibles para Cuomo. Este laberinto de rodeos y encrucijadas sexuales supone además la fortuna de los boyantes asesores de crisis, más importantes que un abogado defensor a la hora de orientar a sus clientes en la incertidumbre.

Pese a que su pasquín fue arrancado de los terrenos resbaladizos del #metoo, Biden exigió quisquilloso la dimisión de su correligionario Cuomo, antes de fugarse de Afganistán. A diferencia del gobernador, el presidente percibió el cambio de época, al amonestar a su equipo con la promesa del despido inmediato a cualquiera que mostrara un gesto despótico. Burlando esta invocación contra el autoritarismo, el inquilino de la Casa Blanca se ha traicionado al insultar la falta de combatividad de los militares afganos.

La primera impresión es peligrosa pero eficaz. Basta echarle un vistazo a una fotografía de Cuomo, encrespado desde los cabellos, para advertir su talante turbulento. En el apartado de suspicacias, los cargos contra el gobernador fueron leídos por Letitia James, que ocupa su cargo en la fiscalía neoyorquina y que también atesora ambiciones de sucederle en su actual posición.

Cuomo redondea la leyenda negra de los sheriffs de Wall Street, como el desacreditado Rudy Giuliani o Eliot Spitzer, otro duro que fue gobernador de Nueva York hasta que se descubrió que alternaba el cargo con la condición de usuario de la prostitución de lujo. No es una desviación, sino una concreción de su persecución obsesiva del poder. A principios de milenio, la colonia Brummel se comercializaba al grito de «Mejor cuando más cerca». Sería otro lema propicio para retratar la estirpe de Cuomo, y por tanto desaconsejable hoy no solo por motivos pandémicos.

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